El Deseo Maldito

1822 Palabras
A pesar de su indecisión, Raed igual tocó el timbre. Él jamás se retractaba de sus impulsos ni de sus decisiones. Cuando la puerta se abrió, Florinda lo recibió en bata de dormir. Raed no se inmutó. La miró, imponente, y preguntó: —¿Está Catrina? Florinda lo miró con una confusión que se disolvió en el momento en que entendió la mirada del Juez. —Sí, señor —respondió apenas, haciéndose a un lado—. Seguro está cosiendo en su habitación. La luz de la sala estaba encendida, una tenue guía en la oscuridad del apartamento. Raed volvió a mirarla, su voz ahora una orden silenciosa: —Vuelva a dormir. Hablaré con ella. Y así, sin más, retomó sus pasos hacia la escalera. Florinda, sabiendo que este hombre venía más que por cordialidad o problemas, asintió y cerró la puerta. Había una extraña conexión entre ellos, algo que ella, aunque discreta, no era tonta para no notarlo. Raed subió las escaleras y caminó por el oscuro pasillo hasta la puerta de ella. La puerta estaba entreabierta. De ahí salía una luz tenue y un silencio absoluto. Raed llegó a creer que Catrina dormía. Con la punta de su pie, empujó la puerta. Al abrirse, le dejó ver una imagen que le cortó el aliento. Ahí estaba Catrina, sentada en el suelo, cosiendo perlas en un vestido que no era el de Celine, un encargo tal vez. Su cuerpo estaba envuelto en un vestido de punto, casi del mismo color de su piel. Se pegaba a ella hasta más abajo de las rodillas. Sus pies, cubiertos con unas medias gruesas y largas para atrapar el calor, y en sus manos, la aguja. Las mangas largas se adherían a sus brazos, pero sus hombros estaban desnudos. Su cabello recogido dejaba apreciar su cuello, su piel clara y algunos lunares. —Tejedora de la medianoche —soltó Raed, su voz resonando en la gran habitación. Catrina se sobresaltó, el hilo y la aguja en su mano se detuvieron. Su corazón, su estómago y su cuerpo habían reconocido su voz. —¡Qué susto, Raed! ¿Qué haces aquí? —respondió, su voz una mezcla de sorpresa y nerviosismo. —Vine a hablar del traje —dijo él, sin moverse del marco de la puerta. Catrina se levantó del suelo, su cuerpo esbelto y elegante. —¿Del traje? Si dijiste que era mi responsabilidad adivinar tus gustos, y ahora vienes a quitarme ese peso. Te lo agradezco con sinceridad. Raed, con una sonrisa, entró por completo en la habitación y se sentó en una de las sillas. —Confecciona algo clásico. Oscuro, preferiblemente. No soy un hombre extravagante. La verdad, vine aquí por otra cosa, Catrina. Por una pregunta. La mirada del Juez hizo temblar a Catrina. Una pregunta o un juicio, pensó ella. —¿Una pregunta o otro juicio? —soltó. Él curvó sus labios en una sonrisa, una auténtica. —No. Una curiosidad que quiero que me ayudes a desenmarañar. Raed encendió un cigarro. Catrina caminó por la habitación para abrir una ventana, dejando que el humo y el olor abandonaran su espacio. Su rostro era una máscara de calma, pero por dentro, estaba en guerra. —Pregunta —dijo ella al volver y sentarse frente a él en otra silla, notando que él no había alejado sus ojos de ella ni por un segundo. —¿Qué nos define a ti y a mí como familia? No llevo tu sangre y tú tampoco la mía. Nada nos une, ningún parentesco, más que el matrimonio de Celine con tu padre. Y llego a creer que eso no significa nada. ¿Tú qué piensas? La pregunta de Raed fue tan directa como confusa para Catrina. ¿Qué significaba aquella pregunta? ¿Qué lo había traído a su casa a la una de la madrugada? —No sé qué responder a una pregunta que no entiendo del todo. —Lo que me pregunto, Catrina, es ¿qué pasaría si te tomo ahora como mía? —dijo él, su voz un susurro que se sentía más fuerte que un grito—. Si eso afectaría la unión de Celine con tu padre. Si eso sucede, tal vez ella no me lo perdone nunca. Entonces me debato en que quizás deba esperar unos meses y el matrimonio pase. Catrina, qué tanto... Yo esperaría el tiempo que sea. Siempre he sido paciente. Agregó Raed, fumando con tranquilidad, como si aquella habitación y la mujer que parecía odiar el hábito de la nicotina ya fuesen de su propiedad. Catrina quedó sorprendida con la pregunta. —Ya veo. Quieres más expansión, más poder. ¿Y qué mejor que la hija de un Volkanosky? No quieres un trozo del pastel, Juez. Quieres la porción entera. Soltó ella con una mezcla de desprecio por creer que ese alemán imbécil era como los demás. Pero Raed soltó una carcajada. Un sonido auténtico. —Tu apellido y las expansiones me importan una mierda, Catrina —dijo, volviendo a su seriedad—. Tengo el imperio que merezco. El que yo he mantenido y levantado solo. No soy tan codicioso. Te juro que no tanto, Volkanosky. Ella quedó sin palabras, un segundo mirándolo. Sus ojos fríos no mentían. —Entonces no entiendo qué es lo que quieres. ¿Qué ganas? La pregunta salió, y con la misma Raed respondió: —Gano el premio, Catrina. A ti. La respuesta fue como un disparo en el pecho de Catrina. El Juez acababa de declararse. Pero aun incrédula, su voz se quebró. —¿A mí? ¿Qué dices? ¿Acaso es uno de tus juegos? Raed se levantó de la silla y fue hasta ella. Se inclinó y con sus dedos tocó sus labios, deseando besarla. —¿Crees que estoy jugando, Volkanosky? No soy un hombre de juegos. Tampoco de flores ni de romanticismo. Pero sí me gustas, mujer. Tanto, que poco duermo y tengo un deseo maldito de conquistarte. Catrina quedó sin palabras, deseando el beso que prometían aquellas miradas, pero fue interrumpido. No hubo más palabras. Florinda apareció en la puerta, y Raed se retiró enseguida. —¿Está bien, señorita? ¿Pasa algo? —dijo Florinda, sorprendida por lo que había visto. Había venido creyendo que había alguna mala noticia por la tardanza del hombre en la habitación, pero no. La primera intuición que había tenido era la correcta. El hombre venía porque estaba atraído por Catrina. —Todo está bien, señora Florinda. Ya yo me iba. Descansa. Catrina… y no olvides lo que te acabo de decir. Dijo el Juez para, con la misma, salir de la habitación y dirigirse a la salida. Lo que sentía estaba dicho. Ella le gustaba, pero tendría que ver cómo decírselo a su futuro cuñado, y esperar qué reacción tendría este. Esa misma madrugada, cuando Raed llegó a la mansión de los Volkanosky, las luces de la sala estaban apagadas. El silencio de la madrugada era tan pesado como el oro en las bóvedas de la mafia. Raed no le dijo a nadie que lo anunciara; subió la gran escalera, su presencia imponente llenando el vacío. Sabía que Can estaría en su despacho, el único lugar donde el jefe del clan encontraba la paz de la noche. La puerta del despacho estaba entreabierta. Raed empujó con suavidad y Can, sentado en su escritorio con un vaso de whisky en la mano, lo miró sin sorpresa. Como si hubiera sabido que el Juez vendría. —Raed. ¿Acaso no tienes un imperio que manejar en Alemania? —dijo Can con una sonrisa amarga, sin levantarse. —Usted me conoce, Can. Mis imperios se manejan solos —respondió Raed, cerrando la puerta detrás de él—. Su hija se fue temprano. —Catrina siempre lo hace. Se ahoga entre tanta gente. El silencio se instaló por un momento. Raed caminó hasta el escritorio, tomó una botella de whisky y se sirvió un trago, una clara señal de que no era una visita casual. —He pensado en lo que Morgan Vanderguy dijo esta noche. Lo de una alianza, un matrimonio —comenzó Raed, su voz un susurro cargado de intención. No mencionó a Catrina. Quería ver la reacción de Can ante la idea de un trato. Quería saber si él también veía a sus mujeres como peones—. Tamara es una mujer hermosa. Can soltó una carcajada que resonó en la habitación. —Raed, eres un hombre muy inteligente. Pero un matrimonio con Tamara sería un tormento constante para ti y para la familia Richter. A ella le gusta la fiesta, es incontrolable. Y un matrimonio así generaría conflictos. No es buena para los negocios, por su personalidad. No es buena para el poder, por su alma libre. No es buena para nadie, para ser honesto —dijo, su voz carente de emoción, solo con pragmatismo. El Juez asintió, su mirada fija en el vaso. La respuesta de Can no lo sorprendió, pero la siguiente pregunta que hizo fue la que había venido a hacer. —¿Y Catrina? El silencio se hizo más profundo. Can tomó un largo sorbo de su whisky y miró a su amigo. En sus ojos, por primera vez, Raed vio algo más que el frío cálculo de la mafia. Vio dolor y una profunda tristeza. —Catrina... contigo no lo creo. Ella no lo aceptará —dijo Can, su voz ahora era un susurro cansado—. Ahí donde la ves, odia todo lo que le rodea. Odia la mafia. Odia el recuerdo letal de su madre. Y quizás también me odia a mí. La dejé en un matrimonio que la hizo miserable. Me temo que ella ya cumplió. Se ganó la libertad, aunque no la reclame. Es un alma en pena que camina en la oscuridad. Algún día tal vez se enamore de un barrendero, de un hombre sin apellido, sin poder. Ojalá, si hay un Dios, que así sea. Can terminó la frase y miró a Raed, sus ojos suplicando una compasión que no esperaba encontrar en el Juez. El silencio se alargó. Raed no dijo nada. No tenía nada que decir. Había conseguido la información que buscaba, la verdad más cruda y dolorosa de la historia de la Tejedora. No se trataba de poder, ni de negocios, ni de sangre. Se trataba de una mujer que anhelaba una vida que él no podía darle. Terminó su whisky de un solo trago, se levantó y se dirigió a la puerta sin decir adiós. Can lo vio marcharse y supo que la conversación había terminado. El Juez ya tenía su respuesta. Raed no volvió a tocar el tema. No necesitaba hacerlo. Ahora sabía que el juego que él creía estar ganando, el de la conquista, en realidad era una guerra contra la libertad de la única mujer que, sin querer, había logrado romper su armadura.
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