Acababa de llegar y ya me sentía completamente subyugada por el entorno, por la pasmosa tranquilidad de esa naturaleza casi salvaje, pensaba recorriendo la desierta playa a finales de septiembre y agradeciendo enormemente el regalo de mi amiga. Esta había sacado unos billetes con su chico y por culpa de covid, los cancelaron, ahora él ya no podía viajar e íbamos a hacerlo nosotras, pero a ella en el último momento le surgió algo y finalmente me dejé convencer y al menos aprovechar yo esta semana de vacaciones. El hotelito a la vera del mar solo mejoró la situación y más aún cuando al dejar mi maleta abrí las persianas y me asomé al balcón que daba a un acantilado desde el que se veía y oía el mar, una auténtica delicia, que junto con la enorme cama y los muebles rústicos de la confortable

