La trabajadora social, movida por ocultos intereses, se quedó helada como una estatua al darse cuenta de quién tenía delante. Sus aires de grandeza y autoridad se desvanecieron ante la determinación de los brillantes abogados y los padres de la niña. Sin embargo, no podía bajar la guardia. Había recibido mucho dinero por cumplir con su supuesto deber. —Me informaron que el ingeniero Arismendi solo posee una custodia temporal, aún no se ha realizado una audiencia ante el juez pertinente para que la niña sea reconocida como su hija, y mientras eso se realiza, tenemos derecho a custodiar la integridad de la pequeña —informó la mujer, cruzando los brazos sobre su pecho con expresión desafiante. —Estoy de acuerdo —intervino Rodrigo, caminando hacia adelante, con gesto firme—. ¿Me muestra prue

