-Entonces no se hable más, está totalmente invitado, padre - dijo el sacristán con una sonrisa - Prepararé al coro para que alegren el evento con unas cuantas canciones de Nuestro Señor que atraigan la atención de la gente. -Suena muy bien - felicitó Mónaco. -Padre - él miró hacia la puerta luego de quitarse la sotana. Su secretaria estaba ahí, de pie con los ojos puestos en él - ¿Tiene un momento? -De hecho, estamos en medio de algo aquí - dijo Mónaco como excusa. -No, padre, si es algo importante no puede dejarlo de lado - dijo el Sacristán avergonzado y el Diácono lo secundó. -Así es, vaya, padre, esto podemos hablarlo después. Un resignado Mónaco suspiró. -Está bien, nos vemos después. Permiso - dijo despidiéndose con amargura al saber que estar a solas con Ceci no era lo más i

