21 ―Venga, Precioso. Puedes hacerme compañía mientras los hombres hablan ―lo llamó Ariel, acercándose a las paredes que brillaban para examinarlas de cerca. Precioso adoptó la forma de una gran criatura dorada que parecía parte león y parte cabra montañesa. Ariel volvió a mirarlo. «Bueno, puede», pensó con una sacudida de cabeza. A veces le resultaba imposible distinguir qué forma había decidido adquirir el simbiótico dorado. Era como la caja de sorpresas de Darwin, pero una en la que todas las piezas eran pedazos de ADN mezclados en sus porciones más pequeñas. Ariel extendió los dedos para rozar la suave superficie, disfrutando de la calidez que se extendió por ella ante el contacto. ―Yo también te quiero. Se adentraron un poco más en la gran cueva. No tenía que preocuparse por no ve

