Durante la estadía de Roberto en Madrid, éste experimentaba lo que era amar pero no se sentía amado. Extrañaba la cotidianidad de su hogar, de los gestos dulces de Carla, de sentir seguridad, de refugiarse en el laboratorio y aventuras de una noche. Rosa era completamente distinta. Una mujer vanidosa, odiaba ser el prototipo de ama de casa que quería Roberto y esto llevaba a discusiones diarias que terminaban solucionándose con rondas de sexo brutas y agotadoras. Ya no sentía ese deseo de hacer el amor como la primera noche que se reencontraron. Ahora era únicamente una necesidad fisiológica. Sexo para satisfacer los deseos carnales de ambos. En uno de estos encuentros feroces, Roberto gritó el nombre de Carla al c******e dentro de Rosa. El ego de Rosa no le permitió seguir teniendo

