Bárbara cerró la puerta del despacho para entender que diablos estaba haciendo con Murat, era cierto que debía conquistarlo, pero no como Santa, una persona que ni siquiera existía, que fue creada para la venganza de los asesinos de su esposo, y que ahora parecía estar tomando una relevancia mayor a la debida ante el único hombre que abrió las puertas de su corazón, o quizás simplemente giró esa llave que siempre tuvo mientras compartió con él en la universidad. Bárbara se estiró en la cómoda silla del lugar donde Carmona y ella revisaban los pendientes de la pesquera, estaba exhausta de todo lo ocurrido en ese mes de trabajo, reuniones y encuentros inesperados. No obstante, lo que le preocupaba era el tiempo que estaría fuera por el viaje a la capital de Colbia que era obligatorio asisti

