Uno a uno caerán los culpables

1154 Palabras

Jimena ya no hablaba. Lloraba en silencio. El silencio era su única forma de protestar. El mundo que conocía se había reducido a las cuatro paredes de aquella enorme mansión convertida en prisión. Su teléfono, sus redes, sus visitas, incluso su espejo habían desaparecido. Mauro no quería que se mirara al espejo. Decía que se obsesionaba con su figura, que era una mujer frívola, capaz de poner en riesgo la vida del bebé por vanidad. Cada día era igual. A las seis de la mañana, uno de los médicos contratados por Mauro entraba a su habitación con un vaso de vitaminas y una bandeja de desayuno balanceado. “Te lo comes todo. Si no, Mauro se entera”, le decían. Y ella obedecía. Tragaba con la garganta hecha un nudo. Lloraba mientras masticaba, y los médicos la observaban como dos carcelero

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