- No te preocupes por eso. Sabes que no haría algo así si nos pusiera en aprietos. Además, haré que cada centavo valga la pena. Respondió él con mirada pícara. María miraba la habitación con asombro sin percatarse de que Antonio se había quitado el saco, lo había puesto en la esquina de la cama, se había sentado en el sillón y la reparaba con mirada de cazador. - Quítate el vestido. Ordenó él interrumpiendo sus pensamientos. María se giró hacia él. Se paró al frente con una mezcla de timidez y altivez. No estaba acostumbrada a mostrarse así. No solían hacer el amor con las luces encendidas. Ella prefería moverse sigilosamente en la oscuridad. La forma como él la miraba la invadía, la sobrecogía. No obstante, se mantuvo a la altura de las circunstancias. Se quitó la parte

