El Tambor de mi Pecho

1279 Palabras
El viaje fue una tortura silenciosa. El perfume de Raed se mezclaba con el olor a alcohol de su aliento. Raed no soltó su mano en ningún momento, y la presión de sus dedos era una sentencia. Catrina se dejó llevar por el mareo de la bebida y la impotencia. Finalmente, el taxi se detuvo frente a la mansión de Raed. Una estructura imponente y oscura, la fortaleza de un hombre que guardaba sus secretos detrás de muros altos. Raed sabía que nadie los molestaría; su hermana Celine se quedaría con Can hasta el amanecer. La noche era su cómplice, y el silencio de la mansión, su campo de batalla. Cuando el taxi se detuvo, Catrina se acurrucó en el asiento, con la cabeza gacha, negándose a bajarse. —No… no quiero. —No es una pregunta —murmuró Raed, su voz un susurro de autoridad—. Vamos. Se abrió la puerta y, con una rapidez letal, la sacó del taxi. Catrina intentó resistirse, pero su "falsa voluntad" no era rival para la fuerza bruta de Raed. Él la levantó del suelo, su cuerpo tembló al sentir el peso de ella en sus brazos. Con una de sus manos la sostuvo de la cintura y con la otra se aferró a la curva de sus piernas, la sostuvo contra su pecho y la llevó mansión adentro. La puerta se cerró detrás de ellos con un eco definitivo, sellando su destino en la oscuridad. Cuando Raed cruzó el salón al pie de las escaleras, con Catrina en brazos, ella se movió, incómoda, y su voz, arrastrada por el alcohol, rompió el silencio. —Bueno, bueno, yo puedo sola. Al escuchar esa resistencia, ese último intento de reafirmar su voluntad, Raed la soltó con brusquedad. El alcohol la había hecho valiente, o quizás, estúpida. Al estar de pie frente a aquel hombre alto, guapo y sexy, Catrina sintió el temblor en sus piernas. Él, con una mezcla de ira y fascinación, se inclinó para acomodarle un mechón de cabello que le caía sobre los ojos. Fue entonces que ella, en un arrebato de falsa valentía, intentó correr. Pero el alcohol y los tacones se enredaron en sus pies, y en un segundo, cayó tendida en el suelo de madera, con un golpe sordo. Su frente y sus rodillas dolieron, pero el dolor físico era nada comparado con la humillación. —¡Maldita sea, Catrina! —soltó Raed, su voz un gruñido lleno de rabia y desesperación—. No me vas a dar tiempo de matarte, tú lo harás sola. ¡Maldita serpiente, siempre queriendo hacer su voluntad! Se dobló, la recogió del suelo como si fuera una muñeca de trapo. Catrina no luchó más. Al final, se dejó llevar escaleras arriba, un cuerpo rendido en los brazos de su captor. La acomodó con cuidado en la cama de la habitación del alemán, un espacio vasto y sobrio. Le dio agua, pero ella no bebió. Entonces, con la delicadeza de un cirujano y la intimidad de un amante, le quitó el vestido de terciopelo. La vio temblar. Notó los golpes recientes en su piel, los morados que ya empezaban a formarse en su frente y en sus rodillas. La rabia de Raed no disminuía. Apenas sintió la electricidad que brotaba de él, porque Catrina estaba tan ebria que se durmió al instante, soñando. En su sueño, las luces estroboscópicas del club se convertían en los vitrales de una iglesia. Ella caminaba por un pasillo, vestida de blanco, y al final, con una sonrisa que la hacía brillar, la esperaba Raed para casarse con ella. Mientras tanto, él la miraba dormir. Deseaba poder desaparecer a esa pequeña mujer que lo tenía haciendo estupideces. Se sentía como un demente, un loco, por haber pasado semanas siguiéndola, por la agonía que sentía solo de pensar que ella podía relacionarse con otro hombre. Esa noche, la tenía en su cama, rendida, y aun así, sentía que no la poseía. La guerra estaba lejos de terminar. Raed se recostó a su lado, en silencio, y la miró dormir. La luz tenue de la lámpara de noche caía sobre su rostro, revelando la pureza que el alcohol no podía ocultar. La mano de Catrina estaba sobre la almohada, su aliento era suave y uniforme. Él la estudió como si fuera un enigma, un problema que no podía resolver. —Sí que eres hermosa, Volkanosky —dijo, susurrando al aire, una verdad que nunca admitiría en voz alta. Las palabras salieron solas, una conversación que tenía consigo mismo. Se debatió, frustrado, mirando al techo. ¿Qué era esto? ¿Cómo había llegado aquí? —Dime, ¿cómo debería decírselo a tu padre? ¿Cómo se lo digo a Can Volkanosky, el hombre que me confió sus negocios, que te quiero? —Las palabras eran una amarga ironía. Él, el Juez, que siempre encontraba la respuesta para todo, ahora no tenía ninguna. Se inclinó sobre ella, con el rostro a pocos centímetros del suyo, y susurró de nuevo, su voz un eco de la tormenta en su interior. —¿Qué es esto, Catrina? ¿Por qué llamas al tambor de mi pecho? ¿Por qué lo obligas a tocar para ti? Su mano se movió lentamente, con una reverencia casi sagrada, y besó una de las manos de Catrina que dormía sin saber la frustración que sentía Raed por el simple hecho de haberla conocido en la familia Volkanosky. Un encuentro que no era romántico, sino un cruel y doloroso golpe de mala suerte. Una condena. Raed, después de un buen rato de hablar con la oscuridad y el silencio, se levantó de la cama. El sueño no venía. Verla ahí, a unos centímetros de su agarre, era una tortura. Su piel, expuesta, era una tentación que lo volvía loco, y el control que ejercía para no tocarla lo consumía más que cualquier negocio millonario. No podía quedarse. Bajó las escaleras sin zapatos, sintiendo el frío del mármol bajo sus pies descalzos. Se dirigió al único lugar en la mansión donde encontraba consuelo: un gimnasio personal donde el metal, el sudor y la disciplina eran un santuario para sus tormentosos pensamientos. En ese espacio, la rabia se transformaba en fuerza, y la ansiedad, en pura resistencia. El Fugitivo, su sombra silenciosa, lo vio bajar las escaleras. Sin decir una palabra, lo acompañó, sabiendo exactamente a dónde iba. Era una rutina, un ritual nocturno que solo ellos compartían. Mientras Raed se preparaba, el Fugitivo se colocó en su propio lugar, listo para ejercitarse junto a él, un pacto de lealtad forjado en el silencio y el esfuerzo. Raed comenzó con las pesas, cada repetición una condena. Sentía el ardor en sus músculos, un dolor familiar que contrastaba con el nuevo dolor en su pecho. Levantó las mancuernas, pensando en cada palabra que el joven árabe le había dicho, en el descaro con el que miró a Catrina. Su furia se vertía en cada levantamiento, en cada grito contenido. En ocasiones, usaba al Fugitivo como sparring para boxear. Los puñetazos secos contra los guantes de su guardaespaldas eran una forma de liberar la violencia que no podía dirigir hacia su verdadero enemigo: el destino. Esa noche, sin embargo, solo quería que el hierro le devolviera el dolor. Se miró en el espejo, su rostro tenso, una bestia acorralada. Se sentía atrapado por una mujer que no le pertenecía, una mujer que lo desafiaba con su existencia misma. Su obsesión, su necesidad de poseerla, era un castigo autoimpuesto. Y el gimnasio era la única forma de procesar su propia guerra interna, una guerra que, lo sabía, estaba lejos de terminar.
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