Melissa quiso sentir compasión por Mauro. Después de aquella confesión sobre su padre y su infancia marcada por la violencia, su alma quiso extenderle una mano. Él estaba herido, profundamente herido. Era evidente que su coraza de arrogancia escondía una necesidad desesperada de afecto, de ser comprendido. De ser amado, quizá. Pero ella también estaba herida. Su cuerpo recordaba cada golpe, cada noche en que Eduardo la tomaba por la fuerza. Su mente aún se paralizaba ante el contacto inesperado. Tenía miedo. Tenía cicatrices invisibles, esas que no sangran pero que jamás se olvidan. ¿Cómo iban a poder ayudarse, si ambos estaban rotos? ¿Cómo ofrecer algo limpio, puro, si lo único que conocían era el dolor? Una parte de ella quería rendirse. Salir de esa casa y buscar una forma de segu

