Capítulo — La Verdad en el Estrado La sala del juzgado estaba cargada de humedad, como si la tormenta aún se colara entre las paredes. Los bancos de madera crujían bajo el peso de los presentes: vecinos, curiosos, peones de campo que habían venido a escuchar. El aire era denso, impregnado de murmullos y rumores que parecían cuchichear entre las sombras. Julieta esperaba afuera, en la camioneta de Don Eusebio. Las manos le temblaban, los ojos estaban hinchados por el insomnio y todavía sentía en la piel el calor de la fiebre de la madrugada. Don Eusebio le había dicho que aguardara, que no se adelantara, que todo llegaba a su hora. Las horas pasaban. Desde la ventanilla vio entrar al capataz, luego a Francisco, después reconoció a Ignacio, con sombrero y la cabeza gacha. A los pocos minu

