El sudor corría por la frente de Michael mientras trabajaba meticulosamente sobre la bomba. Cada alambre que tocaba sentía como si estuviera acariciando la propia vida de Tyron y de la chica que lloraba desesperada a su lado. El sótano en el que estaban atrapados era un espacio reducido, con un aire denso y opresivo. Las paredes de hormigón desnudo, sin ventanas, hacían eco de cada sonido, amplificando el temblor del llanto nervioso de la joven. El reloj de la bomba seguía su incesante cuenta atrás, un pulso constante que latía en el silencio mortal de la habitación. Tyron, amarrado con fuerza a una silla junto a la chica, mantenía una calma fingida, pero Michael podía ver el miedo en sus ojos. Era ese tipo de miedo que lo hacía actuar con cuidado, con la conciencia de que un solo movimie

