Ian King. Mis manos temblaban a medida que las horas pasaba, no dejaba de mirar por la ventana de la habitación de Peython, esto de no tener a mi dulcesito conmigo era realmente una tortura. Absolutamente ninguna otra mujer podía saciarme como lo hacía ella, aunque tenía a Anabelle aquí no era de mucha utilidad, no podía siquiera tocarla ya que las comparaciones con Peython se hacían más y más grandes. Inhalé con profundidad el aroma delicioso de su cuarto, chicle era el olor característico de esa tierna joven que me ponía los pelos de punta, no sé en que momento sucedió, solo sé que soy un maldito adicto a su piel. También soy consciente de que soy el único culpable de todas sus desgracias, pero no lo puedo evitar, ella debe ser solamente para mí, si llegase a pensar que puede depender

