Melissa necesitaba empezar a instruirse: —Vamos a empezar con algo simple —dijo Garras, ajustándose los guantes negros—. Es hora de decidir qué hacer con Figueroa. Melissa se giró bruscamente, con el corazón latiendo como un tambor en su pecho. —¿Figueroa? ¿Todavía lo tienen aquí? —Sí. Encerrado en el cuarto de castigo. Está medio deshidratado. Ha hablado muy poco… y ya nos quitó suficiente tiempo. —No… no sé si puedo tomar esa decisión. No estoy lista. Garras la miró fijo, con esa expresión suya que no admitía debilidad. —No hay tiempo para que estés lista. Este hombre quiso matarte. Dos veces. Estamos seguros que el trajo a los que atacaron y secuestraron a Mauro. No podemos prolongar más su agonía. Melissa bajó la mirada. Las palabras le dolían, pero también sabía que eran ciert

