CAPÍTULO 21

1334 Palabras
Maya había olvidado lo distinto que se sentía el tiempo en Chile. No era más lento ni más rápido; era más denso, como si cada día tuviera capas superpuestas de pasado y presente. Las mañanas llegaban con luz clara, sin la prisa silenciosa de Stanford, y las noches se cerraban con una calma que le permitía pensar sin la urgencia constante de producir. Esa mañana despertó temprano, no por obligación sino por costumbre. Mendel estaba extendido a lo ancho de la cama, ocupando un espacio que desafiaba cualquier lógica física. Maya lo miró unos segundos antes de levantarse, preguntándose cómo un solo gato podía pesar tanto emocional y corporalmente. —Eres un fraude evolutivo —murmuró, empujándolo suavemente. Mendel respondió con un sonido indefinido, a medio camino entre un ronquido y una queja. En la cocina, Leen ya estaba despierta, con el computador abierto y una taza de café a medio terminar. Tenía los audífonos puestos y escribía algo con concentración, pero levantó la vista apenas Maya apareció. —Buenos días, doctora internacional —dijo con una sonrisa ladeada. —Todavía no —respondió Maya, sirviéndose café—. Pero estoy trabajando en eso. Se sentaron juntas a la mesa pequeña, compartiendo el silencio cómodo de los años. No había necesidad de llenar cada espacio con palabras; ambas sabían cuándo hablar y cuándo no. —Soñé contigo anoche —dijo Leen de pronto—. Estabas en un laboratorio enorme y Mendel tenía una bata blanca. —Eso explica muchas cosas —rió Maya—. ¿Era un buen científico? —No —respondió Leen—. Pero se atribuía todos los resultados. Maya se quedó callada un segundo más de lo habitual. —Eso también explica muchas cosas. Después del desayuno, Maya se encerró en su pieza con el computador. Había decidido algo importante la noche anterior, aunque todavía no lo había formulado en palabras. Abrió el archivo de su investigación, Optimización de la producción de lípidos en semillas de girasol transgénicas para aplicaciones terapéuticas en enfermedades genéticas, y lo recorrió lentamente, como si lo estuviera leyendo por primera vez. Ese trabajo no era solo un paper. Era años de estudio, de ensayo y error, de decisiones éticas complejas. Era suyo. Abrió su correo institucional. Un mensaje nuevo de Elizabeth Connor. Maya, estaré en Santiago la próxima semana. Me gustaría verte. Creo que es una oportunidad para conversar sin presiones académicas. Maya apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos. Sin presiones académicas, pensó. No existía tal cosa cuando Elizabeth estaba involucrada. No respondió de inmediato. En cambio, abrió otra conversación. Oliver Saint James. Llegué bien. Chile es… tranquilo. Me está sirviendo para ordenar ideas. La respuesta no tardó. Me alegra leer eso. A veces el silencio es el mejor entorno experimental. Maya sonrió apenas. Elizabeth volvió a escribir. Esta vez, Oliver tardó un poco más en responder. ¿Qué quiere ahora? Verme. Dice que viene a Santiago. Unos segundos largos. Ten cuidado, Maya. Ella frunció el ceño frente a la pantalla. No era la primera vez que Oliver usaba ese tono. No era paternalismo; era experiencia. No voy a aceptar nada sin pensarlo. Te lo prometo. No dudo de tu criterio —respondió él—. Solo recuerda que no todas las conversaciones son inocentes, aunque lo parezcan. Maya cerró el computador con una mezcla de gratitud y tensión. No quería vivir a la defensiva, pero tampoco era ingenua. Algo dentro de ella había cambiado desde la conferencia: ya no se sentía pequeña frente a figuras de autoridad. Esa tarde salió a caminar sola. Recorrió calles conocidas, pasó frente a su antigua universidad, observó estudiantes sentados en el pasto, riendo, discutiendo, soñando. Pensó en la Maya de años atrás, en cómo había imaginado el futuro con una mezcla de miedo y ambición. Ahora estaba viviendo ese futuro. Con matices. Con grietas. Al volver al departamento, Leen estaba sentada en el sillón, con el celular en la mano y expresión intrigada. —Pregunta importante —dijo—. ¿Tú y Oliver…? —No —respondió Maya automáticamente. —No terminé —replicó Leen—. ¿Tú y Oliver hablan como dos personas normales o como dos científicos que se esconden detrás de palabras largas? Maya soltó una risa corta. —Ambas. —Ajá —asintió Leen—. Eso también es un tipo de intimidad. Maya se dejó caer a su lado. —No quiero que esto se vuelva algo que me distraiga —dijo—. Todo está en un punto muy delicado. —No parece que Oliver te distraiga —dijo Leen—. Parece que te centra. Maya no respondió. No porque no quisiera, sino porque la frase había dado justo en un punto sensible. Esa noche, mientras se preparaba para dormir, volvió a pensar en Elizabeth. En su voz segura, en la manera en que siempre parecía tener una respuesta antes de que la pregunta terminara de formularse. Durante años eso la había tranquilizado. Ahora le producía inquietud. Antes de apagar la luz, abrió su cuaderno y escribió una lista. No de pros y contras, sino de límites. Lo que no estoy dispuesta a ceder. Su nombre. Su autoría. Su criterio ético. Su voz. Al día siguiente, recibió un mensaje inesperado. Taylor. Necesito contarte algo. Nada malo. Pero importante. Se conectaron por videollamada esa misma tarde. Taylor estaba en un café, visiblemente nervioso. —Me ofrecieron integrarme a un proyecto grande —dijo—. Internacional. Con recursos de verdad. —Eso es increíble —sonrió Maya—. ¿Por qué suenas tan serio? —Porque Elizabeth Connor está involucrada. Maya sintió que el estómago se le cerraba. —¿Cómo? —No directamente —aclaró Taylor—. Pero su nombre aparece como asesora externa. Y… no sé. Algo no me cuadra. Maya respiró hondo. —Confía en tu intuición —dijo—. A mí me está pasando lo mismo. Hablaron largo rato. De límites, de poder, de lo difícil que era decir que no cuando alguien influyente abría puertas. Cuando colgaron, Maya se quedó mirando la pantalla en n***o. Elizabeth no era un episodio aislado. Era un patrón. Dos días después, Maya aceptó reunirse con ella. No por debilidad, sino por claridad. Acordaron verse en un café céntrico, un lugar público, neutro. Leen quiso acompañarla, pero Maya prefirió ir sola. Elizabeth llegó puntual, impecable como siempre. La abrazó con afecto medido y sonrió con esa calidez entrenada. —Estás radiante —dijo—. Stanford te sienta bien. —Ha sido un proceso intenso —respondió Maya, sentándose. Hablaron de cosas superficiales al inicio. El viaje. La conferencia. El clima. Luego, inevitablemente, Elizabeth fue al punto. —Tu trabajo está en un momento crucial —dijo—. Y quiero ayudarte a llevarlo más lejos. Maya sostuvo su mirada. —¿Cómo? Elizabeth deslizó una carpeta sobre la mesa. —Con apoyo. Financiamiento. Visibilidad. Pero necesitamos reestructurar el proyecto. —¿En qué sentido? —Enmarcarlo dentro de una línea más amplia —respondió Elizabeth—. Bajo mi grupo de investigación. Maya no tocó la carpeta. —Eso implicaría cambiar autorías —dijo con calma. —Implicaría colaboración —corrigió Elizabeth—. Y protección. Maya sonrió, pero no con los labios. Con una claridad interna nueva. —Mi trabajo no necesita protección —dijo—. Necesita respeto. El silencio que siguió fue denso. —Estás cambiando —dijo Elizabeth finalmente. —Estoy creciendo —respondió Maya. La reunión terminó poco después. Cordial. Tensa. Definitiva. Esa noche, Maya escribió a Oliver. Hablé con ella. La respuesta llegó rápido. ¿Y cómo te sientes? Maya pensó unos segundos antes de escribir. Más tranquila. Y más firme. Del otro lado del mundo, Oliver sonrió. Maya se recostó en la cama, con Mendel acomodándose a su lado, y comprendió algo esencial: las decisiones más importantes no siempre se anuncian. A veces, simplemente se sostienen. Y ella estaba aprendiendo a hacerlo.
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