Poco a poco lo iba comprendiendo, este trabajo no era para todos, cubrir con vinagre y sangre putrefacta el cuerpo áspero de un muerto no era una tarea sencilla, pero ahí estaba esforzándome todo el tiempo junto a mi mejor amigo y compañero de proyectos, Luis. —¿Qué ocurre? —me preguntó—. Te he visto un poco distraída. —Es el examen final, ¿crees que pasaremos? —Sí, solo tienes que mirar alrededor, solo quedamos dos parejas, tú y yo de los veinte que éramos. —Aún así, si no pasamos, qué haremos. —Volverlo a intentar. Siempre habrá un cuerpo no reconocido o reclamado. —¿No crees que merecen descanso? —Lo tienen, probablemente en el infierno, pero lo tienen. El maestro marcó la finalización del examen y pasó por nuestra mesa de lavado, observó con delicadeza cada detalle de nuestro m

