La Joya Escondida

2263 Palabras
La madrugada llegó y con ella la borrachera de Catrina. Con una copa aún en la mano, se levantó del salón y comenzó a caminar con paso errático, como si buscara a alguien. Raed, que no le quitaba la vista de encima, la siguió con discreción hasta los pasillos oscuros de la mansión. Fue entonces cuando la vio detenerse. Flavio estaba acorralado en un rincón con otra mujer, pero la presencia de Catrina cambió todo en segundos. Sin pensarlo dos veces, le vació el vino directamente en el rostro. —Me voy a revolcar con quien yo quiera —disparó con voz firme, como balas saliendo de un cañón—. Y desde hoy dejaré mis puertas sin seguro, para que vayas a cortarme el cuello… y después veremos cómo actuará mi padre. Las palabras resonaron como un reto imposible de ignorar. Flavio, rojo de rabia y alcohol, alzó la mano dispuesto a abofetearla —no sería la primera vez—, pero el golpe jamás llegó. Raed lo detuvo a mitad del movimiento, sujetándole la muñeca con tal fuerza que el francés apenas pudo respirar. —¿Qué crees que estás haciendo, idiota? —escupió Raed, su voz helada—. Voy a cortarte ese brazo si lo vuelves a alzar contra ella. Catrina, tambaleante, no se quedó callada. Giró la cabeza hacia ambos y lanzó, con una sonrisa cargada de desafío: —Anda, golpéame frente a mi amante, a ver cómo te va… Porque si con este alemán me acuesto, allá te espero con tu cuchillo de Rambo. Dicho eso, dio media vuelta y se marchó con la misma elegancia desordenada de su borrachera, dejándolos solos en medio del pasillo. Raed apretó más fuerte el brazo de Flavio antes de soltarlo, y sus palabras fueron tan frías que parecían dictadas por un verdugo: —No vuelvas a acercarte a ella. Y ni se te ocurra repetir lo que se dijo aquí. Si lo haces, yo mismo me encargaré de que Can te eche a los perros. ¿O qué crees que pensará al saber que intimidas a su hija, el mayor tesoro de un ruso? Cuidado, francés… estás muy lejos de tu país del amor. Flavio no contestó. La sonrisa cruel que se dibujó en los labios de Raed lo paralizó más que cualquier amenaza. No podía creer lo que había ocurrido. Catrina se había atrevido a decir lo impensable. Años había vivido bajo las amenazas de “mataré a tu familia, te eliminaré mientras duermes”. Y hasta esa noche, el miedo la había mantenido atada. Pero ella se había rebelado. Y esa rebeldía lo cambió todo. Raed regresó al salón con el gesto endurecido, y entre las luces doradas y el murmullo de la fiesta volvió a verla: Catrina, copa en mano, tambaleándose hacia la salida. El alemán no dudó un segundo. Buscó a su hermana con la vista y la encontró junto a un grupo de invitados. —Cariño, estoy cansado… ¿quieres quedarte? —le dijo en voz baja. Celine asintió con dulzura, y Raed besó su mejilla antes de girar sobre sus pasos. Lo que realmente deseaba estaba afuera. Y allí estaba: recostada contra el auto de él, copa en una mano, cigarrillo en la otra, una sonrisa torcida y peligrosa dibujada en los labios. —Sabía que vendrías a ponerlo en su lugar —soltó con ironía, dejando escapar una risita—. Maldito Flavio no me deja en paz… y todavía no decido si mandarlo a eliminar. Aunque, claro, eso me haría parecer una ex esposa rencorosa. Raed le arrebató el cigarro con gesto áspero. No soportaba ver a una mujer fumar; un impulso casi instintivo, quizá machista, pero imposible de contener en él. —¿Por qué le dijiste eso? ¿Estás loca? Podría repetir cada palabra frente a tu padre. —¿Y qué le diría? —Catrina arqueó una ceja, recuperando el cigarro con descaro—. “Tengo aterrada a tu hija para que no se busque un amante”. Ja. Que lo intente… primero tendría que colarse en mi casa y cumplir. Raed se apoyó en el auto a su lado, la sangre ardiendo con una mezcla de ira y deseo. —Entonces cuélate tú antes en su casa y mátalo. O, al menos, dale un susto de muerte… uno tan humillante que jamás vuelva a atreverse a subestimarte. Ella sonrió, aspiró el humo y lo sopló en dirección al alemán antes de acercarle el cigarro de nuevo. Los labios de Raed rozaron el filtro y, de paso, los suyos. Apenas un roce, apenas un destello de todo lo que callaban. —Eres un excelente demonio de maldad… —murmuró ella con voz arrastrada por el alcohol—. Juntos podríamos hacer temblar no solo a Flavio, quizá hasta al mundo. Acabó su trago de un solo golpe. Y en ese instante, Flavio apareció entre los pasillos exteriores con dos de sus hombres. La risa de Catrina estalló como dinamita: —¡Flavio, allá te espero! El francés la fulminó con una mirada cargada de desprecio. Raed, en cambio, respondió con otra tan oscura y asesina que bastó para helar el aire. Antes de que ella soltara otra provocación, le cubrió la boca con la mano. —Calla, mujer. —Su voz era un filo contenido—. Ven… te llevaré a tu casa. Ella no resistió. Se dejó guiar, tambaleante, y subió al auto. Minutos después, la carretera los envolvía en la oscuridad, solos, con el olor a vino, humo y deseo suspendido entre los dos. El rugido del motor rompía el silencio de la madrugada. Catrina se acomodó en el asiento del copiloto, dejando la copa vacía en el suelo del auto, y sacó medio cuerpo por la ventanilla, dejando que el viento despeinara su cabello. —Eres demasiado correcto para mí, Raed… —murmuró con voz pastosa por el alcohol—. Te indignas si fumo, te escandalizas si provoco… ¿qué crees que en realidad hará Flavio cuando me vea con otro hombre en mi cama? Raed apretó el volante, los nudillos blancos de la tensión. —No bromees con eso. —¿Y si no es broma? —soltó ella, girándose hacia él con esa sonrisa peligrosa que parecía un desafío—. ¿Y si lo hago solo para ver cómo reacciona? El alemán frenó de golpe en medio de la carretera desierta. El chirrido de las llantas se mezcló con la risa quebrada de Catrina. Raed giró hacia ella, los ojos encendidos de furia y deseo. —No juegues conmigo. —Su voz era baja, casi un gruñido—. No tienes idea de lo que soy capaz de hacer si alguien más se atreve a tocarte. Ella lo miró con descaro, acercándose, dejando que el olor a vino y humo lo envolviera. —¿Y tú qué harías, juez implacable? ¿Me encadenarías a tu cama? ¿Me dispararías en la frente? La respiración de Raed se aceleró. Su mano subió a la nuca de ella con fuerza, obligándola a mirarlo. —Te callaría con mi boca antes de que vuelvas a retarme. El silencio fue un cuchillo entre ambos, hasta que Catrina arqueó una sonrisa y se inclinó sobre él. —Hazlo entonces… Y los labios de ambos se encontraron en un choque salvaje, más cerca de una batalla que de un beso. Ella sabía a vino y fuego; él a furia contenida. El auto se convirtió en un campo de guerra donde los dos probaban hasta dónde podía llegar el otro sin romperse. Cuando se apartaron, Catrina tenía los labios manchados de carmín y la respiración entrecortada. —Sabía que vendrías por mí —susurró con una risa ronca—. Y sabía que no ibas a resistirme. Raed encendió de nuevo el motor, los ojos clavados en el camino, pero la mandíbula tensa. —No es resistencia lo que me falta, Catrina. Es paciencia. Y a ti se te está acabando la suerte. Para cuando llegaron al edificio donde se encontraba el apartamento de Catrina, la furia de Raed se había calmado, reemplazada por una quietud extraña. Catrina venía literalmente dormida bajo los efectos del alcohol, con la cabeza ladeada sobre el asiento. Raed la miró de reojo y sonrió con una ternura que no solía permitirse; en ese instante, le costaba creer que aquella mujer, la misma que todos temían por su carácter frío y distante, fuera tan indefensa. Estacionó su auto frente a la entrada. Bajó con calma y la cargó entre sus brazos como quien sostiene una joya frágil. La cabeza de Catrina descansó en su hombro y un mechón de su cabello oscuro se deslizó hasta rozarle la mandíbula. Raed no pudo evitar aspirar ese aroma dulce, una mezcla de perfume, licor y algo inconfundiblemente suyo. Cuando cruzó el vestíbulo, el recepcionista lo miró con los ojos muy abiertos, incapaz de disimular su asombro. No era usual ver a la señorita Volkanosky acompañada, y mucho menos en brazos de un hombre desconocido. —Buenas noches, señor… ¿Le pasa algo a la señorita? —preguntó, la desconfianza tiñendo su voz. Raed le sostuvo la mirada con una seriedad férrea. —Necesito subirla a su habitación. No tiene nada grave, solo está cansada. Imagino que alguien la espera allá arriba. En el fondo, esperaba que el hombre mencionara algún nombre masculino, un amante oculto. Pero el recepcionista simplemente asintió. —Sí, allá debe estar Florinda, la señora que la cuida. Muy pocas veces la señorita sale de casa, así que ella no puede estar lejos. La revelación de que una mujer la cuidaba en la soledad de su apartamento fue un nuevo dato para Raed. El recepcionista lo acompañó en el ascensor, lanzando miradas rápidas de reojo. En cuanto la puerta del apartamento se abrió, apareció Florinda, con expresión alarmada. Apenas reconoció a Raed de la única vez que lo había visto en la mansión. —¡Señor Richter! —exclamó—. ¿Qué le pasa a mi niña? ¿Por qué viene en ese estado? Raed no se detuvo a dar explicaciones. Pasó de largo hacia la habitación, con Catrina aún entre sus brazos. —No tiene nada —respondió, seco—. Solo un poco ebria. Florinda los siguió apresurada, nerviosa. En la habitación, Raed recostó a Catrina sobre la cama. La observó un instante, con la quietud de un cazador analizando a su presa. El lugar estaba impregnado de la esencia de Catrina: bocetos de vestidos, patrones y telas esparcidas en la mesa, un maniquí vestido con un diseño a medio terminar, como un testigo silencioso de la vida que llevaba. Era un lugar tan duro y meticuloso como su dueña, pero con un trasfondo de soledad que lo hizo fruncir el ceño. Raed no recordaba haber cargado a nadie desde los entrenamientos militares en Hamburgo. Y, sin embargo, ahí estaba, con aquella mujer pequeña y ligera en brazos, tambaleándose entre risas torpes y el olor penetrante a licor. Catrina. El simple nombre se le había clavado en la memoria desde el primer día que la vio. Una mezcla de descaro y fuego que contrastaba con la frialdad que él mismo cultivaba. Subirla hasta su habitación había sido un ejercicio de paciencia. En el ascensor, el recepcionista del apartamento no dejaba de observarlo, quizá pensando lo que todos pensarían: el alemán con una amante borracha. Raed apretó la mandíbula, indiferente a la mirada ajena, pero por dentro se revolvía algo más complejo: rabia, incomodidad… y un calor inesperado. Cuando, la cubrió en la cama he intentó acomodarle la almohada con la delicadeza que no parecía natural en él. Iba a darse la vuelta de inmediato, pero entonces ocurrió. Catrina lo tomó del cuello con una fuerza sorprendente para alguien tan ebria. Sus labios buscaron los suyos sin aviso, y él se quedó quieto, congelado entre dos impulsos: apartarla o ceder. Fue un beso torpe, húmedo, con el sabor amargo del alcohol, pero con una pasión que desarmaba. Raed no la correspondió, aunque tampoco la detuvo de inmediato. Solo la sostuvo por los hombros y, tras unos segundos que parecieron eternos, se separó con frialdad. —Basta —dijo en voz baja, seca, en un castellano cargado de acento. Los ojos de Catrina, vidriosos, intentaron enfocarlo. Una sonrisa atrevida se le escapó antes de caer de nuevo sobre la almohada, rendida. Raed permaneció unos segundos de pie junto a la cama, mirándola respirar con el cabello suelto en desorden, la piel sonrojada, la boca húmeda. No era una mujer cualquiera. Tenía algo que lo irritaba tanto como lo atraía. ¿Qué demonios pretendía esa mujer? ¿Provocarlo? ¿Jugar con él? Se juró que la próxima vez sería más frío aún. No dejaría que lo arrastrara a sus juegos peligrosos. Y, sin embargo, la sensación de sus labios sobre los suyos seguía ahí, clavada, como un recordatorio incómodo de que Catrina Richter podía convertirse en su peor debilidad. Al notar que Florinda seguía allí, expectante, Raed se enderezó. Se pasó una mano por el rostro, intentando borrar la escena, y salió cerrando la puerta tras de sí. —Déjele agua y un analgésico cuando despierte —aconsejó con voz más tranquila, casi paternal. La mujer asintió con un gesto serio y agradecido. Raed se retiró, pero al descender en el ascensor, aún sentía el peso de lo que había visto. La vulnerabilidad de Catrina, su vida solitaria y dedicada, contrastaban con la fachada de dureza que ella mostraba al mundo.
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