Un Trato de Alianzas

1615 Palabras
El desfile de La Tejedora no era un simple evento de moda; era un acto de poder. Un teatro de lujos y alianzas para los altos mandos de la mafia. Aquella noche, Catrina caminó por el salón, envuelta en un elegante vestido de seda azul oscuro que caía como agua. Se sentía como un fantasma en su propio evento. Sonrisas plásticas, rostros de diferentes continentes, todos calculando ganancias y valorando la apariencia de las "joyas" de cada familia. Era el juego que ella detestaba, el que la había sentenciado a un matrimonio de conveniencia años atrás. No había tomado ni un solo trago en toda la noche. La copa entre sus dedos estaba llena y fría, un reflejo de su estado de ánimo. Estaba en el desfile más por compromiso que por ganas. Vio a su padre, Can Volkanosky, avanzar por el salón como el rey que era, siempre aprovechando la oportunidad para un nuevo negocio. Pero esta vez no venía solo. Llevaba a Celine Richter de su brazo, la presentaba con un orgullo que a Catrina le resultaba familiar. Por alguna razón, se imaginó a sí misma al igual que Celine, del brazo de Flavio. Él también la presentó incontables veces con un orgullo fingido. Pero la realidad era que Flavio no estaba orgulloso de ella, sino del apellido Volkanosky. Ahora, Catrina sabía que su padre también sentía orgullo por la mujer y el apellido Richter, la hermana del Juez. Un apellido que representaba lealtad… o juicio. Mientras Catrina, perdida en sus pensamientos, observaba la escena, sintió una presencia. Era su padre, que se acercaba junto a uno de sus más grandes socios: el padre del difunto esposo de Tamara, un americano de voz grave y mirada astuta, Morgan Vanderguy. A su lado, Raed, con su misma elegancia de siempre, respondía a los comentarios de su hermana Celine. El aire a su alrededor era tenso y silencioso, como si la misma elegancia del alemán impusiera respeto a quienes lo rodeaban. —Catrina, cariño, ¡qué hermosa estás! —dijo el anciano Morgan, con una calidez genuina—. Tú y Tamara siguen madurando exquisitamente. Morgan apreciaba a la familia Volkanosky desde siempre. La madre de Catrina, la "Diosa de las Serpientes", era respetada por sus antídotos letales. No había veneno ni cura que aquella mujer no conociera. Por eso, Morgan, desde siempre, había deseado alianzas con la familia y había logrado casar a su hijo Lucian con Tamara. Pero su primogénito había muerto, y ahora le quedaba el hijo menor, Yondre. Yondre, que prefería llevar una vida tranquila y era profesor en una universidad de Moscú, una leve traición a la sangre Vanderguy, que siempre se había bañado en negocios sucios. Pero Morgan, sabio y calculador, lo había pensado mil veces y había llegado a una conclusión: "Cásalo con la hija del Volkanosky y así los hijos verán, y después los nietos. Uno de ellos estará destinado a sostener el clan Vanderguy. El mismo Can Volkanosky se encargará de que así sea". —Qué gusto tenerlo aquí, señor Morgan. Es un gran placer —contestó Catrina con una sonrisa que no le brindaba a muchos. Sentía un profundo respeto por aquel hombre que había tratado muy bien a Tamara durante el matrimonio de ella con su hijo Lucian. —No podía perderme esto. Te has vuelto grande, Catrina. Eso es innegable —dijo Morgan con evidente respeto. Él conocía la historia de Catrina y su divorcio con Flavio, y por eso también había decidido que sería una buena esposa para su hijo descarriado. Ella era fuerte, y eso era lo que Yondre necesitaba para volver al clan. —Bueno, entonces, siéntense conmigo a celebrar mi hermoso desfile —agregó Catrina, señalando una mesa a su lado. Se acomodaron en un punto estratégico desde donde se veía perfectamente el desfile. Entonces Morgan aprovechó la oportunidad para soltar su propuesta sin rodeos. —Catrina, quisiera presentarte a mi hijo, a Yondre. Es profesor, no conoce nada de Rusia. Casi lo arrastré aquí, pero hoy duerme en el hotel. El hombre trabaja; ahora es extra en la universidad —dijo Morgan, como si eso lo hiciera un hombre normal, una pieza perfecta para su hija. En ese momento, Raed levantó la vista. No estaba al lado de ellos, pero sí en la misma mesa. Pudo escuchar cada palabra. —¿Profesor? —soltó Catrina casi en burla, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—. Interesante. ¿Morgan, quieres que tu hijo profesor conozca a la fría Tejedora? No conocía a Yondre, pero conocía su historia y la de su familia. Sabía que no estaba interesado en los negocios, lo que significaba que sería un matrimonio fácil, sin conflictos, un simple apellido con el que casarse. —Y por qué no —agregó el anciano, sin inmutarse—. Eres una mujer hermosa, independiente. Podrían conectar, hasta casarse. Él no pertenece a los negocios, pero yo, por él, cubro todo. Tendrás la protección y las alianzas abiertas bajo mis dominios. Can lo sabe. En ese momento, fue cuando Raed habló. Su voz, grave y dura, resonó en la mesa, cortando la conversación como un cuchillo afilado. —Catrina no necesita ningún matrimonio para tener eso. Ya lo tiene. Alemania se lo da. Yo la protejo a ella y a cada Volkanosky. Son mi familia. Todos en la mesa quedaron en silencio. La declaración fue pública, fuerte, y llena de una posesividad que no dejó lugar a dudas. Can sonrió con la respuesta. La protección del Juez era el premio total. Él mismo, con el pasar de los días junto a Celine, a la cual aún respetaba como a una chiquilla, la deseaba de verdad como esposa. Celine era una buena mujer, una que crió a su hermano a costa de todo, hasta de su propia felicidad. Toda su juventud la pasó dando un buen ejemplo a aquel hombre duro que creció como un Juez. Celine era la base de esa lista temible del Juez. Y eso le daba a Can Volkanosky la certeza de que el día que él y su madre Lucinda faltaran, Tamara y Catrina siempre serían protegidas y, sobre todo, respetadas. Sus pequeñas joyas jamás serían lastimadas en aquel futuro incierto. Catrina también lo sabía. El Juez no hacía promesas vacías. El silencio fue tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. La mirada de Raed se encontró con la de Catrina. Los ojos de hielo, ahora cargados de furia y posesión, le decían sin palabras: "Eres mía. Y este es mi primer movimiento público." Catrina, por su parte, percibió algo que nunca antes había notado en los ojos de Raed. No era solo la arrogancia, no era solo la posesión. Era una chispa, un destello fugaz, un calor apenas disfrazado en su tono seco. Eran celos. Aquella revelación, tan cruda y real, le despertó un instinto peligroso. En un instante, el hombre imponente y helado se había convertido en un simple mortal. Y Catrina, la Maestra Tejedora, no pudo resistir la tentación de tirar del hilo. Decidió jugar con fuego. —Lo conoceré, Morgan. Será un placer —respondió con una sonrisa serena que no le llegaba a los ojos. Su voz era tranquila, pero para Raed, cada palabra era una puñalada. No apartó la mirada del anciano, como si Raed no existiera, como si no hubiera un hombre de casi dos metros y un millón de dólares en su ropa. El viejo Morgan sonrió satisfecho, creyendo que había logrado abrir una puerta. Raed, por cortesía, inclinó apenas la cabeza. Un gesto mínimo, pero en su interior sentía cómo la saliva se le volvía amarga, como hiel espesa deslizándose por su garganta. El instinto le gritaba que la mano de Catrina era suave y peligrosa. La misma mano que se había clavado en su pecho, ahora se clavaba en sus inseguridades. Catrina disfrutó de esa tensión. Sabía que había tocado una fibra en el hombre que siempre se mostraba inquebrantable. La sola idea de hacerlo reaccionar era un triunfo personal, una victoria que llevaba consigo el dulce veneno del peligro. Se puso de pie con la gracia de una reina, la copa vacía en su mano. La había dejado en la mesa, como si ya no le fuera útil. —Me atrevo a dejarlos, caballeros. Debo ir con Tamara; está organizando los últimos detalles del desfile. Nos veremos al terminar la presentación de mis diseños. Espero disfruten el trabajo de las tejedoras —anunció con elegancia, su voz resonando en el silencio. Sus pasos fueron firmes. El eco de sus tacones resonó como un latido de victoria mientras se alejaba. El vestido de seda se deslizó a su alrededor, casi como una armadura. Catrina se fue con un sabor ambiguo en los labios: dulce por el triunfo, letal por la atracción peligrosa que sentía hacia Raed. Detrás del telón, se mezcló con su equipo. El caos del backstage era un bálsamo. Hilos, agujas, maquillaje, nervios y el murmullo constante de las modelos. Catrina se zambulló en su trabajo con una ferocidad que rara vez mostraba. Revisó telas, ajustó escotes y dio las últimas indicaciones con la concentración de una cirujana. Por un momento, logró distraerse entre hilos y sedas brillantes, como si el arte del desfile pudiera anestesiar la tensión que había dejado en esa mesa. Pero la realidad era que la chispa ya estaba encendida. Y en su interior, lo sabía: había abierto un juego del que nadie saldría ileso. Ella le había dado un trago del dulce veneno del desafío. Ahora, solo le quedaba esperar a que el Juez, aquel depredador, viniera a tomarla por completo.
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