El hospital San Camilo de Cambridge era una fortaleza de silencio interrumpida solo por el pitido rítmico de las máquinas y el susurro de las enfermeras en el cambio de turno. Pero en el piso 4, en la Unidad de Cuidados Intensivos, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que los vellos de la nuca se erizaran. Ian yacía en la cama 402, entubado, con el rostro pálido y vendado, ajeno a la cámara oculta que transmitía su vulnerabilidad al búnker de Leonardo. En el penthouse, la imagen de la mano enguantada amenazando el soporte vital de su amigo seguía grabada en las retinas de todos. Leo no había parpadeado en media hora. Estaba sentado frente a seis monitores, sus dedos volando sobre el teclado, trazando la ruta de la señal de video que el acosador estaba usando. —N

