Acababa de volver de una reunión, y ansiaba aislarme en mi despacho, pasada ya la franja de la mitad de los cincuenta, y cada día me volvía menos sociable, odiaba esas tediosas reuniones, en las que todos, parecían más pendientes de quien meaba más lejos, que del propio tema que nos reunía cada semana, por cuestiones laborales. A pesar de cerrar la puerta, tras de mi al entrar en mi despacho para aislarme, corrí un poco la cortina de listas, como ya era costumbre desde hacía meses, me gustara o no admitirlo, coincidiendo con el día en el que empezó a trabajar ella. Me senté tras mi mesa de despacho, y encendí el ordenador, camuflándome detrás, para echar el primer vistazo del día, a la que se había convertido en mi obsesión. Eva que así se llama, está sentada tras su pequeño escritorio,

