De haber tenido a dónde ir jamás, hubiese aceptado sentarme a cenar con ellos, pero no era el caso. Ambos se mostraron muy cautos a la hora de relacionarse conmigo y también entre ellos. Incluso parecíamos la típica familia que ya está hasta las narices de soportarse y que apenas se cuentan las cosas. De niña hubiese matado por tener al menos algo así. Podía llegar a entender que la soledad y la desesperación hubiesen hecho que mi madre cayera rendida a Ricardo, pero no se me ocurría ni un solo motivo por el que él prefiriera estar con ella antes que conmigo. Y ahora más joven, más guapa, moderna y en la cama nos entendíamos a la perfección. Si tanto tiempo después había comenzado a tener remordimientos, lo menos indicado a la hora de dejarme era meterse de lleno en la familia. Para cuan

