Becca se encontraba de pie junto a la reja de la pequeña ventana en su habitación, luchando con todas sus fuerzas para abrirla, aunque sabía que estaba abocada a una tarea completamente inútil. Lo que antes era simplemente un ventiluz ahora se había transformado en una pequeña ventana gracias a las gestiones de su amante, su adorada Blanca. Sin embargo, en lugar de sentirse agradecida, Becca se sentía frustrada y atrapada sin salida en aquel mundo hedonista al cual la sumergió el misterioso Gregory. Ese maldito hombre que la confundía, la enfurecía pero al mismo tiempo de algún modo retorcido la atraía… a veces se preguntaba si no estaba enloqueciendo o si simplemente tenía síndrome de Estocolmo. Desesperada, incapaz de soportar la opresión que sentía en su pecho, Becca -con los brazos

