CAPÍTULO TREINTA Scarlet estaba desolada. Estaba tan sumida en el dolor que ni siquiera le importó cuando oyó el martilleo en la puerta principal de la mansión o el sonido de vidrios rompiéndose. Sólo el sonido del caos y la anarquía, las burlas, los gritos de furia asesina, y el sonido sordo de cientos de botas en el suelo de mármol la hicieron dar vuelta. Entonces, se vio frente a un ejército de vampiros. Entre ellos había chicos que conocía de la escuela preparatoria, los atletas y las porristas todavía con sus uniformes, los chicos góticos de primer año, el club del coro. Detrás de ellos, había un grupo salvaje de asesinos, con la cabeza rapada y tatuajes en sus rostros, cuellos y brazos. Vestían uniformes, y Scarlet cayó en la cuenta de que eran prisioneros que se habían escapado.

