Adam caminó sin rumbo por la ciudad hasta que se detuvo frente a un muro que daba vista a uno de los tantos puentes del Silver Lake. Era noche cerrada, y brumosa, a pesar de ser verano, pero tampoco quería irse a encerrarse a su estrecha habitación.
Se sentía indignado, molesto, ofendido. Le habían quitado su cuerpo, su vida, todo, y lo habían puesto en el de su persona menos favorita en el mundo. Nada menos que August Warden, por Dios.
Y ahora, ¿cómo podría presentarse ante Tess? ¿Debía hacerlo?
Cerró sus ojos con dolor.
No quería ir ante Tess con esta cara y este cuerpo. No podía luchar por ella en esta envoltura. No quería que Tess lo mirara y viera a su esposo, quería que lo viera a él, quería el amor que ella podía tener para Adam Ellington, no los rezagos del amor, o compromiso, o resignación que tuviera hacia su ex marido.
Si acaso llegaba ante Tess, y ella, por la razón que fuera lo aceptaba de vuelta, ya fuera porque aún lo amaba y esperaba, o por sus hijos, o lo que sea, en su corazón siempre existiría esta verdad: ella a quien aceptaba era al ex esposo, nunca, nunca, a Adam.
—¿Te parece muy gracioso lo que has hecho con mi vida? —preguntó mirando al cielo, al agua, a todas partes—. ¿Te parece que debo estarte agradecido? Me has metido en el cuerpo de mi peor rival. ¿Esperabas que me alegrara? Que dijera: Oh, al fin tengo una ventaja, me aprovecharé de la situación—. Dejó salir el aire y sacudió su cabeza—. Qué poco me conoces. Que sepas que no estoy de acuerdo. No quiero esto. Habiendo millones de hombres en este país, en el mundo, vas y me metes en el menos indicado. Preferiría estar muerto de verdad.
Se quedó en silencio largo rato sintiendo un nudo en su garganta. Ninguna respuesta vino a él de ninguna parte, pero sabía, en el fondo de su corazón, que lo estaban escuchando. Estos seres que se habían atrevido a jugar con su destino, lo estaban escuchando.
—Un hombre sin la menor moral —siguió—. Sin el menor apego hacia nadie, rodeado de basura, con un historial tan reprochable, amante de putas… Y no quiero decir que yo haya sido un santo —exclamó con el ceño fruncido—. Pero al menos, a mí nadie me andaba buscando para meterme preso, o apuñalarme, o… ¡Maldita sea, arregla esto! —exclamó. Un indigente pasó por allí y al escucharlo hablar solo, se alejó corriendo, y Adam lo miró furioso—. ¡Yo no estoy loco! —gritó—. Los locos son los que están en el cielo. Mi inteligente hada madrina hizo un desastre con mi vida, y ahora no tiene la decencia de aparecerse y darme explicaciones. Esto es una mierda, una putada, una… Odio esto —dijo, ya con voz más calmada y recostándose al muro helado—. Odio esto con todo mi ser. No quiero, no quiero ser August Warden. Es lo más estúpido que se te pudo ocurrir. No puedo, lo siento. No puedo ser él.
Con el corazón adolorido, se alejó del lago y se encaminó al viejo edificio donde había estado durmiendo esta semana. Había hecho la maleta antes de irse al restaurante griego para tomar camino de inmediato a San Francisco, pero ahora sus planes no tenían sentido. No podía ir con Tess. No así.
Tal vez, mañana, él estuviese en otro lugar, en otro cuerpo.
Pero no fue así. Despertó a la hora de siempre y miró el viejo techo sobre él.
Poco acostumbrado a quedarse en la cama remoloneando, tomó los elementos del baño y salió. Afuera una prostituta que salía a medio vestir de otra de las habitaciones, lo miró de arriba abajo y se paseó la lengua por los labios. Adam se miró a sí mismo. Asqueroso, todavía tenía panza, vellos en el pecho, unas tetillas rosadas que no eran para nada atractivas, y unas piernas largas y algo flacas. Pero bueno, era una prostituta, ¿qué se podía esperar?
Se miró frente al espejo sin emoción alguna. Este era el rostro que había amado Tess, la boca que había besado Tess, el cuerpo que ella había…
No, mejor no pensar en eso.
Si ella aún soñaba con August, este era lo que ella veía en sus sueños. Si ella todavía lo esperaba, esta era la silueta que esperaba ver acercarse. Oh, qué rabia, qué celos. Celos de sí mismo, celos del cuerpo que él alimentaba y lavaba.
Y entonces una duda vino a él. ¿Por cuánto tiempo? ¿Por cuánto tiempo estaría aquí?
Miró hacia la puerta, como si alguien fuera a entrar por ella a darle la respuesta.
August había sido apuñalado, recordó mirándose la cicatriz en su cintura, en el lado derecho; ahora caía en cuenta de que el hombre que lo había herido usaba su mano izquierda, tenía un aliento rancio de licor y cigarros, y había dicho unas palabras, pero no las recordaba, ni nada más. Alguien había querido asesinar a August, y tal vez se lo mereciera, y, tal vez, si se enteraban de que seguía vivo, lo volvieran a intentar.
Mierda. Lo peor era que no sabía quiénes eran sus enemigos, si los tenía, ni cómo cuidarse de ellos.
Se bañó, aunque al final se quedó sin agua caliente; se vistió con una de sus dos camisas nuevas, y llegó al restaurante griego entrando por la puerta trasera. Adriano sonrió al verlo.
—Es muy temprano para que vengas como cliente —le dijo acercándose con una sonrisa, y Adam miró las mesas con aire taciturno.
—Necesito trabajar, y mi viaje… se aplazó.
—Claro que sí, entra. Ya estaba buscándote un remplazo, pero no hay ningún problema con que sigas. Me gustaría ofrecerte algo permanente—. Adam lo miró a los ojos oscuros y redondos.
—No sabes quién soy —le dijo—. No me pediste antecedentes antes de…
—Eso es verdad, pero te he conocido estas semanas que has estado aquí. Tienes la pinta de alguien que salió de la cárcel por haber matado a otro por un dólar, pero… —Adriano se golpeó el robusto pecho— lo que importa es lo de aquí —dijo—. Los modales no se pueden improvisar, la moral y las buenas costumbres no se reflejan en un espejo. Te medí, te pesé, y encontré que tienes valor. Tú me demostraste en estos días que no te asusta el trabajo duro; quiero más gente así trabajando conmigo.
—Adriano…
—Y ya estás aquí, ¿no? Vamos, ¡a trabajar! —Adam lo miró serio por un momento, luego del cual, no pudo más que sonreír. Se puso de nuevo su delantal y gorro y se metió a la cocina.
—El proceso no será tan largo —dijo Raphael mientras cortaba un trozo de carne en el plato de Heather, evitándole a ella el trabajo—. August Warden lleva desaparecido ya casi tres años, nunca se comunicó ni por carta ni por teléfono, abandonó completamente su hogar… Son puntos que un juez tendrá en cuenta para darte un fallo favorable—. Tess asintió en silencio. Estaban en la casa Calahan, con Georgina, Phillip, Heather y Raphael sentados a la mesa. Georgina, aun con su avanzado embarazo, amaba invitar a los que consideraba sus hijos a cenar.
Los niños habían venido con Tess, y ahora cenaban en la cocina vigilados por el personal de la casa.
—No hay fallos favorables en un divorcio —dijo Georgina con un suspiro lleno de pesar.
—Mamá está en contra del divorcio —dijo Heather—. Ella es de las que opina que hay que luchar hasta el final.
—Pero, ¿cuál final? —preguntó Phillip ceñudo—. ¿Hasta que la pobre Tess cumpla ochenta años y ya no tenga opción en la vida? ¿A qué final hay que esperar?
—Tú deberías estar de acuerdo conmigo —le dijo Georgina entrecerrando sus ojos—. Si fuera de tu misma opinión, me habría divorciado de ti hace muchos años.
—El divorcio es lo peor —capituló Phillip bajando la cabeza, y Tess se echó a reír.
—Tess ya esperó todo lo que podía esperar —insistió Heather—. Le dio el beneficio de la duda, le dio una larga ventana de tiempo para que tuviera chance de regresar y retomar las cosas…
—Pudo haberle pasado algo trágico —discrepó Georgina—. ¿Y si está en un hospital, postrado, en coma? ¿Y si sufrió un accidente y el pobrecito no sabe ni siquiera quién es?
—Qué ideas tan estrafalarias tienes, mamá. Deberías escribir una novela.
—Si algo le pasó —objetó Phillip—, le pasó por haberse ido. Nunca debió poner un pie fuera de su hogar.
—Y no está muerto —dijo Raphael—. Un muerto es más fácil de encontrar que un vivo.
—Sería mejor para él que esté muerto —agregó Phillip sacudiendo su cabeza—. Cuando dejó a Tess, ella estaba sola, sin nadie en el mundo. Si acaso se le llegara a ocurrir la idea de volver, se dará cuenta de que ya no es así. Lo haríamos sufrir, Tess, todo lo que no te imaginas.
—Y él tiene buenas ideas para hacer sufrir a alguien —sonrió Heather.
—Oh, apuéstalo.
Tess suspiró. No dijo nada, pues no tenía nada que decir. Ellos hablaban y hablaban de August, de ella, de todo, y Tess sentía que el tema le era ajeno. Que August volviera o no le tenía sin cuidado; ya no era parte de su vida, ya no le importaba siquiera.
Su mente estaba clara, y ahora no podía más que reprocharse a sí misma haber elegido a alguien como él para que fuera su esposo y padre de sus hijos. Había sido un error terrible, y el divorcio no era más que la manera de enmendarlo.
Los niños sólo eran una grata consecuencia de ese error, y por ellos lo hacía. No tenía esperanzas de volver a enamorarse en los años siguientes, su corazón se sentía estéril como para dar semejante fruto. Pero al menos, quería retomar su vida, seguir adelante, demostrarse a sí misma que había pasado página y que era fuerte. Algo bueno tendría Dios para ella en el camino.
—Chicos… —dijo Georgina, y hubo algo en su tono de voz que hizo que todos la miraran de inmediato—. Creo que ya viene el bebé—. Alarmados, todos se pusieron en movimiento. Heather insistió en acompañar a su madre, pidiéndole a Tess que dejara sus hijos aquí para que también fuera con ellos.
Regresó a su casa a la mañana siguiente. Había estado en el hospital casi hasta la madrugada, y luego había ido a la casa Calahan para pasar lo que quedaba de la noche allí con sus hijos.
Georgina había dado a luz sin complicaciones un hermoso niño, pelirrojo como Heather, y bastante llorón. Había sido hermosa la sonrisa de Phillip al sostenerlo; un papá siempre se emocionaba al cargar por primera vez a su hijo.
Suspiró sintiéndose algo cansada, pero sus hijos, en cambio, estaban llenos de energía.
Ah, cuánto deseaba poder dormir un par de horas más, pero con sus tres diablillos despiertos eso no era una opción. A Kyle y Rori podía distraerlos una hora con la televisión, pero no a Nicolle; estaba en esa edad en que necesitaba supervisión las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
Introdujo la llave en la puerta con una extraña sensación, se giró hacia el jardín y la calle mirando en derredor, pero no había nadie por allí.
Los niños entraron a la casa con su usual alboroto, pero Tess se quedó unos segundos más en la puerta con Nicolle en sus brazos, que ya hacía remolinos para bajarse. Se sentía observada, y no le gustaba esa sensación; ella vivía sola en esta casa con tres niños…
Adriano miró a su empleado más valioso sentado en una de las mesas haciendo cuentas. Hacía unos minutos que había terminado el inventario en las despensas, y le entregaron también el reporte de los utensilios, las averías que se habían presentado esa semana, las facturas que había que pagar, la relación de la caja, etc., y con una simple calculadora pronto tendría el informe de cuánto habían sido las ganancias, cuánto habría que invertir en nuevos utensilios y qué había que comprar para la despensa la semana siguiente.
Llevaba el restaurante funcionando como un relojito, y lo había convencido para que, con el aumento de ganancias del último mes, le diera un lavado de cara al restaurante, que ahora parecía más moderno, y atraía un rango de clientes más amplio. Las sillas y mesas eran las mismas, pero de alguna manera ahora se veían nuevas, las paredes limpias, y ahora hasta había algunas pinturas colgadas en ellas, pinturas que había comprado en un mercadillo en el centro de la ciudad.
Las ganancias se habían triplicado, y en compensación, le había triplicado también el sueldo, pero, por lo que sabía, Michael Moore seguía viviendo en un cuchitril; sólo se había comprado un par de camisas, un pantalón y un par de zapatos más. Parecía estar ahorrando para una gran inversión, y aunque se lo había preguntado, Mike no le había dicho nada.
Tenía el presentimiento de que pronto le diría de nuevo que se iría, y no quería. Le subiría el sueldo con tal de retenerlo, con tal de que no se fuera.
Se sentó pesadamente frente a él, y Michael sólo elevó su mirada un segundo.
—¿Te he dicho… lo agradecido que estoy? —Michael sonrió.
—Sí.
—¿Y que quiero que te quedes permanentemente?
—Sí, también lo has dicho—. Michael terminó sus operaciones y empezó a organizar los papeles, pero no se puso en pie, sino que lo miró fijamente.
—Quédate, hombre. No te puedo ofrecer el sueldo que realmente te mereces… todavía, pero si te quedas…
—Adriano…
—¡Estamos creciendo! ¡Llevo seis años con este restaurante y nunca me había ido tan bien! —Michael le sonrió, respiró profundo y se cruzó de brazos recostándose en el espaldar de su asiento.
—Estoy casado, Adriano —le dijo, lo que le hizo sorprenderse—. Tengo una esposa y tres hijos.
—¿Qué?
—En San Francisco —siguió Michael—. Tengo que ir por ellos.
—Pero… por qué…
—Porque el hombre es estúpido, por eso —contestó Michael como si supiera lo que le iba a preguntar—. Y no lo he pasado bien; estuve en un hospital, luego en la cárcel, y cada vez que intento irme algo me detiene… Pero ya no voy a permitir que eso siga siendo así; no quiero que mis hijos crezcan sin conocer a su padre.
—¡Por supuesto, por supuesto! —exclamó Adriano, totalmente de acuerdo. Era un hombre de familia, para él los hijos estaban antes que ninguna otra cosa en el mundo.
Se pasó las manos por su calva dándose cuenta de que no había salida. Aquello era terrible para él. ¿Dónde encontraría a alguien con las mismas habilidades y que estuviera dispuesto a trabajar en un restaurante tan pequeño? Como si adivinara sus pensamientos, Michael le sonrió.
—Ya tienes mi número; siempre que me necesites, puedes llamarme.
—No es como si te fueras al pueblo siguiente. Aun en avión, son varias horas de viaje—. Michael movió su cabeza en un asentimiento. Adriano suspiró—. ¿Cuánto tiempo más te quedarás?
—Una semana, a lo sumo. Estoy dejando todo en orden para que no tengas que preocuparte por las finanzas por un mes más. Si quieres que todo siga marchando como hasta ahora, contrata a alguien que sepa hacerlo, y bien… Tu comida es buena, haz que funcione la parte financiera.
—Sí, sí. Siempre lo dices.
—Porque es importante.
—Tú… Estudiaste en la universidad, ¿verdad? —Michael se había puesto en pie y ahora recogía los documentos en los que había estado trabajando. Lo miró fugazmente y asintió.
—Sí.
—Con razón. Eres bueno. Te daré una buena carta de referencia.
—Gracias, Adriano—. Él asintió y apoyó ambas manos sobre su prominente abdomen. Debería aprovechar la semana más que Michael se quedaba aquí para que él mismo hiciera las entrevistas y eligiera al adecuado. Ahora que había tenido ayuda en la administración, no se veía volviendo su negocio al estado anterior. Su esposa le había dicho que, si las ganancias seguían así, podrían ir de vacaciones a su país natal en verano, y quería darle ese capricho.
Miró a Michael mientras éste, de espaldas a él, se ocupaba de otras cosas.
Ese chico crecería; era joven todavía, e inteligente. A donde fuera que se marchara a trabajar, sería notorio su talento. Le iría bien.
Tess abrió los ojos despertando de su sueño, y ahora estaba completamente alerta. Comprobó que Nicolle, que dormía con ella en la amplia cama, estaba profundamente dormida, y sonrió pasando un dedo por su tersa mejilla. No se escuchaba nada excepto su respiración… No sabía qué era lo que la había despertado, todo parecía silencioso y en su lugar, así que se quedó allí, en su cama y bajo las sábanas, escuchando la silenciosa noche.
Pero no estaba del todo silenciosa; hubo un ruido, uno muy mínimo, como de madera al ceder… Y recordó que una parte del suelo en el pasillo sonaba un poco cuando se la pisaba.
El corazón le empezó a latir acelerado y se sentó de súbito en la cama; si fuera uno de sus hijos que se había despertado, ya los habría escuchado llamarla, pero se quedó allí varios segundos y no se escuchó la voz de ninguno de ellos.
Ladrones, se dijo sintiendo que los latidos de su propio corazón la ensordecían, y que las manos le temblaban. Pero ella no tenía nada de valor aquí, pensó; ni joyas, ni dinero en efectivo… excepto por los electrodomésticos, que no serían fáciles de sacar en absoluto silencio, no había nada que pudiesen codiciar…
Caminó hacia una silla donde tenía su bata y se cubrió con ella. No tenía nada que le sirviera como arma y poder defenderse, pero algo tenía que hacer. Buscó su teléfono móvil y marcó el novecientos once. Bajo la r*****a de su puerta, pudo ver luces como de linternas, y cerró sus ojos evitando llorar de pánico.
—Alguien ha entrado en mi casa —susurró Tess cuando le contestaron del servicio de emergencias, y a continuación dio su dirección—. Por favor, estoy sola con tres niños, manden la ayuda… por favor… —se cubrió la boca ahogando un grito cuando sintió un ruido más fuerte, cristales rotos. Abrió ligeramente la puerta, pero desde allí no podía ver nada, así que se armó con un pequeño candelabro de decoración, pero que al ser de hierro forjado bien servía para su nuevo propósito, y salió despacio hacia su pequeña sala. Sí había hombres entrando furtivamente en su casa. Eran cuatro, logró contar… pero uno se peleaba con los otros tres.
Estaban rompiendo todo. Uno de los hombres salió disparado hacia la pared, logrando romperla un poco, y Tess se dio cuenta de que estaba inconsciente. ¿Estaría muerto?
¿Por qué se estaban peleando? Hasta ahora habían sido muy silenciosos, ¿no se suponía que los ladrones debían actuar con sigilo? Ahora, Tess no sabía qué hacer. Seguía teniendo al servicio de emergencias en el teléfono, y les relató lo que veía.
Y entonces se escuchó un disparo. Tess gritó agachándose, pero luego, se hizo el silencio.
—¿Estás bien? —preguntó alguien corriendo hacia ella—. ¿Te hirieron? ¡Tess, por favor, contéstame! —Tess levantó la mirada. Reconocía esa voz, sí… la reconocía, pero no… No podía ser—. ¿Estás herida? —volvió a preguntar el hombre, pero cuando intentó tocarla, ella lo atacó violentamente con el candelabro de hierro que tenía en la mano dándole justo en la cabeza.
El que le hablaba cayó al suelo, deteniendo la sangre que le había empezado a salir con su mano, y Tess corrió a su habitación para tomar a su hija, y luego a la de los niños para despertarlos.
Al fin, y luego de lo que le pareció una eternidad, se escucharon las sirenas de la policía al acercarse. Un oficial de policía entró identificándose y el otro encendió las luces. Tess salió furtivamente de las habitaciones con Nicolle aún dormida en sus brazos, y pudo ver que los oficiales se encargaban de los hombres, todos inconscientes y en el suelo; uno de ellos herido de bala.
Todos estaban inconscientes menos uno, el que ella había atacado. Ahora que las luces estaban encendidas, pudo verlo bien, y comprobar lo que antes había sido sólo una ocurrencia suya.
—Tess, diles que no tengo nada que ver con esto —le pidió August Warden, su futuro ex esposo, mirándola con ansiedad mientras los oficiales lo esposaban—. Soy tu esposo, diles—. No, pensó Tess, estaba muy cerca de dejar de serlo. Los abogados de Raphael eran muy buenos, y el divorcio estaba casi completado—. Tess…
—¿Es cierto lo que dice? —preguntó uno de los oficiales—. ¿Este hombre es su esposo? —Tess apretó los dientes. Había vuelto. Su pesadilla se había convertido en realidad y August había vuelto. Su regreso no se parecía en nada a aquel sueño, pensó, y él mismo estaba muy diferente ahora.
—Nunca lo había visto en mi vida —les dijo a los oficiales.
—Oh, cielos —se quejó August, y el oficial lo empujó hacia la patrulla, junto a los otros.
Una ambulancia se detuvo frente a su casa para llevarse al herido de bala, algunos vecinos se habían despertado por el ruido, y también los niños, que se sujetaban a ella llorando, sobre todo Nicolle, que había sido despertada abruptamente y ahora berreaba con ganas.
El proceso fue algo largo. Tuvo que hacer una lista de los daños en su casa para cuestiones del seguro, comprobar que no se hubiesen llevado nada, y más papeleo, pero tuvieron consideración de los niños y la dejaron en paz, pidiéndole que se acercara a la comisaría tan pronto como pudiera para hacer una declaración y llevar a los ladrones a juicio. Al parecer, eran una banda que llevaban buscando hacía un tiempo, y que hasta el momento, no habían podido capturar.
—Uno de ellos insiste con que es su esposo —le dijo el oficial cuando pudo dejar a los niños en casa de Heather y hacer su declaración al día siguiente. Ella hubiese querido acompañarla, pero hacía muy poco había dado a luz. En su lugar, Raphael estaba con ella—. Hemos verificado su identidad, y ciertamente…
—Estamos en proceso de divorcio —dijo Tess. El oficial la miró fijamente.
—¿Sospecha que él haya tenido algo que ver con el intento de robo? —Tess tuvo que negarlo. Sólo había sido casualidad que él regresara a casa justo cuando la estaban robando. Ella misma lo había visto pelear con los matones.
—No—. El oficial suspiró, percibiendo más de lo que ella decía.
—Señora, ¿comprende que no debe usar la justicia para sus asuntos personales? Si quiere castigar a su esposo por la razón que sea…
—Nos ocuparemos de eso —dijo Raphael interrumpiendo al oficial—. Créame, ese hombre se merece una noche en una celda por más de un motivo—. El oficial sacudió su cabeza y se alejó, dando la orden de liberar a August Warden, que seguramente había pasado una noche de perros en la celda.
Según su testimonio, él había luchado contra los tres hombres, dando golpes certeros que los fueron dejando fuera de combate uno a uno; pero no contaba con que el último tuviese un arma de fuego, y éste se había disparado en el forcejeo, con la mala suerte de herir a su dueño.
Y debía ser cierto, porque así lo mostraba la evidencia.
Tess se quedó allí, ante el escritorio del oficial que le describía la situación, cruzada de brazos. No había podido dormir el resto de la noche, y ahora tenía unas ojeras como un mapache, el cabello hecho un desastre y mucho enojo acumulado tratando de explotar.
Había vuelto. El maldito cabrón había vuelto. Y como si nada.
—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó, y Raphael la escuchó. Le puso una mano en el hombro apretándolo con suavidad.
—No tienes por qué hacer nada, Tess. El divorcio seguirá adelante en cuanto tú te mantengas.
—¿Debería escucharlo, siquiera? ¿Debería… dejarlo hablar?
—Tess, no puedo decirte qué hacer o qué no, pero si querías un buen momento para sacar toda la mierda afuera, este es el ideal—. Tess sonrió. Sí, eso era verdad.
Se quedó allí y al fin lo vio de nuevo. Tenía una camisa a cuadros vieja, un suéter debajo y un abrigo barato encima. Jeans desgastados y botas de obrero. Él no lo había pasado bien últimamente. Tenía la barba crecida, aunque el cabello rubio bien recortado, y sus ojos azules se clavaron en ella de una manera extraña, con una luz que jamás le vio.
Toda la mierda afuera, se dijo, y apretó sus dientes. Ya no tenía poder sobre ella, ya no le removía ningún sentimiento. Verlo allí era simplemente como ver… un desconocido.
Y Tess al fin lo comprendió, al fin lo pudo ver. No necesitaba respuestas, no necesitaba excusas; esas las había necesitado la mujer insegura y herida que una vez fue, y ya no era más esa Tess asustada del futuro, con sensación de soledad, o abandono.
Una mujer que se ama a sí misma no necesita de las excusas ni las razones de un idiota que la abandonó, simplemente se rearma a sí misma y sigue adelante con su vida.
Sonrió, porque esta verdad la llevó a otra: Se había muerto su amor por August Warden.