CAPÍTULO XII La respiración de ambos era jadeante una vez que Dimir introdujo las manos bajo la blusa de Odessa. La calidez de sus manos eran como brasas que quemaban la piel de ella. Odessa separó los labios de los de Dimir y echó la cabeza atrás para recibirlo gustosa sobre su cuello. Una de las manos de Dimir se posaba sobre uno de sus pechos, masajeando con suavidad, rozando la palma de su mano contra su erguido pezón, cuando Odessa lo detuvo. —Para— le pidió a Dimir. —¿Qué?—dijo él con voz jadeante y la respiración entrecortada. —No podemos hacer esto— respondió ella controlando su respiración. Dimir retiró la cabeza de su cuello y la miró confundida. —Al menos no aquí —aclaró ella. —No por un arrebato—agregó. — Si no lo deseas, está bien —dijo él, parecía acongojado. —No, no

