El caso de Julián

1431 Palabras
Cuando nos vimos, Julián estaba nervioso y mirando a todas partes. Tenía una cara de asombro inútil y era delgado. Lo saludé y me invitó a su casa a platicar y nos fuimos. Aquella mañana yo sentía que algo iba a pasar, no sé, un presentimiento raro de esos que a uno le dan por precaución. Al entrar a su casa, pude notar que las ventanas estaban cerradas con maderas y clavadas. No tenía absolutamente nada dentro más que una mesa pequeña, una silla y un banquito donde me senté, una estufa chica y un par de vasos y tazas. Me ofreció café y lo acepté. Mientras servía el café, a cada rato volteaba a todas partes y me sentí nervioso. No dije nada. Ten, me dijo mientras abría una bolsa de bolillos y se sentaba frente a mí. Cuando se acomodó duramos como veinte segundos viéndonos y de pronto comenzó a hablar. -¿Crees en Dios? Me preguntó y rápidamente contesté que no. - Deberías, me dijo. Mordió el bolillo y se aventó un trato largo de café, suspiró y de nuevo nos quedamos viendo fijamente. -¿Puedo fumar? Le pregunté. Sí, dijo. Encendí el cigarrillo, saqué mi libreta y empecé a apuntar cada detalle de su historia. -A veces me siento triste, como si mi alma no perteneciera al mundo donde vivimos. Jehová es mi pastor, con él nada falta y tengo que aceptarlo en mi corazón. Me decía el hombre. Yo no dije nada. Anoche volvieron a venir. Mira (apuntó a una de las ventanas que estaban tapadas con tablas y que de un lado estaba safada). -¿Quiénes, Julián? -Los niños. Un silencio abrumador se hizo presente. Yo creía que los niños eran familiares suyos o que le habían hecho travesuras. -Ya no puedo más, Raúl. Ni el cura me quiere ayudar ya. Me dijo. -¿Qué tienes, Julián? - Llevo toda mi vida con ésto, adónde vaya siempre me persiguen. Hasta cuándo me baño me pegan y me arañan las piernas y los he visto salir del bote grande de agua. Hacen burbujas en el agua y luego asoman su cabeza y se vuelven a meter. Allí me entró el miedo. (Se movió una taza de la mesa). Yo ya no quiero vivir. Mira, ¿ves estas marcas en el cuello? (El chico tenía unas cicatrices en la yugular, se había intentado ahorcar dos veces). Ya no quiero vivir, ¡Ya no! Gritó. Traté de tranquilizarlo durante unos minutos. Estaba realmente hostigado. Si quieres luego vengo, Julián. -¡No! Quédate ya estoy mejor. Me dijo. Volvió a tomar café y miramos ambos cómo la cortina de su cuarto se movió y no había aire. -Aquí andan. ¿Los ves? -¿Quiénes? -Los niños. No sabía de qué niños me hab -¡Ya vienen! Me decía mirándome a los ojos fijamente y yo me estaba poniendo nervioso. De repente, nos callamos y entre el silencio puedo jurar que del cuarto del chico salió una risa muy bajita y luego arrastraron una de las sillas del cuarto. -¿Los escuchas? Yo moví la cabeza, afirmando. -Mi madre me contó que cuando estaba pequeño lloré en su vientre. Dijo. Desde niño yo veo cosas que los demás no pueden. Una ocasión pasé por enfrente de la casa de Carlos el carnicero, el hombre ya tenía añales muerto, y lo vi, ¡Juro que lo vi parado frente a su puerta! Me miraba y se reía, me miraba y se reía como asombrado de que pudiera verlo. -¿Ves muertos? -no, veo demonios convertidos en niños. Me dijo. Cuando dijo eso, la puerta de la entrada se cerró de golpe y brinqué del susto. Olía a copal la casa y me dijo que ya vendrían los niños ahora sí. Guardé la cajetilla de cigarros en mi mochila y francamente me quería ir del lugar. Ya había visto muchas cosas para entonces. Miré a Julián y sudaba mucho. Se levantó y se dirigió al cuarto y no escuché casi nada cuando de un momento a otro, gritó mucho pero mucho muy fuerte. Agarré mi mochila y me la puse por las dudas. Le pregunté si se sentía bien y escuché una voz diferente a la del hombre. -¿Quieres jugar? Me preguntó. Sentí que la cabeza me iba a reventar. Ya había visto un exorcismo, una señora que cambiaba la voz, un niño de cinco años que se reía como anciano y ahora eso. Ya no podía más. -¡Jugar a qué! Grité. Aquella voz gritaba y bajaba de nuevo el tono. Así estuvo un minuto aproximadamente hasta que de nuevo salió Julián y se sentó. Traía el ojo derecho volteado y un golpe en ese mismo lado que le goteaba sangre. -¿Qué te pasó? Nada, solo me golpeé con un clavo de la pared. Se sentó y me dijo que aquellos niños vivían desde siempre con él. Que jugaba con ellos, comía con ellos, dormía con ellos pero nunca supo por qué nadie los podía ver más que él mismo. -¿Ya fuiste al dr? -Sí, pero en San Luis me mandaron para Valles y de Valles a San Luis y así me traen. Creí que estaba mal de sus facultades mentales, sin embargo, comprobé que no. -¿Quieres más pan? No, gracias. Se levantó y agarró de la bolsa otro bolillo y juro que se lo metió entero a la boca y sin masticar lo tragó sin hacer muecas. No dijo nada y se sentó por enésima vez. -¡Los niños, los niños... Los niñooooooos! Gritó exageradamente fuerte. Por cierto, afuera de la casa estaba Rodrigo, un amigo de Tamazunchale quien también andaba en búsqueda de historias para un proyecto de la universidad. Cuando escuché que Rodrigo entró. Se me quedó mirando y me dijo que qué hacía y le dije que platicando con Julián. -¿Cuál Julián? Julián se salió hace como una hora de aquí. Me dijo que iba a ver al padre. Me quedé blanco de angustia. Me levanté y le dije a Rodrigo que nos fuéramos a la chingada, rápido y salimos corriendo sin mirar atrás. Al llegar a la tiendita de Don José, nos invitó una cerveza y le platiqué todo a ambos. Los dos no me creían hasta que pasó lo siguiente: Julián, pasó corriendo desnudo por la calle. Gritando y jalándose el cabello. -¡Los niños! Gritaba. Don José tiró su botella y se levantó a ver al sujeto. Sin embargo, no dijimos nada. Cerramos la puerta y afuera los perros ladraban mucho. Cuando se nos pasó el susto, abrimos de nuevo la puerta y vaya sorpresa. Julián estaba parado frente a nosotros y saludando amablemente. -¿Qué te pasó, muchacho? Le preguntó y Julián nos dijo que nada. Que venía de Axtla y que se le había hecho tarde. Yo no creía lo que estaba pasando. Nunca había vivido algo así. Se despidió al momento el chamaco y se fue caminando rumbo a la casa. Le pedimos a don José que nos diera chance de dormirnos allí y dijo que sí. A la mañana siguiente, nos informaron que se habían metido a la casa de Julián a robar pero que no había nadie y fuimos. Entramos a la casa y todo estaba manchado de pequeñas manos de lodo en las paredes. -¡Ya vámonos, en serio vámonos! Me dijo Rodrigo. Agarramos la camioneta de las diez de la mañana y juramos no regresar a ese lugar. Pero no acaba todo allí. Antes de entrar al crucero de Tampacán vimos la silueta de un hombre corriendo en una de las parcelas de por allí. No sé qué pasó. Pero se parecía mucho a Julián. El viernes de día de comercio, mi madre me dijo que la acompañara a comprar la comisaria. Casualmente Rodrigo andaba por allí y nos saludamos. Platicamos sobre ese caso y cuando nos íbamos a despedir, vimos a Julián que nos miraba desde lejos por el mercado municipal. Nos quedamos atónitos. Nos dimos la mano y ya no lo volvimos a ver hasta después en el periódico: se encontró ahorcado en un árbol de la milpa de don José. Nunca sabré sobre los niños que decía ni tampoco qué lo llevó a su trágica muerte. Sin embargo. Es una de las historias más horribles que hemos vivido. Crean o no. Así fue. Desde entonces le prendo una veladora en día de muertos. Ojalá esté descansando en paz. Pobre chico.
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