CAPÍTULO TREINTA Ruperto esperaba en los aposentos de su madre, con las manos sudorosas y moviendo los dedos de forma inquieta sobre el cinturón de su espada mientras estaba allí. Nunca antes se había sentido de esa forma. Oh, muchas veces se había sentido furioso, nervioso e incómodo, pero nunca había sentido esta especie de baja autoestima, nunca se había quedado preguntándose si estaba a punto de hacer lo correcto. Por otro lado, nunca antes había estado a punto de matar a su madre. —Tienes que hacerlo —dijo—. Tienes que hacerlo. —¿Qué es lo que tienes que hacer, Ruperto? —exigió su madre, entrando con pasos precisos. Sus guardias cerraron la puerta tras ella. Estaba claro que quería regañarle sin tener que guardar todo el decoro de una reina—. ¿Qué estás haciendo aquí? —¿No puedo
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