Mia lanzó el celular a su lado en el colchón y ahogó un sollozo por el rechazo que se intensificaba cada día que pasaba y Eliot no atendía a sus llamadas. Miraba su techo blanquecino que no era tan claro por la penumbra de las cuatro paredes y la luz apagada. Habían pasado nueve días, siento noventa y dos horas, y once mil quinientos veinte minutos en los que su novio se rehusaba a darle la cara, o a permitirle oír su voz siquiera. Mia en ese momento no comprendía el por qué un simple cambio de color de cabello había marcado una diferencia tan enorme. Siendo la frase "No hay peor ciego que el que no quiere ver" la que protagonizaba las circunstancias, se negaba a creer, A SABER, que se había molestado tanto por eso por el simple hecho de que Vianka era pelirroja. Se negaba a notar que f

