Tan solo minutos antes de su acostumbrada hora para despertar -Seis de la mañana en punto- el chirriar de la puerta abriéndose le dio un susto, Calíope cayó de la cama en su torpe intento por levantarse, creyendo haber seguido de largo la alarma se envolvió entre las sábanas torpemente y luego terminó en el suelo.
— ¿Qué tan tarde es? — Se le ocurrió preguntar.
Anna la miró -por supuesto que ya sabía que se trataba de ella, era la única persona que entraba a su habitación con tanta confianza- El cansancio de Calíope era visible en la torpeza de su actuar, y ahora su muñeca..., ah, la pobre muñeca inflamada oculta debajo de un torpe vendaje que ella misma se hizo en cuanto regresó a casa con toda la mano hinchada, Anna sabía que Callie había excedido su límite, otra vez.
— Aún es temprano, perdona por asustarte. — Pidió disculpas al verla sobresaltada.
Pero Calíope se negó a recibirlas. — No has hecho nada malo. ¿Ocurrió algo?
Entonces Anna, con una mueca en los labios y el corazón lleno de sentimientos contradictorios asintió en silencio. Calíope no necesitaba palabras para entender lo que aquel gesto con la cabeza quería decir.
— ¿Dónde están? — Preguntó.
— Están abajo, esperando para desayunar con usted. — Anna sonrió al ver la cara de felicidad de su pequeña Calíope. — Pero tienes que arreglarte rápido, no puedes bajar y comer con tus padres en pijamas ¿Verdad?
Calíope le devolvió la sonrisa. — No, no puedo.
* * *
Nunca en su vida se había sentido igual de nerviosa, podía jurar que las manos le temblaban al sujetar sus pertenencias, Anna terminaba de arreglar su cabello.
— ¿Te dijeron para qué me invitaron? — No pudo evitar preguntar, pero Anna no tenía la respuesta de su incógnita. — ¿Crees que van a felicitarme por haber sido la número uno de mi clase? O tal vez se enteraron que toqué música durante la recaudación de fondos para las reformas de un orfanato, o tal vez…
Anna solamente escuchó a Calíope hablar sobre sus grandes hazañas, no tenía el corazón o el valor para decirle que probablemente no se trataba de nada bueno, su pequeña estaba tan entusiasmada en conseguir la aceptación de sus padres que una pequeña parte de sí misma se rompía cada vez que pensaba en lo difícil que sería hacerlo para ella.
— …Callie — Detuvo su charla — Ante mis ojos eres la niña más preciosa y perfecta que cualquiera podría tener.
— Yo también te quiero, Anna — Ambas se fundieron en un abrazo cálido, mismo que Calíope rompió. — Entonces voy a bajar primero ¿De acuerdo?
Anna se rió, Calíope a veces podía ser realmente hiperactiva.
* * *
«Muy bien, es tu oportunidad. Has esperado durante meses así que no lo arruines»
Detrás de la pared que la guiaría a su destino estaban sus padres, que aún no se percataban de Calíope espiándolos mientras repetía en su cabeza lo que diría, no los había visto desde los cinco minutos de calidad que compartieron juntos cuando cumplió años -De los cuales tres de ellos se fueron en conversaciones telefónicas y los otros dos en un inmenso silencio incómodo- lo último que quería era dejar una mala impresión.
Inhaló hondo, exhaló y luego caminó hacia ellos.
— Llegas tarde, con un retraso de siete minutos cincuenta y ocho segundos. — Fue la bienvenida de su padre, quien dejó de calcular la hora en su reloj ante la aparición de Calíope. — Cecilia nunca llegaba tarde cuando llamábamos por ella.
— Mi desayuno se enfrió. — Se quejó Mildred, su madre.
Calíope tomó asiento. — Lo siento, me han llamado de manera repentina y no podía venir a desayunar en pijamas.
— ¿Repentina? ¿Esa es la pobre excusa que tienes? Tu madre y yo nos despertamos antes de que el sol saliera, tuviste media hora exacta para prepararte. Las personas de nuestra familia siempre están preparadas para cualquier cosa.
Las palabras de su padre, César Barnes, la hicieron sudar frío.
— Y-yo… Yo termino mis clases muy entrada la noche y… — Calíope tragó en seco, el ambiente pesado recaía sobre sus hombros. — …Suelo levantarme a las seis.
Como si hubiera confesado un crimen, sus padres la miraron atónitos.
— Cuando tú apenas despiertas yo ya he hecho la mitad de mis deberes matutinos. — Respondió Mildred. — ¿Acaso no trae el día veinticuatro horas? ¿Qué es lo que haces para perder tanto tiempo? Cecilia solía despertarse incluso antes que nosotros y nos sorprendía con el desayuno hecho antes de irse a la universidad. ¿Cuándo has tenido que tocar tú la cocina de esta casa? ¿Acaso te exigimos que también realices los deberes de limpieza? Te lo hemos dado todo. ¿Cómo es que aun así logras decepcionarnos más y más?
Calíope no entendió las agudas palabras de su propia madre hasta que su padre se vio obligado a interceder, arrojó un papel sobre la mesa, justo frente a ella con la clara intención de que lo recogiera.
— No hay justificación para que hayas tenido esa calificación. — Añadió, mirando a su hija por encima de los anteojos.
A-
Era la calificación que ponía en el examen, su examen.
Calíope palideció al ver la hoja, una prueba de cálculo integral tembló entre sus dedos, incapaz de creérselo miró el rostro de sus padres, ellos estaban realmente enojados.
— No sé qué pudo haber pasado… Debe… Debe ser un error, no puedo tener una A-, yo... De verdad estudié muchísimo, durante tres días. — Las palabras se trababan en su boca, de un momento a otro la lengua y el estómago se le hicieron un mismo nudo.
Ya sabía lo que diría su padre a continuación:
— Cecilia nunca llegó con una A- a esta casa, tenías que ser tú la primera. — Cesar se masajeó las sienes, al borde del estrés. — Tendrás suspendido el día que te dábamos de descanso cada dos semanas hasta que arregles esta situación, y más te vale que no vuelva a ocurrir. Emplearás ese tiempo libre en clases de regularización con un tutor privado.
Calíope asintió, aún si tuviese oportunidad de hablar sobre lo cansada que estaba sabía que sus padres jamás la escucharían.
«¿Qué es lo que estaba pensando? Ni siquiera se han dado cuenta que lastimé mi muñeca»
Cuando sus padres dejaron de mirarla intentó pasar el mal sabor de boca con jugo, bebió todo de un solo trago largo sin pensar, hundiéndose más en el asiento.
Por un momento vio a Anna, ella estaba dándole ánimos haciendo gestos con las manos y con la cabeza, Calíope se mostró un poco reacia al principio, no quería seguir importunando a sus padres, pero la continua insistencia de su niñera la hizo dar un paso hacia el frente y romper el silencio.
— Papá… Mamá… Yo — Se detuvo por un momento, pensando bien antes de hablar, siempre le habían dicho que odiaban a las personas que no sabían expresar lo que querían. — Pronto tendré un recital de piano, será un evento a favor de una organización benéfica, sé que siempre están ocupados y por eso no han podido venir a ninguno de mis recitales, pero esta vez será muy especial porque estaré en televisión nacional y realmente me haría feliz que ustedes vin…
Dejó de jugar nerviosamente con los boletos a su recital cuando intentó levantar la mirada.
— ¿Todavía estás aquí? — Preguntó Mildred al percatarse de Calíope.
César revisaba continuamente su teléfono celular. — Ya hemos perdido demasiado tiempo, hay un cliente muy importante esperándome.
— Voy contigo, uno de nuestros inversionistas parece que se volvió loco.
Y Calíope, la tercera rueda de la bicicleta, simplemente se quedó allí.
* * *
No era precisamente Ariel la primera persona con la que deseaba encontrarse en cuanto llegara a la academia, pero él estaba allí, rodeado de personas riéndose y bloqueando el camino de la entrada.
Había tenido un día entero para asimilar lo que había ocurrido -Su inminente derrota contra él- Eso no significaba que estaba a favor, mucho menos que terminarían siendo amigos.
— Oh, Calíope, buenas tardes. — Ariel la saludó en cuanto notó su presencia.
Ella lo siguió de largo a él y a su estúpid*a sonrisa.
— ¿Qué pasa? ¿No quieres hablar conmigo? — Ariel fue insistente hasta el punto de seguirla y tomar asiento junto a ella. — ¿Cómo sigue tu muñeca?
— Que me hayas vencido en nuestro duelo nos hace rivales, no amigos. No tienes que tener interés en tu rival. — Apartó la mano de Ariel, que hasta el momento quería tomar su muñeca vendada. — ¿Podrías por favor dejarme en paz?
Gracias al pequeño encuentro con sus padres y la noticia de sus bajas calificaciones su día había iniciado con mal pie, se veía a sí misma estrellando la cabeza de Ariel contra la banca del patio si no cerraba la boca.
Calíope se sintió intimidada por la repentina mirada invasiva que recibió de Ariel.
— Diablos ¿Qué tanto me miras-?
— ¿Estuviste llorando?
Hubo un silencio de por medio.
— Estás hablando tonterías ahora.
Ariel estaba seguro. — Tus ojos están rojos e hinchados.
Hubo un pequeño roce, los delgados y finos dedos de Ariel le rozaron la mejilla, parecían trazar el camino por donde tan solo minutos antes habían bajado cientos de lágrimas, la reacción de Calíope fue, dentro de lo esperado, una de sobresalto, siendo que su mano saltó por su cuenta y, dentro de su susto, arremetió contra la de Ariel. El estruendo del azote llamó la atención de los alrededores, cuyas miradas se fijaron en ambos -En ella específicamente-.
Ariel se sobó la mano -Para pánico de Calíope, quien vio con culpa la rojez en su piel, marca de su manotazo-
Calíope solo apretó los labios, las manos le estaban temblando mientras que las miradas acusadoras atravesaban su cuerpo como flechas.
— Y-yo… Yo … — Balbuceó — ¡Te dije que no necesito que te preocupes por mí! Eres tan j*didamente molesto, déjame en paz.
— ¿Hice algo que te enojara acaso? — Ariel la detuvo — Siempre pareces enfadada conmigo, es como si me odiaras…
Dándole la espalda Calíope se preguntó: ¿Acaso realmente el inocente Ariel le había hecho algo como para descargar su enojo contra él? ¿Realmente era porque perdió contra él o había algo más que eso?
— Definitivamente odio a los tipos como tú, no me preguntes por qué, ni siquiera yo lo sé… Solo sé que te odio. — Responde Calíope. — Pero yo sé perder y pienso cumplir con mi palabra.
— ¿Eso quiere decir que si me vas a enseñar?
Calíope afirmó con la cabeza. — Así que por favor no me hagas desperdiciar mi tiempo, yo no le doy lecciones a personas incompetentes.
Para su sorpresa Ariel sonrió como respuesta.
— Definitivamente no voy a ser incompetente.
Y aunque de cierta manera creyó en aquellas palabras no había nada en el mundo que la preparara mentalmente para lo que sucedería.
* * *
— ¡No, no, NO! ¡¿Tienes dos pies izquierdos donde deberían estar tus manos?!
Ariel se detuvo, de nueva cuenta, al escuchar los regaños de Calíope.
— ¿Hice algo mal?
Tenía que ser una broma.
— ¿Cuántas veces debo decirte que corrijas tu postura? — Ariel se quejó ante el golpe en la columna que le soltó Calíope con una regla. — No te pegues tanto al piano, relaja los hombros, acomoda las manos.
Por cada indicación la regla se golpeaba contra la zona, Ariel se crispaba, obedecía de inmediato, sin embargo, lo olvidaba realmente rápido.
— Empieza de nuevo. — Pidió Calíope, suspirando. — Tu estabilidad rítmica es directamente una basura ¿Acaso no estás siguiendo el metrónomo?
Ariel hizo un mohín, frustrado y deteniendo su melodía, otra vez. — ¿Hablas de esa porquería que hace tic tac? ¡Me desconcentra!
Por supuesto, Calíope no permitiría aquel tipo de comentarios inapropiados, azotó la parte posterior de su cabeza con la mano.
— Se llama ‘’Metrónomo’’ no ‘’Esa porquería que hace tic tac’’ inculto ignorante. — Lo corrigió — El metrónomo es esencial al momento de aprender, cosas como lograr la estabilidad de velocidades, los pulsos, seguir el ritmo, nada de eso se podría lograr sin uno.
— ¿Para qué quiero yo eso? ¡Ya sé tocar el piano!
— Por supuesto que no sabes, hace tres minutos te pregunté cuál tecla era el Do central tras haberte comentado que es noción básica y todo mundo debería saberlo, pero tú empezaste a tocar estrellita dónde estás porque era la canción popular que todos se saben… Y lo hiciste con los dedos incorrectos, fue una total aberración visual.
Ariel se tragó sus palabras, incapaz de contradecir la lógica de Calíope y sin otra opción más que acatar sus instrucciones.
Calíope tomó una canción sencilla plasmada en una hoja de papel y la colocó frente a Ariel. — He realizado esta partitura lo más sencillamente posible para que un novato como tú logre comprenderlo, por favor interprétala y yo te diré tus errores más comunes.
Ariel asintió, sus manos se pusieron sobre las teclas.
Pero el problema surgió cuando miró feo la partitura, arrugando el ceño y frunciendo los labios.
— ¿Qué sucede? — Preguntó Calíope al notarlo. — ¿Hay algún error con la partitura? Lo escribí un poco rápido así que tal vez…
— No, no es eso — Dijo Ariel, interrumpiéndola — Es solo que…
— ¿Es solo que…?
Ariel se encogió de hombros, el papel de la partitura cayó al suelo cuando él mismo lo arrojó.
— Sí… Yo no sé leer esto.
Entonces Calíope realmente quiso mtarlo.
— ¿Me estás diciendo que… todo este tiempo has estado tocando piano sin saber nada sobre lenguaje musical? ¿Ni siquiera las notas básicas de la música?
— Sí, cosas como tener que estudiar no van conmigo, es aburrido. — Ariel no se esforzó en negarlo, su postura relajada realmente la hizo enojar. — ¿No puedes enseñarme cómo hacerlo sin tener que aprender la técnica?
— ¡Por supuesto que no! La técnica es parte fundamental de la práctica. De haber sabido que no conocías ni siquiera lo básico sobre música definitivamente me habría negado a ser tu tutora.
— Pero perdiste nuestra competencia de piano, no podías negarte.
— Realmente estoy haciendo un increíble esfuerzo para no estrellar tu cara contra las teclas del piano. — Confesó — Continúa practicando las escalas y los arpegios.
— ¿Las qué?
— ¡Solo repite lo que hemos estado ensayando todo este tiempo!
Esa fue la única manera de hacer que Ariel lo captara.
Pero no todo era tan terrible.
Si había una cosa que debía admitir con respecto a Ariel era acerca de su rápido aprendizaje, sorpresivamente solo necesitaba hacer las cosas una vez y podría repetirlo hasta el cansancio, no era una sesión de práctica complicada, mantenía una buena postura y parecía realmente esmerarse en no equivocarse en cuanto a las manos y los dedos, probablemente con la idea de que Calíope volvería a pegarle con la regla si cometía el mismo error otra vez.
«Supongo que la decimoquinta vez es la vencida» Pensó.
Se permitió cerrar los ojos una vez estuvo segura de que no habría más errores, solo sería un pequeño momento que aprovecharía para tomarse un descanso.
La música siguió fluyendo, llenando el silencio en que ambos se habían hundido.
— Ya está, practiqué exactamente cincuenta y dos veces la misma pieza, como lo pedist- — Cuando Ariel se gira ve a Calíope cabeceando. — ¿Calíope?
Ella no respondió su llamado.
— ¿De verdad alguien es capaz de dormirse en tan incómoda posición? — Miró a Calíope dormitar, intentó despertarla al sacudirla un poco, pero la única reacción que tuvo fue la de ella reposando la cabeza encima de las teclas del piano, justo sobre sus manos. Estaba tan cansada que ni siquiera el ruido de dichas piezas al ser presionadas al mismo tiempo logró despertarla. — Que pacífico se ve.
Ariel decidió contemplarla, las teclas eran realmente un soporte incómodo para su cara. — Esto te dejará una marca en la cara y te verás muy chistosa.
Los resortes de cabello de Calíope caían graciosamente cada que los enredaba entre su dedo índice y luego los soltaba, aún si los echaba hacia atrás terminarían regresando a cubrir su fino perfil, también camuflajean las pecas salpicándole las mejillas.
— Vas a tragarte tu cabello — Ariel se rió, seguía hablando a pesar de no ser escuchado.
La respiración relajada de Calíope empujaba y volvía a atraer el mechón de cabello sobre su cara, decidió apartarlo, solo por ser considerado.
Se quedó ahí un poco más, contemplándola como la persona que admiraba el trabajo de un artista en alguna exposición, o como a la blanca estrella que resplandece en el inmenso cielo, y que, sin alcanzarla desde el suelo, la contemplase pura y bella.
* * *
La extraña calidez rozando su mejilla la despertó.
Cuando Calíope abre los ojos se da cuenta de que seguía en el salón de música, una lata con bebida caliente invadió su campo de visión, al percatarse bien se da cuenta de que Ariel se la estaba ofreciendo, entonces se levanta a tomarla y la chaqueta de Ariel se desliza por su cuerpo.
— ¿Cuánto tiempo llevo dormida? — Fue lo primero que se le ocurre preguntar.
Ariel destapó su lata y dio un trago, acercando una silla para tomar asiento despreocupadamente. — No mucho, me dio tiempo de ir por bebidas a la tienda de conveniencia así que…
— Pudiste despertarme. — Calíope destapó su bebida.
— Te veías relajada, no me atreví.
Entonces ambos regresaron a quedarse en silencio.
— ¿Esta es tu chaqueta? — Tomó la pieza de tela, fijándose bien pudo notar que Ariel seguía usando su suéter holgado.
— Estaba haciendo frío. — Respondió — Está limpia, es la que pasé recogiendo de la tintorería antes de venir a clases.
Calíope suspiró, todo estaba resultando demasiado extraño. — Necesito irme antes de que se haga tarde, continuaremos nuestra lección el viernes.
— ¿Ya te vas a casa?
Ella intentó no reírse, no estaba ni siquiera cerca de hacer eso.
Todo su cuerpo se paralizó cuando escucha que alguien tocó la puerta y averiguó de quién se trataba: Su escolta, la persona que le informaba acerca de todos sus movimientos a sus padres.
Rápidamente sacó el celular para ver la hora, Ariel no entendió el gesto de exasperación que Calíope hizo al darse cuenta de que pasaban las 6 de la tarde, ella simplemente recogió todas sus cosas y se marchó, ni siquiera se despidió.
Todo lo que recibió fue una mala mirada de aquel grotesco hombre robusto que pasó a buscarla.