La lujosa mansión de los Montalvo resplandecía en tonos dorados y marfil. Las luces, tenues y elegantes, iluminaban las columnas y los pisos de mármol italiano como si la casa estuviera susurrando riqueza antigua. Esa noche se celebraba el cumpleaños número ochenta y dos de la matriarca: la señora Luisa Fernanda de Montalvo. La madre del padre de Jimena. La reina de todo ese imperio. Los invitados iban y venían entre candelabros, música de cuerdas y copas de champagne francés. Un mayordomo con guantes blancos anunciaba los regalos mientras cada m*****o de la familia se acercaba a rendir tributo con obsequios que parecían sacados de una galería de arte privada o de un banco suizo. —De parte de la familia Salvatierra, una pintura original de Degas valorada en dos millones de euros —dijo el

