Las paredes de la mansión, que alguna vez soñó como un hogar, se habían vuelto una prisión. Los pocos ecos de risa habían sido sustituidos por gritos, reproches y silencios cargados de un veneno que Catrina conocía bien. El veneno de un matrimonio sin amor. La última vez lo descubrió sin margen de dudas. Flavio, con otra mujer en su propia casa, desbordando un descaro que la consumía desde hacía años.
—¿Otra vez? —susurró ella, su voz temblando más de rabia que de dolor. Un dolor que ya se había acostumbrado a esconder en lo más profundo de su ser.
Flavio, con la desfachatez que lo caracterizaba, se levantó de la cama, medio vestido, con una sonrisa arrogante.
—¿Qué esperabas, Catrina? Este matrimonio nunca fue amor. Fue un negocio. Y en los negocios, cada uno busca lo que le satisface.
Ella lo observó fijamente, con los ojos azules brillando de furia. Una furia que por fin encontraba su salida.
—Quizás para ti fue un negocio… para mí fue una condena. Y ya estoy cansada de pagar por tus deudas.
Él rió, acercándose a ella con ese gesto soberbio que tantas veces había usado para intimidarla, convencido de que un simple gesto de dominación la haría retroceder.
—Te guste o no, eres mía. Eres la esposa de Flavio D’Arsène.
Catrina no retrocedió. Se mantuvo firme, erguida, con una serenidad que lo descolocó por completo.
—Nunca lo fui. Y lo que te diré ahora, será la última cosa que escucharás de mí.
La tensión se quebró cuando lo abofeteó con una fuerza que ni él esperaba; el sonido resonó en la habitación como el disparo de un arma. Fue la primera y última vez que lo tocó con violencia. Flavio, humillado, intentó levantar la mano, pero ella lo detuvo con una mirada que lo congeló, una mirada que traía el peso de la muerte de su madre y la dureza de su padre.
—Atrévete, y te juro que no sales vivo de esta casa. El apellido que tanto te enorgullece será un recuerdo.
Esa misma noche, Catrina buscó a su padre. Can la recibió en su despacho, rodeado del humo espeso de un puro y las sombras de la madrugada. No le preguntó qué quería, porque sus ojos ya le daban la respuesta.
—Quiero el divorcio —dijo Catrina sin rodeos, la voz firme, sin lágrimas.
Can la observó en silencio, reconociendo en ella una fuerza que no había visto antes.
—¿Qué pasó ahora? ¿Se cansó el francés de su juguete?
—No se trata de lo que pasó, papá. Se trata de lo que siempre fue: un error. Un hombre sin honor que no merece ni la sombra de este apellido. —Lo miró fijamente, casi suplicando por la libertad que solo él podía darle—. No me pidas que siga en esta farsa.
Lucinda entró en ese instante, con la calma de quien ya lo había visto todo y un brillo de orgullo en los ojos. Se acercó a su nieta y le tomó la mano.
—Can, déjala ir. No condenes a tu hija al mismo destino que yo. Permítele ser libre, al menos a ella.
El silencio se extendió como un manto pesado. Can, por primera vez, vio en su hija no solo el reflejo de la mujer que perdió, sino la fuerza que ella había ocultado. Finalmente, apagó su puro en el cenicero, se recostó en el sillón y asintió con gravedad.
—Está bien. Tendrás tu divorcio. Y si ese francés se atreve a tocarte, me encargaré de que no vuelva a ver la luz del día.
La batalla legal fue sucia, como todo en los bajos mundos. Abogados que eran más mafiosos que jueces, documentos falsificados, amenazas veladas. Flavio, al principio, intentó recuperarla con la desesperación de un hombre que se sabía perdedor.
—Catrina, podemos arreglarlo… —le dijo una noche, interceptándola a la salida de una reunión. Flavio se veía demacrado, con el rastro de un hombre al que el alcohol y la traición habían pasado factura.
Ella lo miró como si fuera un extraño, sin un rastro de emoción.
—Ya no hay nada que arreglar. Lo que se rompe por dentro, Flavio, no se cose con promesas. El fuego que un día hubo en mí, lo apagaste tú. Y con él, perdiste mi corazón.
Y se marchó sin mirar atrás.
Al final, cada uno recibió su parte. Flavio, furioso y vacío, comprendió que había perdido a la única mujer que jamás lo necesitó. Catrina, con apenas veintitrés años, salió de ese infierno con algo más que un divorcio: salió con la certeza de que jamás volvería a aceptar un amor por conveniencia.
Moscú la recibió con un aire distinto. Por primera vez, Catrina caminaba sin cadenas invisibles. El frío de las calles no la intimidaba; era un frío que ahora le pertenecía. Compró un apartamento en el corazón de la ciudad: paredes altas, ventanales amplios, una decoración elegante pero con un toque personal que hablaba de su independencia. Era su refugio, su espacio propio, lejos de las sombras de un matrimonio muerto.
Con Tamara a su lado, su eterna cómplice, inició lo que sería su verdadero imperio: "La Tejedora", una marca exclusiva de ropa de invierno y verano, diseñada para las mujeres más influyentes de la mafia. Su logotipo, una araña tejiendo, simbolizaba exactamente lo que era: paciente, astuta y letal si era necesario.
—¿Sabes por qué lo llamé La Tejedora? —preguntó Catrina una noche, con una copa de vino en la mano, mirando a su tía desde el balcón iluminado.
—Porque tú siempre has tejido tu destino, aunque otros intentaran cortarlo —respondió Tamara, con una sonrisa cómplice.
Catrina rió suavemente.
—Porque quiero que entiendan que no soy una marioneta en su telaraña… soy la que la construye. Y si se meten conmigo, no dudaré en convertirlos en mi alimento.
Los negocios crecieron con rapidez. Desfiles privados, ropa exclusiva para las esposas y amantes de capos poderosos, vestidos que se convirtieron en símbolos de estatus y poder. Catrina caminaba entre ellas como una reina, con la seguridad de quien había sobrevivido a la peor prisión: un matrimonio sin amor.
Las fiestas privadas se volvieron parte de su rutina. Música suave, copas de vino caro, conversaciones con políticos y mafiosos que fingían respetarla pero en realidad la temían. Siempre acompañada por Tamara, siempre observada por los guardaespaldas que Can insistía en imponerle. Pero a diferencia de su pasado, ahora Catrina sentía que esos ojos de halcón no la vigilaban, sino que la protegían.
En su intimidad, sin embargo, Catrina bailaba sola frente al espejo, dejaba caer su cabello cobrizo sobre los hombros y sonreía como si recién estuviera aprendiendo a vivir. En esas noches, con el eco de su risa resonando en las paredes, entendía lo que significaba ser libre: ser dueña de sí misma. Ser, al fin, la jefa de su propia vida.
Tres años después de su divorcio, la vida de Catrina se había vuelto casi perfecta. Tenía su apartamento en el centro de Moscú, su marca “La Tejedora” crecía con una fuerza imparable, y la libertad, la dulce libertad que tanto anheló, era por fin una realidad. Para los demás, era la imagen de una reina intocable: elegante, firme, rodeada de lujos y de la lealtad silenciosa de sus guardaespaldas. Para ella, era también la prueba viviente de que había sobrevivido a su infierno.
Esa tarde, su teléfono sonó. El nombre de su padre apareció en la pantalla. Can rara vez llamaba. Cuando lo hacía, era por costumbre: una cena, una copa de vino, algún regalo costoso para compensar su ausencia. Catrina aceptó, como siempre, sin esperar demasiado.
El encuentro fue en la mansión familiar, un lugar que ahora visitaba con una mezcla de respeto y distancia. Su abuela, Lucinda, ya estaba sentada, recta como una escultura de porcelana, Tamara sonreía con esa chispa que la hacía única, y Can los recibió con un abrazo seco, casi ceremonial.
Al principio, la cena transcurrió con la calma de siempre. Hablaron de banalidades: negocios menores, comentarios de la familia, recuerdos que parecían gastados por el tiempo. Pero la conversación cambió de golpe.
—Quiero que lo sepan de mí mismo —dijo Can, dejando el tenedor sobre el plato con un sonido abrupto—. He conocido a una mujer. Se llama Celine. Y voy a casarme con ella.
Un silencio pesado cubrió la mesa. Catrina sintió cómo su respiración se aceleraba, como si el aire le faltara.
—¿Casarte? —la abuela arqueó una ceja, sorprendida, sus ojos cansados brillando con un rastro de curiosidad.
—¿Después de tantos años? —Tamara soltó una carcajada nerviosa, su expresión de asombro—. ¡Hermano! Y ni siquiera nos habías hablado de ella. Cuéntalo todo. ¿Quién es esa afortunada que logró conquistar al "Tigre de Moscú"?
Can se acomodó en la silla, serio, como si hablara de un acuerdo comercial más que de una futura esposa.
—Es alemana. Nunca se casó. Desde que murieron sus padres, se encargó de su hermano menor, Raed. Él es el heredero de un imperio respetado en su país, una familia muy conectada en los bajos mundos. La unión es… conveniente. Una fusión que fortalece ambas familias.
Tamara lo celebró con entusiasmo, brindando con su copa, pero los ojos de Catrina se clavaron en su padre, ignorando el resto de la conversación. El aire se le hacía más pesado a cada segundo, mientras la pregunta se formaba sola en su mente. Finalmente, la lanzó:
—Papá… —su voz salió más firme de lo que esperaba, con la fragilidad de una princesa y la fuerza de una guerrera—. ¿Y aparte de los negocios? ¿La amas?
Can la miró unos segundos. Esa frialdad que siempre lo rodeaba se intensificó en sus ojos. Parecía una pregunta extraña, casi un concepto alienígena en su mundo.
—No lo sé, hija. Tal vez un poco. Es lo bastante bonita y lo bastante inteligente como para formar algo más sólido que un simple acuerdo. No te preocupes por eso.
Una respuesta seca. Concisa. Fría.
Catrina bajó la mirada al vino de su copa, el líquido oscuro parecía reflejar el vacío que sentía. Dentro de sí, un torbellino:
¿serían así todas las relaciones en su mundo? ¿Meros acuerdos disfrazados de amor? ¿Eran todos los hombres de la mafia incapaces de sentir, de verdad no había un corazón que latiera por alguien sin cálculos ni beneficios?
Yo no quiero eso, pensó con vehemencia. Nunca.
Ella quería un amor real. De esos que duelen, que queman, que dejan cicatrices. Algo tan dulce y trágico como Romeo y Julieta, tan intenso como el Titanic. Un amor que hiciera temblar hasta a los monstruos de la mafia. Pero en silencio se preguntaba:
¿Acaso ese hombre existe en un mundo donde las balas valen más que las promesas y los apellidos son más fuertes que el corazón? La respuesta, por ahora, le parecía un imposible.