El búnker era frío. Estaba oculto bajo tierra, sellado con una puerta metálica de seguridad que solo Mauro y Garras sabían cómo abrir desde fuera. No se escuchaban disparos. No habían más gritos. Solo el zumbido de los paneles eléctricos, el eco del ventilador en el techo… y el sonido sordo de la respiración agitada de Melissa. Llevaban horas encerrados. Melissa estaba sentada en un colchón improvisado, con una manta sobre los hombros. Tenía el brazo vendado, la herida palpitaba. Garras la había atendido como pudo. Tenía experiencia en el campo, pero no era médico. Usó pinzas oxidadas, alcohol, y unos puntos mal dados. Aún así, había logrado sacarle la bala. —No hables —le dijo, cuando ella intentó preguntar por Mauro—. Guarda energía. Melissa no dijo nada. Solo lo miró. Sus oj

