La oficina de la abogada Erin Smith Cook está cerrada y se puede escuchar los movimientos bruscos de lo que sucede en su interior. El escritorio de esta impecable mujer está desordenado y sus efectos personales regados como perdigones por todo el piso. Su cuerpo está sobre el escritorio de madera fina boca abajo y todo su trasero descubierto, porque su costosa falda terminó enrollada en su cintura. Los pedazos de su tanga terminaron esparcidos dejando al descubierto la abertura húmeda y al mismo tiempo cálida. Las piernas son abiertas con cierta brusquedad para que aquel agujero quede a la visión lujuriosa del hombre que se saborea mientras que su masculinidad de manera rápida y poderosa crece ante aquella exquisita vista. –Esto es lo que quieres– dijo él con la voz ronca de excitación

