La prisión de alta seguridad de Blackwood se sentía como un bloque de hielo en medio de la ciudad. El eco de las puertas de metal cerrándose tras Leonardo resonaba en su pecho como una sentencia. Sus nudillos estaban blancos, apretando una carpeta que no necesitaba abrir; cada dato sobre la traición de Lucas estaba quemado en su memoria.
Cuando entró en la sala de visitas, vio a Lucas a través del cristal reforzado. No quedaba rastro del chico amable y servicial. Su mirada era vacía, y una sonrisa torcida, casi inhumana, jugaba en sus labios.
Leo se sentó y tomó el interfono. Sus ojos miel eran dos pozos de odio líquido.
—¿Por qué, Lucas? —la voz de Leo era un susurro que cortaba—. Después de todo lo que Clara hizo por ti. Después de que te abriera las puertas de su familia. ¿Por qué destruiste lo único puro que tenías?
Lucas soltó una carcajada seca, apoyando las manos en el cristal. —Lo hice porque la amo, Leo. Algo que un robot de sangre fría como tú jamás entenderá. Yo la cuidaba mientras tú estabas ocupado con tus códigos. Yo era el que estaba ahí cuando ella lloraba por tu frialdad. Ella me pertenece por derecho de presencia.
Leo golpeó el cristal, haciendo que el guardia de la esquina se tensara. —¡Eso no es amor, Lucas! —rugió Leo—. Lo que tú sientes es una patología. Eres un psicópata que confunde la posesión con el afecto. La vigilaste, la aterraste, casi matas a Ian... ¡Eso es enfermedad! El amor es libertad, y tú querías convertirla en tu prisionera.
—Ella habría sido feliz conmigo en la oscuridad —insistió Lucas, sus ojos brillando con una luz febril—. Yo la entiendo mejor que nadie.
—Escúchame bien, basura —dijo Leo, acercándose tanto al cristal que su aliento lo empañó—. Jamás la tendrás. Ella jamás te mirará como algo más que un monstruo. Y yo jamás la dejaré. Por ella, soy capaz de incendiar este mundo y cada servidor que existe. Por Clara, mataría. Y tú eres el primero en mi lista si vuelves a respirar cerca de ella.
Lucas guardó silencio por un segundo, y luego su sonrisa se ensanchó, volviéndose algo grotesco.
—Eso es tierno, Genio. Pero jamás pasará. Porque el Jefe jamás lo permitirá.
Leo quedó helado. La palabra golpeó sus oídos como un disparo a quemarropa. El aire en la sala pareció succionarse de golpe, dejándolo sin oxígeno. Su mente, esa computadora biológica capaz de procesar millones de datos, se bloqueó ante el sonido de ese alias.
—¿Qué... qué dijiste? —preguntó Leo, su voz temblando por el susto que intentaba reprimir.
—Oh, ¿te suena? —Lucas empezó a reírse como un loco, golpeando la mesa—. El gran Leonardo Novak acaba de ver un fantasma. ¡El Jefe! El hombre que hace que tu padre pierda el sueño. El que tiene a tu hermana Lucía marcada como propiedad.
—¡¿Cómo demonios sabes de él?! —gritó Leo, poniéndose de pie y golpeando el cristal con furia—. ¡¿Cómo diablos lo conoces?! ¡Él desapareció! ¡Él no tiene nada que ver con esto!
—¡Él tiene que ver con TODO! —gritó Lucas, pegando su rostro al cristal—. Hay tantas cosas que no sabes de mí, Leo. ¿Crees que yo solo ideé el hackeo al Genio de los Novak? ¿Crees que yo tenía los recursos para comprar mercenarios y tecnología de Langley? Yo solo fui un peón, Genio. Un peón brillante usado para despistarte mientras el verdadero Amo movía las piezas. El Jefe me dio el propósito. Él me enseñó cómo usar mi amor por Clara para distraer a la "joya" de la familia Novak.
Leo sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Todo el acoso, el terror de Clara, la herida de Ian... ¿había sido solo una maniobra de distracción?
—Ahora se viene lo peor, Leonardo —susurró Lucas con una voz de ultratumba—. Ya no podrás hacer nada. El juego de la universidad era el recreo. La verdadera guerra acaba de empezar, y tú no estás listo. ¡NO ESTÁS LISTO!
Leo soltó el interfono como si quemara. Dio media vuelta y salió de la sala a pasos largos, tropezando con sus propios pies. A lo lejos, escuchaba los gritos de Lucas: "¡YA NO PUEDES HACER NADA, NOVAK! ¡EL JEFE VIENE POR ELLA! ¡YA ESTÁ AQUÍ!".
La Desesperación en la Puerta
Al salir a la calle, el aire frío de la tarde no logró calmar su taquicardia. Clara estaba apoyada en el coche, esperándolo con el rostro demacrado por el insomnio. Al ver a Leo salir con los ojos desorbitados y la piel pálida como el papel, corrió hacia él.
—¡Leo! ¿Qué pasó? —Clara lo tomó de los brazos, tratando de frenar su paso errático—. ¿Qué te dijo? ¿Por qué estás así? ¡Leo, mírame!
Leo seguía caminando hacia el coche, con la mirada fija en un punto inexistente. —Tenemos que irnos. ¡Maldita sea, tenemos que movernos!
—¡Háblame! —gritó Clara, plantándose frente a él, obligándolo a detenerse—. ¿Qué demonios está pasando? ¿Qué te dijo Lucas que te dejó en este estado? ¡Dime la verdad ahora mismo, Leonardo!
Leo la miró, y por primera vez, Clara vio puro terror en los ojos del hombre que siempre tenía todas las respuestas.
—Clara, vete a casa —dijo él, su voz quebrada—. Lleva a Brandon, a Sam, a todos. Encerrate en el departamento, activa todos los protocolos de seguridad. ¡Hazlo ahora!
—¿Y tú a dónde vas? —preguntó ella, con las lágrimas asomando—. ¡No me dejes así!
—Tengo que ir a un lugar... tengo que ver algo con mis propios ojos. ¡Haz lo que te digo, por favor! —Leo subió a su deportivo y arrancó quemando neumáticos, dejando a Clara sola en la acera, envuelta en una nube de humo y dudas que la desgarraban por dentro.
Leo condujo como un loco hasta el modesto apartamento donde Lucas vivía cerca del campus. Forzó la puerta de una patada, y lo que encontró dentro le revolvió el estómago.
El lugar olía a encierro y a una obsesión rancia. No había muebles, solo una cama en el suelo y una pared principal que era el mapa de una mente enferma. Leo se acercó, temblando.
En la pared había cientos de fotos. Fotos de él, de su padre, de Lucía Novak, de Aidan... pero sobre todo de Clara. Fotos tomadas desde arbustos, desde ventanas, fotos de ella durmiendo en su habitación de la mansión. Había hilos rojos que conectaban las caras de los Novak con documentos financieros y planos de sus casas. Era un altar al odio y al deseo.
Leo se acercó a la computadora de Lucas, un equipo que parecía fuera de lugar en ese departamento, demasiado avanzado, demasiado potente. Empezó a revisar los logs de comunicaciones.
Sus manos temblaban mientras leía los mensajes encriptados. El primer contacto fue hace dos años, justo cuando Aidan volvió a la mansión Novak.
"Aliméntate de su belleza, Lucas", decía un mensaje de un usuario anónimo identificado solo con un símbolo de una corona negra. "Los Novak te quitaron tu lugar en el mundo, pero ella puede ser tu trono. Te enviaré las fotos. Te diré qué le gusta. Solo tienes que esperar a mi señal".
Todo fue planeado. El Jefe le había llenado la cabeza a Lucas con porquerías, alimentando su obsesión natural hasta convertirla en un arma. Le enviaba audios de Clara riendo, fotos íntimas que Lucas nunca habría podido conseguir solo.
Leo soltó un grito de frustración que desgarró sus cuerdas vocales. Empezó a romper todo a su paso. Tiró los monitores al suelo, arrancó las fotos de la pared, pateó la mesa de metal.
—¡FUI UN TÍTERE! —gritaba, cayendo de rodillas entre los escombros—. ¡TODO ESTE TIEMPO JUGÓ CONMIGO!
Había usado a Ian como carnada para medir el tiempo de respuesta de Leo. Había usado a Brandon para probar la fuerza física de la manada. Había usado a Clara como el cebo perfecto para mantener al Genio ocupado en un juego de nivel bajo mientras algo mucho más grande se movía en las sombras.
De repente, una de las pantallas que seguía encendida en el suelo parpadeó. El fondo n***o se llenó de un código verde que Leo reconoció al instante. No era el código de Lucas. Era el código del Amo.
El texto apareció lentamente, letra por letra:
"Espero que te hayas divertido, Genio. Pero ahora viene la verdadera guerra. Veamos cómo enfrentas tú, y cómo enfrentan ellos, lo que viene. El legado de la sangre exige un cobro, y tu reina es la moneda."
Leo se quedó mirando la pantalla, jadeando, con el rostro manchado de sudor y polvo. La tensión en la habitación era tan alta que parecía que las paredes iban a explotar. No era solo Lucas. No era solo la universidad.
Era el pasado de su familia volviendo para reclamar su deuda. Y él, el Genio que creía tener el control de todo, acababa de darse cuenta de que no era más que una pieza en un tablero que ni siquiera comprendía.
Leo golpeó el teclado roto una última vez, con los ojos inyectados en sangre, mientras a lo lejos, el sonido de una sirena empezaba a acercarse, marcando el inicio del fin de su paz.