Se habían reunido todos en el viejo galpón de concreto, donde siempre se cerraban los tratos importantes. Era la base improvisada después del caos del operativo anterior. Contra todo pronóstico, habían salvado el cargamento. Pero no sin consecuencias. —Nos cayeron por tu culpa —murmuró un hombre, con el rostro cubierto de sudor y pólvora mientras limpiaba su rifle—. No cubriste el flanco izquierdo. Uno de los tuyos habló de más. —¡Ya basta! —interrumpió Rengifo, recostado contra una pared, la pierna ensangrentada, el pantalón roto y la bala aún adentro—. Si no fuera por ella, habría dos cadáveres más en este puto lugar. Melissa no dijo nada. Estaba arrodillada frente a él, con las manos cubiertas de betadine y sangre. Sujetaba una pinza quirúrgica y un pequeño bisturí, todo improvisado

