El vestido de Catrina cayó sobre el suelo con un suspiro, como una hoja rendida al viento. Ella temblaba, no de miedo, sino de la certeza que le gritaba que nada volvería a ser igual después de esa noche. Sus manos titubearon al recorrer la camisa de Raed, intentando desabotonarla, pero él la detuvo. Tomó sus muñecas con fuerza, sus dedos de acero atrapando la piel, y las pegó contra la pared fría.
—No —murmuró él, su voz ronca, sus ojos oscuros clavados en los de ella—. Esta vez mando yo.
El calor le subió a las mejillas. Nadie, en sus veintiocho años de vida, la había mirado con tanta hambre. Raed no buscaba ternura; no era un amante. Era un Juez, y buscaba verdad. Sus labios descendieron por su cuello, trazando una línea ardiente hasta el inicio de sus pechos. Catrina soltó un gemido ahogado, como si aquella caricia fuera demasiado intensa para soportarla.
Él la alzó en brazos con la facilidad de quien carga un tesoro, y la llevó hasta la cama. Catrina se aferró a sus hombros, temiendo caer en ese abismo que él abría con cada beso, pero a la vez deseando con todo su ser hundirse más. Raed no era un amante apresurado; era un juez dictando sentencia con cada roce. Recorrió su cuerpo con una paciencia cruel, disfrutando de cada estremecimiento, de cada respiración cortada.
Cuando finalmente se fundió en ella, Catrina ahogó un grito, descubriendo lo que era tener a un hombre que la deseaba con el hambre de una bestia. Raed la tomó con fuerza, marcando su ritmo, y ella sintió que el mundo entero se borraba. Su mente, su pasado, todo desapareció; solo existía el fuego de ese hombre que la reclamaba como suya. Cada embestida era un golpe de verdad, cada suspiro un recordatorio de que ya no había vuelta atrás.
—Mírame —ordenó él, sujetándole el rostro con una mano.
Catrina obedeció, y en esa mirada encontró algo que no esperaba. No solo deseo, sino una necesidad desesperada, como si Raed también estuviera a punto de romperse. Esa mezcla de hambre y vulnerabilidad la derrumbó. Se rindió completamente, entregándose a él con el cuerpo, con la voz, con el alma. El clímax llegó como una tormenta, arrasando con los dos. Raed la sostuvo con fuerza, como si temiera que desapareciera, y ella se aferró a su espalda, sintiendo que por primera vez en la vida no estaba incompleta.
Cuando todo acabó, Catrina quedó sobre el pecho de Raed, escuchando el retumbar de su corazón. Sus labios aún temblaban, pero en su rostro había una sonrisa secreta, la de una mujer que acababa de conocer su verdadero despertar. Raed la besó en la frente.
—Ahora entiendes… eres mía —murmuró, sin suavizar su voz.
Ella cerró los ojos, sin fuerzas para responder, pero con el alma latiendo de acuerdo a ese nuevo destino. La dosis de caricias y gemidos se repitió hasta que Catrina, rendida, cayó en un sueño profundo.
Al amanecer, apenas los primeros rayos del sol atravesaban la ventana, sintió unas manos fuertes recorriendo su cuerpo, pellizcando sus pechos con una familiaridad que la estremeció. Se estremeció y abrió los ojos de golpe. El recuerdo de la noche anterior la golpeó como un rayo.
—¡Maldita sea, Richter! ¿Qué haces aquí todavía? —susurró con rabia contenida, intentando levantarse.
Pero Raed la atrapó bajo su cuerpo con la fuerza de un cazador y le cubrió la boca con la mano. Su peso era un recordatorio físico de que ella no podía escapar de él.
—No hagas ruido —ordenó, susurrando junto a su oído, el aliento caliente en su piel helada—. Florinda ha pasado frente a tu puerta tres veces. No cree que estés completamente sola,
Catrina abrió los ojos aún más, aterrorizada por el peligro. Él, entonces, retiró lentamente su mano, dándole espacio para hablar.
—Estás loco, Raed… —dijo con voz entrecortada—. ¿Por qué no te fuiste? Mi padre no puede enterarse… nadie debe enterarse, ¿lo entiendes? Me meterás en un problema enorme.
Raed sonrió, inclinándose sobre ella. Dejó caer dulces besos en su rostro todavía marcado por el sueño, por la confusión y por la rabia. Era la primera vez que la veía sin máscaras: con sus gestos genuinos, sus ceños fruncidos y su sonrisa distraída, como una mujer que aún no sabe cuánto ha cambiado.
—Cálmate… —dijo con una calma peligrosa que la hizo temblar—. Nadie se enterará. Solo esperaré escondido hasta que no haya moros en la costa, y entonces me iré sin ser visto.
Sus manos, sin embargo, no esperaron. Volvieron a recorrerla, a buscar con una precisión animal esos lugares secretos que arrancaban jadeos de sus labios.
—Nadie puede enterarse, Raed… —suplicó Catrina, atrapada entre el deseo y el miedo—. Es lo único que te pido.
Pero él, altivo y dueño de sí mismo, se inclinó hasta quedar a milímetros de su boca. Raed no temía a nadie. No le importaba que el mundo lo supiera; lo único que lo detenía era Celine, su hermana, a quien no deseaba herir. Pero allí estaba, entre las piernas de la hija de Volkanosky, su propio cuñado. No había tocado a su hermana, y sin embargo, él ya se había deleitado con el cuerpo de la hija.
—Como te dije anoche… —murmuró con voz ronca—. Si quieres esconderte, nos esconderemos. Pero ahora me perteneces. Me llamarás, y yo te llamaré. Y cada vez que quiera verte, vendrás. Porque si no lo haces, yo vendré por ti… y te castigaré.
Las palabras del Juez se mezclaron con los gemidos contenidos de Catrina, pues sus manos ya la reclamaban de nuevo, grabando en su piel aquellas líneas invisibles que se habían vuelto su condena. El fuego que lo consumía desde hacía más de un mes se derramó otra vez sobre ella, marcándola como suya, sin remedio.
El Juez, literalmente en contra de la voluntad de Catrina, se quedó todo el día y parte de la noche escondido en su habitación. Para ella, el tiempo se estiró en una burbuja irreal. Apenas y él hablaba, su presencia era un peso silencioso, una sombra que la seguía, siempre acariciándola, tocándola. Él la miraba mientras se vestía, sus ojos dos puntos de control, su mano una constante sobre su piel, su hombro o su cabello.
En un momento, la urgencia de la vida real la obligó a bajar. Catrina se vistió con algo holgado y bajó a la cocina para buscar comida. Florinda la vio, la examinó con esa mirada de madre que todo lo sabe y nada dice.
—¿Estás bien, mi niña? Luces… extraña. Como si guardaras un secreto.
Catrina desvió la mirada, el rubor le subió a las mejillas. Se sirvió un plato para ella y otro extra, llenando un vaso de leche de más.
—Estoy bien, Florinda. Solo cansada —mintió con una sonrisa.
Florinda no insistió. Vio a Catrina regresar con dos bandejas y el vaso, pero como su "niña" últimamente estaba como triste o enojada por la vida que llevaba, no quiso molestarla. La dejó hacer. Lo que Florinda no sabía era que arriba, en la penumbra de la habitación de su protegida, estaba Raed, esperando como una piraña a Catrina.
Todo fue como un sueño para ella. Aquella noche, después de que comieran en silencio, Raed la tomó de nuevo, con la misma fuerza, con la misma necesidad. Y ese día, el Juez, a pesar de su cara de alemán amargado y su semblante frío, la había hecho sentir deseada hasta el último minuto, hasta que en la madrugada se fue de la casa sin que ella se diera cuenta, ya que ella ya dormía.
Al despertar en la mañana, la cama se sentía fría y vacía. Catrina parpadeó, el sueño se disipó y una oleada de preguntas la asaltó. ¿Se había ido? ¿Había sido todo un sueño? Se sintió ridícula. Se sentó en la cama, el peso de lo ocurrido cayendo sobre ella, y sintió un pequeño objeto en las sábanas. Era un pañuelo de seda, n***o, con las iniciales R.R. bordadas. El pañuelo del Juez.
Una nota doblada yacía sobre él. Con manos temblorosas, la abrió. En una caligrafía impecable, solo había una frase:
"Llámame al mediodía".
Debajo, un número de teléfono.
Catrina, en ese momento, se sintió feliz. Una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, se dibujó en su rostro. Era una niña que tenía un novio a escondidas, un secreto. Un secreto que tal vez fuera peligroso, sí, pero el peligro de Raed, el Juez, ahora era una droga que la hacía temblar de anticipación.
La sensación de estar atrapada en algo que no podía controlar se apoderó de Catrina. Era un veneno dulce, una condena que, sin embargo, le resultaba irresistible. Se miró al espejo. La mujer que la noche anterior había sido una bestia indómita, hoy era una sombra que caminaba en círculos, esperando una señal. El recuerdo del pañuelo en su almohada y el número en el papel la obligaban a una obediencia que nunca antes había conocido.
A la hora del desayuno, Florinda la observó con esa mirada de madre que todo lo descubre. El silencio de Catrina no engañaba a la mujer.
—Estás distinta, niña. Como si hubieras peleado con tus demonios y ganado... o perdido.
Catrina sonrió forzada y bebió el café sin responder. Sabía que si hablaba, la mentira se le notaría en la voz. Su cuerpo ardía, su mente estaba en un lugar, no muy lejano, en su habitación con un alemán despiadado.
El reloj avanzaba, y el mediodía se acercaba con un peso que la sofocaba. Cada campanada mental era un recordatorio: "Llámame al mediodía". Un eco de su voz, fría y autoritaria. La urgencia la consumía. Se sintió como una adolescente con un castigo, y por un momento, se odió.
Cuando por fin la casa quedó en un silencio sepulcral, Catrina tomó el teléfono fijo. Sus manos temblaban como si fuese una adolescente marcando a escondidas. Marcó el número, cada dígito era un golpe a su orgullo. El tono de llamada retumbó en su pecho hasta que una voz grave y cortante contestó.
—Pensé que no llamarías.
El sonido de su voz la golpeó con una fuerza que la dejó sin aliento. Era el mismo tono de la noche, el mismo que le había dictado su castigo.
—No sé por qué lo hice… —susurró ella, su voz apenas audible.
Raed rió bajo, con esa risa que parecía una amenaza envuelta en seda. Podía sentir su sonrisa, el poder en su voz, incluso a través del teléfono.
—Lo hiciste porque ya eres mía, serpiente. Porque aunque intentes negarlo, me vas a necesitar.
Catrina cerró los ojos, apretando el auricular contra su mejilla. En ese momento, en esa llamada a escondidas, entendió la verdad. El Juez no le pedía permiso: él la reclamaba, la poseía con palabras que sabían a sentencia. Él no era una opción, era un destino. Y lo peor —o lo mejor— era que ella no quería escapar. Había encontrado en su prisión un deseo tan grande, tan real, que el miedo había sido reemplazado por la promesa del placer.