UN INTERLUDIO La calle Manuel Velázquez Cabrera estaba tan desolada como siempre. No había gente. Sin coches. Era como si la vida en el pueblo terminara en la intersección, la última luz de la calle marcando el fin de la civilización. Cuando llegué a mi manzana, subí al cordón y estacioné detrás del granero. Después de nuestro delicioso y agradable día en El Cotillo, la llegada fue una decepción. Mientras me desabrochaba el cinturón de seguridad, no sabía qué hacer a continuación, si invitar a Paco a entrar o darle las gracias por el día y despedirme de él. Me acompañó hasta la casa y nos detuvimos bajo los andamios. La noche era cálida, toda esa piedra irradiaba el calor del día. El viento, que soplaba del noreste, se envolvió alrededor del edificio, gimiendo, silbando a través de las

