Capitulo 4: Jugando con el diablo
Caminé alrededor de 3 horas enteras por todos lados buscando una chaqueta del tono de la que perdí y la camisa, todas eran exageradamente costosas, pero encontré otras de menos calidad a un precio mucho más racional que no me dejaría en bancarrota.
Maldita sea, pero este hombre debía de nadar en dinero si compraba cosas de esa calidad.
Le quité las etiquetas de compra y las etiquetas cosidas al cuello de la camisa donde mostraba la marca del diseñador para que Cristian no se diera cuenta.
Realmente, esperaba que no se diera cuenta de esto.
Lo dejé en la bolso larga que parecía de tintorería con la que me lo vendieron para que no se arrugara, de esa forma se vería más creíble cuando se lo llevara.
Realmente esperaba tener muchísima suerte para que no se diera cuenta.
Me detuve a mitad de la calle, la brisa fría traspasando mi piel, pero no sabía a donde ir a ahora, tenía que buscarlo. Saqué el papel que él me había dado para que lo contactara, marqué su número y lo llamé esperando, y escuchando que repicaba pero que no contestaba, fruncí los labios, cuando colgó.
Que raro.
Volví a llamar, pero volvió a colgar.
Uhm.
De repente me llegó un mensaje, para mi alivio era Cristian, lo abrí y leí que decía:
Cristian: No puedo atender estoy en una reunión, ¿quién eres?
Oh, la reunión por la que iba después del avión, no lo recordaba.
Me apresuré a contestarle:
Mica: Soy la mujer del aeropuerto, tengo tu ropa lista.
No tardó nada en responder:
Cristian: Pulguita.
Giré los ojos, ahora recordaba que me había llamado así.
Mica: Mi nombre es Micaela, tengo tus trajes.
De repente recibí una dirección de google maps que Cristian me había enviado, era una dirección en tiempo real.
Cristian: Aquí estoy, me avisas cuando estés afuera.
Me quedé en blanco, eso quedaba en el otro extremo de la ciudad, iba a llegar muy tarde, además de que estaba muy cansada como para agarrar el metro a unas calles, sin contar que un taxi me dejaría en quiebra.
Le escribí:
Mica: Queda muy lejos.
Me respondió casi enseguida.
Cristian: ¿No tienes auto?
Otra razón para que me dijera pobre, pero era la realidad, no tenía auto.
Mica: No.
Él me respondió:
Cristian: Mándame tu dirección, te mando a buscar.
Oh.
Bueno, eso no me lo esperaba.
Se la mandé y escribió:
Cristian: Dame 10 minutos.
No parecía mucho tiempo.
Me quedé esperando los 10 minutos ahí parada con la enorme bolsa con su ropa, después pensé en que estaba demasiado cansada como para seguir esperando aquí y el frio empezaba a congelarme la nariz, así que solo iba a irme cuando una deslumbrante camioneta derrapó por mi lado y bajaron el vidrio.
—¿Señorita Micaela? —preguntó el conductor era un hombre de rasgos duros y traje elegante.
—Sí. —dije algo asustada de que me pudiera robar aunque creo que lo único que me podía robar era la ropa barata.
—Vengo de parte del señor Cristian Ferrari. —dijo.
—Uhm, sí. —dije, mis mejillas se sonrojaron sin saber por qué y mi corazón se aceleró mucho.
—Suba. —me indicó el conductor.
Había cumplido, me había mandado a buscar.
Subí algo temerosa, la camioneta era de lujo y olía exquisitamente bien.
—¿A donde me lleva? —pregunté.
—A la empresa Lion light donde el señor Cristian la espera. —dijo.
Relamí mis labios sintiendo cierta ansiedad y emoción al escuchar que Cristian estaba esperándome.
Calma Mica, por Dios, se supone que solo es un intercambio, nada más.
—Puedo mandarle la ropa con usted —propuse— y así me deja en mi casa.
De esa forma solo me mandaría mi collar y yo su ropa, ya no tendríamos que vernos o involucrarnos.
Sentía que me estaba metiendo en un terreno peligroso con Cristian Ferrari sin saber por qué.
—Lo siento —dijo—, pero el señor Cristian me dio órdenes de traerla.
Oh.
Entonces quería verme.
—Vale, vale. —dije, tampoco quería darle el traje y que no me diera mi collar.
El conductor me dejó frente a la oficina y alguien me abrió la puerta ayudándome a bajar, era otro hombre de traje.
—Sígame señorita Micaela. —dijo él.
Lo seguí sin replicar entrando al edificio subiendo al ascensor y entramos a la oficina que decía Ferrari, me abrieron y entré, ahí en el escritorio estaba Cristian Ferrari, sus ojos azules observándome con fijeza, casi traspasándome a la distancia, me sentí por medio segundo intimidada y completamente fuera de mí, como si el ambiente en la habitación cambió cuando nos volvimos a ver, la tensión carnal agravándose entre los dos.
El señor que me guió hasta acá cerró la puerta a mis espaldas dejándonos completamente solos, el silencio de la oficina siendo solo el eco del sonido del reloj pegado de la pared mientras se movían las manecillas del reloj.
Cristian estiró la comisura de sus labios pareciendo completamente atrayente cuando dijo:
—Hola Pulguita.
Temblé sin saber por qué me sentía que había caído en la zona de un león que estaba a punto de devorarme.