Tamara
Mecí a la pequeña bebé en mis brazos y asentí hacia su madre, que estaba relatándome una historia de esta mañana. Se veía emocionada mientras almorzaba, contándome tan entretenida que agitaba sus manos, con una sonrisa eterna en sus labios.
—...Entonces lo empujé de la cama y le dije "Eric Briggs, ve por esa bebé ahora mismo antes de que golpee tu tonta cabeza contra la pared." Comenzó a decir que no debíamos acostumbrarla a dormir con nosotros y en algún momento de la discusión me dormí, pero luego lo oí metiendola a hurtadillas en la cama, susurrándole "Pff, tu madre es una ingenua si cree que no te traería."— soltó una carcajada y yo hice lo mismo.— Dice que lo hizo porque cuando yo estoy despierta, acaparo a Cam sólo para mí y él quería poder abrazarla.
—Sabes que estoy enamorada de tu esposo, ¿No es cierto?— pregunté y Aspen asintió mientras reía.
—Lo sé, yo también, él es tan lindo que a veces me empalaga.— dijo pero se veía que le gustaba eso, un hombre con ella, una pareja que la cuidara.— El otro día me dijo que yo era su otra mitad, y yo le dije, "¿Qué? ¿Crees que soy igual a ti? Por favor, Briggs, no me insultes."
Volví a soltar una risita cuando el teléfono sonó y lo recogí antes de que Cam se despertara. El identificador decía que era de recepción.— ¿Qué sucede?
—Tam, Eric está subiendo.— dijo Stacey del otro lado del teléfono y solté un suspiro profundo. Afortunadamente, Aspen no me prestó atención.
Lo último que necesitaba ahora mismo era una muestra de afecto de estos dos, siempre hacían que pensara que mis posibilidades con los hombres eran nulas. ¿Cómo podía conseguir una relación tan buena como la suya? No podría, eso era seguro. Era como refregar en mi cara que no había nada más perfecto que eso.
Desde que era una niña, mi madre solía decirme que los hombres eran patéticos, luego, cuando llegué a la adolescencia, me dijo que todo chico que me hablara me lastimaría y ahora que estaba madurando, decía que nunca conseguiría un hombre leal. Ella nunca me dio esperanzas, así que viví mi vida como sabía: Disfrutando de lo temporal. Sexo temporal, sin novios, citas rápidas y cortas.
Antes solía creer que acabaría mis días sin un hombre en mi vida, sería una vieja solterona, virgen y con ciento de gatos. Cuando llegué a esta ciudad, todo se volvió luces y colores, tragos y bailes, sexo y sexo. Podrían decirme zorra cuanto quisieran (no es que alguien lo hiciera) pero yo sólo disfrutaba. ¿Por qué sólo los hombres podían tener sexo con cuantas mujeres quisieran sin recibir una etiqueta? Las mujeres también podemos.
—Entonces, ¿Todo está bien?— la voz de Eric me trajo de regreso del trance en el que me encontraba y levanté la mirada para ver a Aspen poniendo los ojos en blanco.
—Briggs, todo está bien, dijiste que llamarías. Te pedí que no estuvieras dando vueltas por aquí.— dijo Aspen y Eric le frunció el ceño, tomando a Cam de mis brazos.
—Sabes que nunca hago lo que me pides, en especial cuando eso implica estar lejos de ti, por dios, Aspen.— dijo él pero Eric no parecía enojado. Sólo, un poco asustado. Yo podía ver lo que le ocurría, él no quería dejar sola a su pequeña familia, luego de todo lo que Aspen había sufrido. Quizás sólo tenía miedo de que algo les ocurriera.
—¿Cómo van las cosas en el estudio, Eric?— pregunté, intentando distraerlos un poco y Eric me sonrió, entregándome un guiño que extendió una sonrisa por todo mi rostro.
—Van geniales, te llevaré uno de estos días, así escuchas las nuevas canciones.— dijo con toda calma y me puse de pie para darle un breve abrazo.
—Y estaba diciéndole a Aspen que estaba enamorada de ti...— murmuré con una sonrisa y Aspen se rió al ver las mejillas de Eric sonrojarse.— Voy a tomar un descanso, ¿Estarás bien?
—Claro, Tam, gracias por todo.— dijo Aspen, dejando simplemente que entrara en el elevador mientras ella se quedaba con su gran esposo.
Suspiré cuando estuve sola, todos sus cariñitos me hacían sentir como una bruja envidiosa, y me hacían querer establecerme. Me hacían querer aceptar la propuesta de Jus y tener un bebé para él, porque quizás no estaría tan sola entonces. Tal vez, si estaba embarazada, pasaría más tiempo con mis amigos pero, ¿Quién me cuidaría de la forma en que Eric cuidaba a Aspen?
Mi celular sonó y miré el identificador antes de colgar. Suspiré profundo, otra vez. Mamá estaba llamando de nuevo. Que mamá llamara nunca era buena noticia. ¿Qué sería ahora? ¿Su "depresión" que la carcomía? ¿Sus amenazas de suicidarse por sentirse tan sola? ¿Su tristeza porque nadie respondía en las páginas de citas? Mamá siempre quería ser la protagonista de sus películas y no había espacio para nadie más que ella en la cartelera de cine.
—Hey, Tamara.— me saludó Ed, el chico de corrección del piso quince, mientras se subía al elevador conmigo. Lo saludé con una sonrisa. Él y yo habíamos compartido una increíble noche luego de una fiesta de navidad.— ¿Cómo estás?
—Atareada, como siempre, pero muy bien. ¿Y tú?— pregunté, viendo cada rastro de su rostro, viendo cada sonrojo suave. Tímido. Eso me había gustado de él.
—Bien, gracias. ¿Sabes? Algunos correctores iremos a beber algo en la noche, y nos preguntábamos si querías ir con nosotros.— tenía una pequeña sonrisa, lo que me hacía recordar por qué él me había atraído en primer lugar.— Sólo nosotros, algo de cervezas, y billar. Quizás luego vayamos a casa a jugar al póquer o a lo que quieras jugar...
Oh, y ya recordé por qué había sido cosa de una sola vez.
—Lo siento, pero esta noche tengo que apoyar a Aspen en una cosa... ¿Quizás otro día?— dije, porque la vez que fui a casa de este sujeto me encontré con decenas de artículos de Calabozos y Dragones, espadas y posters de mujeres elfos guerreras semi-desnudas en las paredes (todo bastante nerd y algo perturbante).
—Claro, cuando quieras, tú sabes en que piso estoy.— dijo con media sonrisa y bajó en el piso de la cafetería, mientras que yo sólo continué bajando hasta el piso doce.
Quiero decir, yo soy exigente, lo sé, nadie se ha quejado de eso conmigo hasta ahora. No me acostaba con el primer tipo que se aparecía, y si lo hacía, era un error de una sola vez, a menos que valiera la pena repetirlo. Caminé hacia la sección de críticas y me quedé de pie, echando un vistazo hacia Justin, donde apenas comía su ensalada, el único en la sección.
—Jus, Jus.— lo llamé, haciéndolo dar un brinco por la sorpresa. Me sonrió tristemente mientras yo entraba y me sentaba junto a él.— ¿Cómo estás, Jus-Jus?
—Supongo que sólo... Triste. Chad está enojado conmigo, pero sabes como es.— dijo con la voz baja, aún jugando con su ensalada en lugar de comerla.
—No, no sé como es él, pero sé como eres tú.— respondí, frotándole el hombro.— Eres terco y Chad quiere complacerte, pero también quiere protegerte, eso se choca.
—¿Él habló contigo?— preguntó de repente, y tuve que bajar la cabeza para evitar sus ojos azules.
—Sí, y, Justin, te amo, y te daré un hijo si eso quieres, pero ¿No crees que tiene algo de razón?— pregunté y su ceño se frunció levemente cuando volví a elevar mi mirada.
—¿Qué? Dices, ¿Cuando yo me vea mal frente al espejo por el estrés?— dijo, con una risa sin humor mientras una lágrima caía por su mejilla. La limpió rápidamente, dejando su plato a un lado.— ¿Has visto a Aspen? Ella se ve increíble, yo no creo que tenga algo de malo...
—Justin, tú y yo sabemos que ella se ve increíble, y que se siente increíble, pero ¿Cómo vas a sentirte tú cuando estés preocupándote por un niño a la madrugada y despiertes algo desarreglado? ¿Cómo vas a sentirte cuando veas una foto antigua y te des cuenta del cambio?— lo había pensado demasiado y si yo estaba dispuesta a tener un bebé para él, Justin tenía que estar dispuesto a prometer que lucharía contra todas sus inseguridades.
—Tamara...— comenzó y yo no era Aspen. Yo no podía sólo pedir que continuara hablando, no podía exigir que me respondiera. Si lo presionaba, Justin iba a estallar en insultos para que me alejara, y yo lo haría, porque no era fuerte sólo para oírlos y dejarlos pasar. Yo no podía ignorarlos, y si no lo hacía, perdía a mi mejor amigo. Así que cambié de tema.
—Aspen quería hablar contigo, pero llegó papá Eric y ahora no la deja ir.— dije, poniendo los ojos en blanco y Justin soltó una risita, recuperando su humor.
—Lo sé, es como una mosca sobre un pastel. Me ha estado mandando mensajes desde que las dejó.— dijo él, con media sonrisa y agité mi cabeza de un lado a otro. Parece algo molesto, pero me encantaría que hubiera alguien sobre mí así.
El golpe en la puerta me hizo dar un salto, al igual que a Justin y cuando elevé la mirada, mi garganta se secó por completo. Aunque quería babear. Sí, era así de contradictoria la sensación. Creo que logré desviar la mirada por dos segundos antes de regresar a él.
Estúpido Aaron Brooklyn con su estúpida cara sexy.
—Hola rubio bonito, ¿Cómo estás?— preguntó, entrando para sentarse aquí como si todo el mundo le perteneciera. Posiblemente lo hace.
—¡Brooklyn! Todo está bien por aquí, ¿Qué haces tú en este sitio?— preguntó Jus, animándose, quizás porque tenía la excusa perfecta para cambiar de tema. Aaron tomó una silla y la volteó, para sentarse a horcajadas sobre ella, viéndonos fijamente.
—Sólo vine a acompañar a Eric, para procurar que no se quedara demasiado y para evitar que se estrellara al conducir tan rápido.— dijo, distraídamente pero sus ojos cayeron velozmente a los míos.— ¿Cómo estás, calienta braguetas? ¿Sigues exigiendo a los tipos sexo duro y luego desechándolos?
—Estoy bastante bien, cara de pene, lo que yo haga no te importa. Gracias.— respondí con una sonrisa ácida y Justin intercambió una mirada entre él y yo.
—Oigan, ¿Ustedes...?— comenzó, señalándonos y yo sólo enseñé mis manos para que se detuviera.
—¿Sabes qué? Puesto que alguien vino a apestar nuestra conversación, voy a fumar abajo.— dije, dándole un vistazo asqueada al imbécil de Brooklyn y él me miró con una sonrisa traviesa en su rostro.
—Fumar te va a matar, calienta braguetas, si quieres morir puedo matarte de placer.— sugirió, con la sonrisa fija allí, tentándome a que lo golpeara y bajara cada uno de sus blancos dientes. O que trepara en sus caderas y lo besara. Estúpido.
—Prefiero morir de una forma en que lo disfrute, gracias.— le discutí y salí de la habitación sintiendo sus ojos sobre mí. Esos ojos que alguna vez me habían visto desde encima y me habían susurrado: Amor, eres increíble. Bueno, no de nuevo.
No, porque eres una maldita terca.