El Precio de la Humillación

1566 Palabras
Catrina se encerró el resto del día en su apartamento. La resaca y el torbellino de lo sucedido la noche anterior la mantuvieron atrapada entre las sábanas, sudando recuerdos y pensamientos que la mordían como serpientes. No fue a la compañía, ni contestó llamadas. Sabía que su padre estaría furioso: lo había dejado plantado, lo había hecho ver como un tonto frente a un pretendiente y, peor aún, frente a los socios que llevaban meses presionándolo. El día se le fue entre microsueños y largas pausas de insomnio en las que revivía los gestos del Juez: la forma en que la había mirado, cómo su voz grave aún resonaba en su pecho. Raed Richter. Era un problema... pero también era una adicción que ya empezaba a corroerle la voluntad. Al anochecer, Florinda golpeó con suavidad la puerta de su habitación. —Mi niña... —dijo con la voz baja, cargada de preocupación—. Abajo está su padre... con la señorita Céline y el señor Richter. Catrina se incorporó bruscamente. El apellido de Raed le taladró los oídos. Un escalofrío la recorrió. —¿Richter? —susurró, incrédula. El corazón le golpeó las costillas como si buscara escapar. ¿Qué hacía él ahí, en la sala de su padre? ¿Acaso le había contado todo? Con manos temblorosas, se cambió a un vestido ligero, ajustó el cabello frente al espejo y bajó las escaleras con paso firme, aunque por dentro se sintiera quebradiza. Cada peldaño era un tambor de guerra que la acercaba a un destino incierto. Al llegar, los vio. Raed estaba de pie junto a la mesa, extendiendo unos documentos. Su porte imponente contrastaba con la frialdad de Cam Volkanosky, quien escuchaba con el ceño fruncido. A un costado, Céline, nerviosa, parecía un adorno quebradizo a punto de romperse. —Padre... —murmuró Catrina. No alcanzó a decir más. La mano de Cam la recibió primero. Un golpe seco, brutal, que la hizo tambalear. El eco de la bofetada resonó en toda la sala. —¿Quién te crees, mocosa? —bramó su padre, con el rostro enrojecido de ira—. ¿Cómo te atreves a dejarme como un imbécil frente a socios tan poderosos? ¿Frente a una deuda que nos consume? ¡Soy tu padre! El dueño de este apellido. ¿Acaso quieres arruinar a tu familia, destruir lo que he levantado con mis propias manos? Las lágrimas se deslizaron sin permiso por el rostro de Catrina. Su labio inferior temblaba, pero no respondió. No podía. El aire le ardía en los pulmones. De repente, Raed golpeó la mesa con tal fuerza que la madera crujió y se partió un poco en la esquina. —¡No vuelvas a hacer eso delante de mí! —su voz retumbó grave, como un trueno contenido. Céline ahogó un sollozo. Florinda, al fondo, se llevó las manos al rostro. Cam lo miró con furia contenida. —Cálmate, cuñado... —gruñó, aunque su tono cargaba veneno—. A veces estas mujeres necesitan ajustes. Catrina y Tamara han sido criadas como hijas mías, con toda la disciplina que mi sangre exige. Pero jamás... —su voz se quebró en un alarido de rabia—. ¡Jamás pensé que mi propia hija me humillaría de esta forma! Catrina, que aún sentía arder la mejilla, levantó la mirada como una fiera herida. —Cam Volkanosky... por la memoria de mi madre, te juro que nunca más volverás a venderme como un trozo de carne. No volveré a aceptar un matrimonio de conveniencia que te haga débil o fuerte. ¡Soy dueña de mis actos! Ya no soy tu muñeca, ni tu niña obediente. Y si algún día decido ser amante, esposa o incluso una perra... será porque yo lo quise. ¡No porque tú lo ordenaste! Las palabras fueron dagas directas al corazón del patriarca. Cam alzó la mano de nuevo, dispuesto a golpearla, pero Raed se interpuso. Sus ojos grises eran cuchillas encendidas. —Ella no necesita un matrimonio arreglado —dijo con frialdad cortante—. Yo me he hecho cargo de la deuda. No tienes derecho a tratarla como un objeto. ¿Cómo esperabas que funcionara esa farsa de compromiso? ¿Entregándola a hombres que ni siquiera saben cómo tratar a una mujer? ¡Malditos talibanes de traje! —escupió con desprecio—. Y tú... ¿qué clase de hombre eres, Cam, que levantas la mano contra tu hija solo porque no obedeció? Las palabras del Juez perforaron el aire. Cam titubeó, su rostro endurecido perdió color. Céline lo miraba con lágrimas en los ojos, como si no lo reconociera. Por primera vez, la figura imponente de Volkanosky pareció desmoronarse bajo el peso de la vergüenza. —Intentaré calmarme... —masculló, con voz ronca—. Pero tú y yo hablaremos después, Catrina. Me has ofendido... y lo sabes. Catrina, con el pecho agitado, sintió cómo la rabia le hervía bajo la piel. Miró a su alrededor: Florinda contenía el llanto, Céline lloraba abiertamente, y ninguna podía defenderla. Nadie podía. Un nudo de fuego se apoderó de ella. De pronto, tomó sus llaves de la mesa, empujó la silla y salió disparada hacia la puerta. —¡Catrina! —gritó su padre, pero ella ya estaba corriendo. Encendió su auto con manos temblorosas. El motor rugió como un animal desatado. A través del retrovisor, alcanzó a ver a uno de los guardaespaldas de Volkanosky encendiendo otro vehículo para seguirla. Con el corazón desbocado y los ojos nublados por las lágrimas, apretó el volante con furia. En una curva cerrada, la ira se volvió adrenalina. Hizo una maniobra suicida: frenó de golpe, giró el volante y obligó al vehículo perseguidor a perder el control. Los neumáticos chillaron, el auto de seguridad volcó con estrépito. El suyo, en cambio, salió disparado por otra calle, perdiéndose entre las luces infinitas de Moscú. La respiración de Catrina era un jadeo de rabia, miedo y liberación. El asfalto helado la llevaba lejos... pero por primera vez, sentía que conducía hacia su propio destino. Catrina condujo sin rumbo fijo, el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que parecía que iba a romperle las costillas. El eco de la bofetada todavía ardía en su mejilla, pero lo que más le dolía era el sabor amargo de la humillación. Las lágrimas nublaban la carretera, el volante temblaba entre sus manos, y cada bocanada de aire era un grito ahogado. —¡No soy tu muñeca! —susurró con rabia, recordando sus propias palabras, como si necesitara repetírselas para convencerse de que eran verdad. Detuvo el auto en un estacionamiento vacío, apagó el motor y apoyó la frente en el volante. El silencio de la noche en Moscú la envolvió, pero era un silencio falso: en su cabeza seguían gritando las voces de su padre, los reproches de Cam, y la furia contenida de Raed. No pasó mucho antes de que las luces de otro vehículo se encendieran detrás de ella. Catrina alzó la vista por el retrovisor y el estómago se le encogió: no eran los guardaespaldas de su padre… era Raed. El juez se bajó de la camioneta con paso firme, la chaqueta abierta, el rostro endurecido por la noche y el enojo. Se acercó y sin decir palabra abrió la puerta del copiloto. —Baja. —ordenó con voz grave, un comando que no admitía debate. —No pienso ir contigo. —respondió Catrina con un hilo de voz, aunque sabía que no tenía fuerzas para discutir. Raed se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el marco de la puerta. Su mirada era un torbellino: furia, deseo, protección. —¿Sabes lo que acabas de hacer? Podrías haber muerto, serpiente. ¿Quieres que recoja tu cadáver en una zanja para que tu padre termine de destrozarse? —su voz subió un tono, la impotencia le quebraba la calma habitual. —¡No me importa! —gritó ella de pronto, empapada en lágrimas—. Prefiero morir que seguir siendo el juguete de todos ustedes. Raed respiró hondo, conteniéndose. Durante unos segundos solo la miró, como si buscara descifrar cada grieta en su alma. Después entró él mismo al asiento del copiloto y, sin pedir permiso, tomó sus manos temblorosas. —Escúchame bien, Catrina —dijo con un tono más bajo, casi roto—. Yo no te quiero como una moneda de cambio, ni como una hija de Volkanosky... te quiero a ti, maldita sea. Y no pienso dejar que nadie, ni tu padre, ni Flavio, ni tú misma, te arranque de mi lado. Catrina lo miró, paralizada. Quería soltarle un insulto, apartar sus manos, pero no podía. La intensidad de sus palabras la quemaba más que la bofetada de su padre. —Tú no sabes lo que dices, Raed... —susurró, la voz quebrada. El juez sonrió apenas, una sonrisa tensa, cargada de peligro. —Lo sé demasiado bien, serpiente. Y aunque quieras huir, aunque quieras perderte en las calles de esta ciudad, yo te encontraré siempre. El silencio se apoderó del auto. Catrina, con la respiración entrecortada, apartó la mirada hacia la ventanilla, incapaz de sostener esos ojos que parecían jurarle una condena y una salvación al mismo tiempo. Él, en cambio, no apartó los suyos. La miraba como si fuera la única verdad que le quedaba en un mundo lleno de mentiras.
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