Capítulo 3— Entre Fantasmas y Silencios
El campo siempre había sido un lugar de vida, el viento trayendo olores de pasto fresco y los cascos retumbando como tambores alegres, con amaneceres que eran un regalo de colores encendidos, pero para Mateo Iriarte ese paisaje había cambiado de piel y lo que antes fue hogar ahora era un desierto donde cada sonido parecía perderse en una lejanía sin bordes y cada rincón repetía la misma pregunta sin respuesta, por qué a ellos, por qué de golpe, por qué tan solos.
La muerte de sus padres había abierto una grieta imposible de suturar, su padre siendo su ejemplo y su compañero en el tambo y en las carreras, su madre la voz cálida que lo devolvía a la orilla cuando la vida se ponía demasiado honda, y todo eso desapareció en un instante de ruta mojada y de faros perdidos, y a Mateo le quedó la sensación amarga de que el tiempo le había jugado una mala pasada y que ya no había modo de enderezarlo.
Como si la tragedia no hubiera sido suficiente se sumó la traición, Tatiana, la mujer con la que había planeado casarse, borrándose de su vida con un gesto de fastidio primero y de ausencia después, y no lo hizo sola porque Ramiro Cáceres, su mejor amigo, fue la otra cara de la puñalada, la que duele más porque se clava desde adentro, desde la confianza.
Fue el golpe que lo terminó de quebrar, pero lo peor aún estaba por venir.
Aquella mañana en que lo encontró, el cielo estaba bajo y plomizo como si la noche todavía no quisiera retirarse del todo, las nubes arrastraban un cansancio de tormenta y en los alambrados quedaban prendidas gotas como cuentas de un rosario triste, el aire tenía ese olor a ozono que dejan los relámpagos y el suelo, recién bebido por la lluvia, se volvía barro que se pegaba a las botas y hacía un ruido espeso al desprenderse; había hojas húmedas pegadas a la crin de los árboles, pequeños charcos espejando sombras, y los pájaros, que otras veces madrugaban con una fiesta de trinos, hoy parecían haberse quedado callados como si la tormenta de la noche les hubiera recordado que también existe el miedo.
Mateo encontró a Bronco, el caballo de su niñez, tirado en el suelo del corral, hijo del semental más preciado de su padre y padre, a su vez, de su yegua Noche, un animal de pelaje brillante y mirada segura, compañero de sus primeras carreras y de sus primeras victorias chicas, esas que cuentan más que las grandes porque se ganan con pura fe y con las manos embarradas; el corazón le dio un vuelco y lo sintió en la garganta, porque Bronco intentaba incorporarse y las patas no respondían y los tobillos, vencidos, parecían haberse rendido después de pelear toda la madrugada contra la lluvia y el suelo traicionero, y entonces la desesperación, esa niebla caliente que ahoga, le subió desde el estómago hasta los ojos.
—No, viejo… no me hagas esto… —murmuró con la voz hecha un hilo, arrodillándose en el barro, acariciándole el cuello mojado, sintiendo el vapor tibio del aliento de Bronco mezclarse con el frío de la mañana—, ya está, tranquilo, yo estoy acá, no te voy a dejar.
Lo intentó todo, le habló como se le habla a un hijo que no querés que sufra, lo empujó con suavidad para ayudarlo a buscar apoyo, le prometió que iba a estar bien aunque sabía que no, y cada crujido en los huesos era una campanada de derrota, porque Bronco, el caballo loco y valiente, el que jamás dio un paso en falso ni le negó una carrera, había perdido su última pelea contra el barro y contra el tiempo.
Se quedó con él hasta el final, sosteniéndole la frente para que no diera contra el piso, respirando despacio para que el animal copiara ese ritmo, dejando que el silencio entre los dos hiciera lo que a veces hace la gente cuando no encuentra palabras, y cuando fue evidente que el dolor era una pared sin puertas y que no quedaba más remedio que ser misericordioso, el rifle pesó como si estuviera hecho de lluvia y de culpa, y las manos le temblaron no por miedo sino por amor, por esa clase de amor que entiende que a veces querer es soltar.
—Perdoname, amigo… —dijo con la garganta rota, apoyando la frente en la suya—, nos vamos a encontrar allá arriba, lo juro, y vamos a volver a hacer camino, a correr hasta volar.
El disparo resonó como un trueno atrasado y el campo, por un segundo, pareció quedar completamente inmóvil, Bronco cayó en paz y Mateo se quebró por dentro como se quiebra una rama reseca en la mitad del invierno, sin ruido pero para siempre.
Esa noche, sentado en el galpón con la ropa todavía húmeda y las uñas llenas de tierra, recordó la canción que había escuchado mil veces con su padre, y la dejó salir bajito, casi sin voz, no para llamarlo sino para despedirlo: “Se murió mi amigo Bronco, se fue a ver qué hay más allá… Siempre fue el caballo más atrevido, bronco a más… Se rompieron sus tobillos, yo lo tuve que acabar… Mientras le decía despacito, nos vamos a encontrar…”, y la letra ya no era música sino un cuchillo que entraba lento, una verdad que no pedía permiso.
Unos días después, mientras todavía lloraba a Bronco y se encerraba en sí mismo como si la casa fuera una cueva de piedra, llegó la noticia de que Clara estaba internada, un embarazo complicado, preeclampsia severa, presión alta, una sala luminosa que a él le sonaba a pasillo de hospital aunque no lo viera, un bebé corriendo peligro y la vida, otra vez, poniéndoles pruebas cuando aún tenían sangre fresca en las pruebas anteriores.
Se sentó en la camioneta con las llaves en la mano y el pecho golpeando como un tambor mal afinado, giró la llave una vez y otra y otra, y el motor dijo algo, tal vez sí, tal vez no, pero fue su cuerpo el que se quedó clavado como un poste, el miedo y la tristeza y la culpa mezclándose en una pasta espesa que no lo dejaba respirar ni moverse, y entonces se insultó, se llamó cobarde con la furia de quien todavía quiere salvar lo que puede salvar, golpeó el volante hasta lastimarse los nudillos y se quedó con la frente apoyada ahí, escuchando su propia respiración a contratiempo.
Martín lo llamaba cada día y le contaba pequeñas cosas para no asustarlo, un médico que entra, una enfermera que sonríe, una curva que baja, otra que sube, él decía que iba a ir, que estaba saliendo, que en unas hora llegaba, y dejaba el teléfono sobre el asiento y volvía a quedarse en silencio; cuando apareció la videollamada y la pantalla le mostró a Clara pálida y demacrada pero con una sonrisa que todavía iluminaba, la vergüenza le ardió por dentro como fiebre, y aun así la escuchó decir “hermano, estoy bien, no sufras por mí, yo te amo, pero buscá ayuda”, y dijo que sí con una facilidad que no tenía nada que ver con la verdad, porque no lo hizo, no esa noche, ni al día siguiente, ni al otro, y cada promesa que no cumplía se le pegaba al alma como el barro de aquella mañana.
La imagen de Clara inconsciente, el bebé sietemesino luchando, las luces blancas del hospital que él solo conocía por relatos, lo persiguieron como un fantasma, y en vez de estar ahí se quedó preso en el campo, caminando entre corrales que olían a lluvia seca y a cuero viejo, y la casa, que debía ser refugio, se volvió cárcel de puertas abiertas, porque nadie lo encerraba salvo él.
Se volvió ermitaño, redujo la voz a lo indispensable con los peones, firmó ventas en su mesa de cocina para no ir a la feria, dejó la portera para otros y se dedicó a mirar el cielo buscando señales, a contar respiraciones para dormir, a recordar cosas que no quería recordar en la hora más muda de la madrugada; en esas noches el insomnio le pasaba películas que no pedía, el accidente de sus padres, la risa de Tatiana, el cuerpo de Bronco en el barro, la videollamada de Clara, una tras otra, sin créditos ni corte.
Pero sin embargo, como siempre, los caballos tendieron un puente, porque en el corral de al lado, en un amanecer más claro que los anteriores, un potrillo n***o y testarudo probaba sus patas recién estrenadas y le miraba fijo como preguntándole quién sos y por qué tenés esos ojos de agua, y Mateo, que no había sonreído en días, dejó que se le acomodara la boca en una mueca que fue creciendo hasta ser una sonrisa tímida, lo acarició con la palma abierta y le habló en voz baja, vas a ser mi compañero, no te voy a fallar como sentí que fallé a todos, y en ese juramento sin testigos hubo una luz chiquita que alcanzó para encender otra vez la mañana.
No lo sabía, pero la peor parte de la tormenta ya había pasado, y el hombre roto que se encerró entre caballos estaba empezando, sin darse cuenta, un viaje hacia adentro que tarde o temprano iba a empujarlo hacia afuera, hacia el mundo y hacia un amor que juró que no tocaría nunca más, y el campo, que lo vio desmoronarse en silencio, iba a ser también el escenario de su renacer, con el barro secándose en las huellas y el cielo, por fin, abriéndose de nuevo.