Rafael, perdido en el placer, frotaba el cabello rojizo de Gemma, sus dedos se enredaban en los mechones mientras gemía, su mirada cargada de una depravación que la hacía sentirse deseada de una manera prohibida. —Qué rico lo haces, sobrinita —murmuró, su voz ronca vibraba en el aire. De pronto, tomó la cabeza de Gemma con ambas manos, sus dedos fuertes la sujetaron con firmeza, y empujó su v***a hasta el fondo de su garganta. Ella se ahogó, sus arcadas resonaron en la sala, pero el placer de sentirse poseída la hacía estremecer. Sus manos se aferraron a los muslos de Rafael, sintiendo la dureza de sus músculos mientras luchaba por respirar, su cuerpo vibraba con una mezcla de sumisión y éxtasis. Entonces, sintió cómo la erección de Rafael comenzaba a convulsionar, un pulso intenso que la

