LA FIESTA

1781 Palabras
La fiesta de Abe para ver el documental no se llevará a cabo en la finca de Clay. En cambio, el GPS me lleva a la granja de Darrel Hastings. Como Clay estará allí, Doberman y su equipo tendrán la tarde libre. Lo que significa que puedo respirar un poco. La casa de campo está situada en una extensa superficie con muchos árboles y un sendero que desaparece en un bosque. Observo los pilares de estilo victoriano, las barandillas ornamentadas y la madera barnizada. El acabado rústico no me engaña. Gracias a mi cartera de bienes raíces, puedo decir que Hastings pagó un precio muy alto por esta propiedad. La música resuena con fuerza. Justo debajo se escuchan risas, gritos infantiles y charlas alegres. Con los brazos llenos de regalos, camino hacia el porche. La puerta mosquitera se abre con un crujido y una mujer alta, de piel morena oscura y pómulos marcados, me hace un gesto. Parpadeo, sin reconocer su rostro. —Hola, estoy aquí para…— —¡Tío Roger!— Una estela de color rosa, marrón y blanco vuela en mi dirección. Un momento después, unas pequeñas manos rodean mi pierna y una niña se transforma en mí. —Oye, moco. —Mi instinto me dice que quiero levantar a Regan, pero tengo las manos ocupadas. —¿Eso es para mí?— Mi linda sobrina salta hacia atrás y me mira con sus inteligentes ojos marrones. Hace seis años, Anya y Clay adoptaron a un adorable bebé de piel oscura y abundante pelo. Desde entonces, Regan ha sido parte de nuestra familia. No es una Bolton de sangre, pero juro que cada día se parece más a Anya y Clay. —Sí, es todo tuyo. —Le envío la jirafa de peluche en su dirección. Ella chilla y lo abraza contra su pecho. —¡Me encanta!— Me río de su exuberancia. Después de que Anya falleció, Regan se volvió callada y retraída. Estaba muy preocupada por ella. Clay, aún más. Pero desde que conoció a Island, Regan salió de su caparazón. No, no sólo eso. Ella explotó. Nunca la había visto más hiperactiva en mi vida. La mujer que me abrió la puerta le sonríe a Regan. —Qué linda… jirafa—. Un extraño tono de voz subyace a sus palabras y hace gestos con las manos cuando habla. —Gracias. —Regan se toca el labio y mueve la palma hacia abajo. Mis ojos se abren como platos. ¿Regan sabe lenguaje de señas? —¡Gracias, tío Roger! —Regan me toma la mano. Sus prolijas trenzas, cortesía de Island, se balancean alrededor de su cabeza mientras gira—. Tío Roger, esta es mi amiga Yaya. Comienzo a saludar, pero otra mujer que se parece sorprendentemente a Yaya se acerca a la puerta. Ella le da una palmadita en la espalda a Yaya y hace un gesto mientras dice: —Será mejor que consigas los brownies antes de que desaparezcan—. Las manos de Yaya se mueven rápidamente en respuesta. La mujer que habló de los brownies se fija en mí. —Hola —asiento. Sus ojos se iluminan. —Debes ser el hermano de Clay—. —Ese soy yo.— —Se parecen mucho.— —Yo soy el más sexy.— Ella se ríe. —Es raro. Tienes la cara de Clay, pero haces bromas. No sé si podré acostumbrarme a esto—. Yo sonrío. —Tío Roger, ella es Deej. También es mi amiga —dice Regan con picardía—. Entra. Vamos a buscar a Belle. Mientras Regan me tira hacia adelante, les digo a las damas: —Disculpen—. Mi sobrina me arrastra hasta la cocina, donde hay varias mujeres moviéndose de un lado a otro. La música proviene de esta zona, es rápida y con mucha batería. —Esta es la mamá de Belle, Miss Kenia —regan señala a una mujer delgada con una gran cabellera rizada—. Esa es la señorita Sunny. Es la mamá de Michael y Bailey. —¿Michael y Bailey?— —Los amigos de Abe.— Tengo una memoria casi fotográfica, pero empiezo a sentirme un poco perdido con todos los nombres y caras. —No te preocupes por memorizarlo todo. Pronto conocerás a todos—, dice Sunny. —Es un placer conocer al famoso tío Roger—. —¿Famoso?— Arqueo una ceja. —Por tus regalos. Clay se queja de que lo superas cada Navidad. Siento un calor en el pecho. —Eso no es verdad—. —¿No lo superas?—, pregunta Kenia. —No lo supero sólo en Navidad. Es algo que ocurre durante todo el año—. Las mujeres estallaron en risas. —Es tan raro que hable —dice Sunny, señalándome. —Clay no habla—, coincide Kenya. —Simplemente supuse que todos los que estaban relacionados con él tampoco hablarían—. Por lo general, me movería incómodo cuando me comparan con mi hermano, pero esta vez no me importa. Solo llevo aquí unos cinco minutos y ya me siento como en casa. Como en familia. Es muy diferente a mi vida cotidiana, llena de números, demandas judiciales y personas que amenazan con matarme. —Señorita Kenia, ¿dónde está Belle? —pregunta Regan dulcemente. —Está con su papá en la parte de atrás. Están haciendo palomitas de maíz alrededor de la fogata—. —¿Sin mí? —Regan parece mortificada. Me suelta la mano y sale volando por la puerta trasera. La miro en estado de shock. —Supongo que me han abandonado—. —No creo que nadie pueda interponerse entre Belle y Regan —dice una voz familiar—. Podrían ser hermanas. Una gran sonrisa se dibuja en mi rostro. —Isla—. La novia de Clay (pronto será su esposa, si le damos crédito a la pregunta casual de mi hermano sobre los lugares de las propuestas) me rodea con sus brazos. Le doy un abrazo amistoso y asiento con la cabeza hacia su pelo blanco. —Pareces Tormenta de X-Men—. —Gracias —se ríe—. ¿Eres tú el responsable de esa jirafa gigante que Regan lleva en brazos? —No puedo resistirme a mimarla—. Island arquea una ceja. —Sabes que no le queda espacio en su cama. Todo está ocupado por un santuario de jirafas—. —De nada —le guiño—. ¿Dónde está Abe? Abre la boca, pero antes de que pueda decirme nada, la puerta de entrada cruje. Max Stinton entra de la mano de una mujer menuda con un mono. Una niña de piel morena y ojos color avellana entra tras ellos. Me pongo rígido cuando veo a Stinton, mi mente viaja a la primera y última vez que nos cruzamos. —¿Roger? —pregunta Island, tocándome el brazo. Me concentro en ella. —Lo siento. No me di cuenta—. —Dije que Clay había ido a comprar helado. Abe estaba arriba jugando videojuegos con Michael y Bailey—. -¿Cómo está? -pregunto en voz baja. —Actúa como si no le importara el comercial, pero tuve que darle algunos antiácidos después de que vomitó en el baño de abajo—. —Abe no es del tipo que quiere una gran fiesta para ver el programa—, le digo a Island, manteniendo a Stinton en mi atención periférica. En este momento, está estrechando la mano de un tipo asiático alto con traje. —Yo también me sorprendí.— —¿Dio alguna razón?— —¿Entre tú y yo? —Se inclina hacia delante—. Esta fiesta es una excusa para salir con una chica. Mis ojos se dirigen hacia ella. —¿Qué chica?— —¿De verdad crees que Abe me daría esa información? Ella recibió mucho más de mi hermético sobrino que yo jamás. Y he estado en la vida de Abe desde el primer día. —Iré arriba.— Ella me despide con un gesto. Sigo los sonidos de la música de un videojuego hasta llegar a una habitación con un emblema de Batman en la pared y las calcomanías más geniales que he visto en mi vida. Si fuera un adolescente, me gustaría vivir aquí. ¡Diablos! Probablemente querría llevar algunas de estas ideas de diseño a mi casa ahora mismo. Veo a Abe sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Tiene un brazo alrededor del estómago y parece un poco pálido. —Hola, Abe —lo llamo. Las cuatro cabezas se giran para mirarme. Hay un niño de pelo oscuro y expresión solemne, otro niño de ojos grandes y cristales transparentes, y otro con una mirada traviesa. Cuando Abe me ve, se pone de pie de un salto. —Tío Roger. Le hago un gesto para que me siga y lo llevo a otra habitación. —¿Estás bien, campeón?— Abe se muerde el labio inferior. Es pequeño para su edad, con hombros frágiles cubiertos por una sudadera con capucha enorme y una melena lacia que Island de alguna manera logra domar todos los meses. Sus ojos están llenos de nervios cuando levanta la mirada. —Tío Roger, estoy empezando a arrepentirme de esto. ¿Puedo irme a casa?— —Por supuesto que puedes, amigo. —Me arrodillo para estar a la altura del niño de once años—. Está bien que huyas y vuelvas cuando estés listo. —Le tiendo una mano—. ¿Quieres irte ahora? Le enviaré un mensaje de texto a tu papá. Aprieta los dientes y sacude la cabeza lentamente. —No puedo—. Con cautela, abordo el tema: —¿Por qué te obligaste a hacer algo así, Abe?— Me mira con desesperación. —Quería ser genial por una vez—. —¿Qué quieres decir? —Le revolví el pelo—. Eres muy guay. —No, no lo soy. No puedo cambiar una rueda ni arreglar autos como Beth. ¿Beth? ¿Quién es Beth? Mi sobrino continúa. —No puedo pintar como Rowan. Y no puedo tocar el piano como Nikko. —Sus mejillas se sonrojan cuando dice su nombre—. Me llegó este anuncio y quería mostrarlo, pero creo que podría morir antes de eso. —No vas a morir, Abe. —Lo agarro por los hombros y lo miro directamente a los ojos—. Lo estás haciendo increíble. Cualquier chica sería afortunada de tenerte.
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