Llegué a casa pasada la media noche, bajé del auto de Martin y el también hizo lo mismo, me abrazó y agradeció por la noche maravillosa que pasamos. —Eres un lindo—, dije al acariciar su rostro. Él sonrió y volvió abrazarme, mientras estábamos abrazados mi mirada se direccionó al hombre que se encontraba parado en lo más oscuro de la calle, a pesar de que estuviera oscuro podía distinguir ese hombre, pues su estatura de 180 y ese traje oscuro lo conocía a la perfección, no era nadie más que Santiago Rúales. Una vez que Martin se fue me dirigí hasta él, quité de su boca un tabaco y lo lancé al suelo, me crucé de brazos y Cuestioné —¿Qué haces aquí? —La pregunta sería ¿Qué haces llegando a esta hora de la noche con ese imbécil? Solté una sonrisa y ladee la cabeza —j***r Santiago, ¿Vas

