Entonces, la puerta principal se abrió de nuevo y ella entró. El tiempo pareció congelarse. Catrina caminaba junto a Tamara, pero Raed no veía a nadie más que a ella. Llevaba el vestido de terciopelo vino tinto, el que había escogido para provocarlo. El escote en la espalda caía en una herida abierta, y las finas cadenas plateadas brillaban como grilletes sobre su piel. Era la criatura más pecaminosa que había visto, una obra de arte prohibida. Su belleza era un castigo.
Los ojos de Raed se encontraron con los de ella. Por un instante, Catrina pareció dudar, pero se enderezó, su mirada una mezcla de desafío y de algo que Raed reconoció como una peligrosa invitación. Raed vio cómo el rostro de Hakim se iluminaba, sus ojos oscuros devoraban cada centímetro de su piel expuesta.
A su lado, Tamara charlaba con el joven americano Yonder, riendo. Raed conectó las piezas del rompecabezas con una velocidad brutal. Si Tamara ya estaba con el americano, su padre Can no podría negarse. Eso significaba que el matrimonio de Hakim Al-Rashed. era para Catrina. Raed sintió un calor subirle al pecho, una rabia que lo estaba consumiendo. Se le hacía imposible respirar.
Miró al chico, luego la miró a ella. Su "témpano de hielo" era un volcán en erupción, un espectáculo que solo él había visto de cerca. La idea de que otro hombre la tocara, la besara, la hiciera gemir… la rabia lo carcomía.
¿Debía dejar que el destino hablara por sí solo? ¿Y si lo hacía, cómo iba a vivir después? ¿Cómo podría soportar verla en el altar, bajo las caricias de otro?
Raed permanecía clavado en el piso de mármol, sus manos crispadas detrás de la espalda, ocultando la tormenta que lo devoraba. El joven árabe, hijo del magnate del Medio Oriente, ya se había puesto de pie apenas vio a Catrina entrar al salón. Su sonrisa era ambiciosa, hambrienta, y sus ojos se deslizaron por el vestido vino tinto como si ya lo estuviera despojando de cada cadena plateada que lo adornaba.
Un relámpago oscuro cruzó por los ojos del Juez.
"¿Dejarla en manos de otro? ¿Verla bajo caricias que no fueran las mías?".
El pensamiento era veneno. Una herida abierta que se negaba a cerrarse.
El Fugitivo, a unos pasos de distancia, notó la rigidez en su mandíbula. Lo miró de reojo, comprendiendo sin necesidad de palabras.
—Este juego será peligroso… demasiado peligroso —murmuró, apenas moviendo los labios, lo suficiente para que Raed lo escuchara.
El aire del salón se volvió denso, cargado de pactos invisibles y futuros inevitables. Todos los hombres presentes parecían girar la cabeza en la misma dirección: hacia ella.
Catrina avanzaba con elegancia felina, las cadenas de plata deslizándose sobre su espalda desnuda hasta rozar sus caderas. Sonreía, ignorante del incendio que provocaba, ignorante de que cada paso suyo era una daga clavada en el corazón del Juez. A su lado, Tamara irradiaba frescura, y detrás de ambas apareció Jordi, el joven americano, impecable en su traje.
—Mi hija —dijo Can con orgullo, recibiéndolas con un par de besos en las mejillas. Luego hizo lo mismo con Tamara.
El joven árabe apenas pudo contenerse; sus ojos se encendieron como carbones al verla tan cerca. Raed lo observó con un odio silencioso, la mandíbula tensa, los dedos crispados contra la copa de vino que tenía en mano.
Fue entonces cuando Jordi se adelantó, con una seguridad que sorprendió a todos. Se inclinó hacia Can, y sin rodeos, dejó caer la bomba:
—Señor Volkanosky, es un honor verlo. Vengo con un propósito claro… quisiera pedirle un tiempo para hablar sobre Tamara. Deseo casarme con ella.
Un murmullo recorrió la mesa. Tamara, que había guardado el secreto, levantó su mano para mostrar un anillo brillante que destelló bajo las luces del salón. Su sonrisa era pura ilusión, el brillo en sus ojos inconfundible.
Catrina dio un pequeño salto de alegría, llevándose las manos al pecho.
—¡Tamara! —exclamó, y la abrazó, besándola en ambas mejillas—. Estoy tan feliz por ti, hermana.
La atmósfera se llenó de aplausos y felicitaciones. Todos sonreían, menos uno.
Raed estaba allí, maldiciendo el destino. Tal como lo había anticipado, Morgan había movido ficha, y Tamara ya no estaba disponible. El americano la había reclamado con firmeza y Can, satisfecho, difícilmente lo rechazaría.
"Entonces solo queda ella…"
La idea le golpeó como un trueno en medio del pecho.
"La única Volkanosky soltera. La única… pero ¿qué soltería? Si ya es mía, mía en cada beso, en cada grito ahogado contra mi piel. Mi mujer, aunque el mundo la reclame."
El Juez apretó los dientes. Su copa crujió en su mano como si pudiera quebrarse de un momento a otro.
Y mientras todos celebraban, él solo veía una cosa: al joven árabe acercándose cada vez más a Catrina.
El joven árabe dio un paso al frente, con la seguridad de quien sabe que el poder y el dinero están de su lado. Sus ojos claros, exóticos, brillaban con una mezcla de arrogancia y deseo.
—Señor Volkanosky —dijo, inclinando apenas la cabeza hacia Can—, es un honor estar aquí. Con su permiso, me gustaría expresar algo… —sus ojos se deslizaron hacia Catrina, lenta, descaradamente, deteniéndose en el escote de su espalda—. Mi padre y yo creemos en los lazos fuertes, en las uniones que trascienden generaciones. Y yo… quiero unirme a su familia.
El salón enmudeció. Tamara entreabrió los labios, confundida; Jordi apenas sonrió, con una calma que contrastaba con el nerviosismo del resto. Israel levantó una ceja, estudiando la escena como quien ve abrirse un tablero de ajedrez.
El muchacho continuó, más directo, sin ocultar sus intenciones:
—Señor Volkanosky, puedo ofrecerle a su hija —al pronunciarlo, miró fijamente a Catrina, como si la desnudara con la voz— una vida sin carencias, ni de poder, ni de lujos. Mi herencia es sólida, mis empresas se extienden desde Dubái hasta Estambul. Un matrimonio con ella abriría las puertas de Occidente y Oriente, fortaleciendo su nombre más allá de Europa.
Catrina parpadeó, helada. El corazón le dio un vuelco y en su mente todo encajó de golpe. La rosa negra. La nota de Raed. El fuego en su mirada cuando la dejaba sin aliento en la madrugada. No había sido un arranque sin razón. ¡Él lo sabía! Mucho antes que ella. Su padre planeaba entregarla como si fuera una pieza de oro en un juego de poder.
Su respiración se agitó. Tragó saliva, intentando mantener la calma frente a todos. Pero por dentro, un torbellino la desgarraba.
Raed, de pie, apretaba los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le dolía. Su mirada era un veneno contenido. Sabía que si hablaba, su furia lo delataría. Cada palabra del joven árabe era un martillo en su pecho.
—Catrina es fuerte, inteligente, bella —prosiguió el pretendiente—. Sé que a su lado puedo gobernar un imperio. No hablo solo de dinero, señor Volkanosky, hablo de poder real, de influencia en las sombras. Le prometo que con mi nombre, su familia no tendrá rival.
Can sonrió, satisfecho, como quien confirma que el plan marcha mejor de lo esperado. Tamara bajó la mirada, incómoda, sabiendo lo que eso significaba para su hermana.
Catrina, en cambio, lo entendió todo.
Ella era la presa.
La pieza más codiciada del tablero.
Y en un rincón, clavado al piso, estaba Raed, luchando contra sí mismo. La quería para él, la tenía para él, pero no podía alzar la voz. No aquí. No frente a todos.
"Si aceptas cualquier trato en la cena, habrá represalias de mi parte", resonó la amenaza escrita en la rosa negra.
Ahora lo comprendía: Raed no peleaba contra ella. Peleaba contra el destino que intentaba arrancársela de los brazos.