Me levanto de su regazo, camino hasta el otro extremo pero me lo impide a la mitad, tira de la silla frente a la de él. Recoge mis bragas rotas, el cabrón no me las devuelve. Niños observamos, sonreímos y nada mas. Segundos después el mesero entra con una torta de almendras. ¡j***r! ¡Que delicia! -Espero que me mires de la misma manera que vez esa torta- gruñe. -Una torta tiene más suerte que yo- una sonrisa se me escapa. -Mejor una torta que ha otro hombre...- gruñe. Coge un pedacito y el cabrón no me lo da. Le arrebato el pedazo para metérmelo a la boca. ¡HA! Nadie se interpone entre las almendras y yo. Cojo otro pedazo grande. Me mira con gresto reprobatorio, no es mi culpa, amo las almendras. -Kiera, coge un pedazo pequeño...- doy un gigantesco mordisco. -¡No te lo tragues!- gruñe.

