Capítulo 32 Narra Carolina Si ayer mis dedos terminaron con ampollas por el arma, hoy sentía que cada músculo de mi cuerpo era una cuerda a punto de romperse. Isabel no tuvo piedad. Me citó en el gimnasio privado de la mansión, un lugar frío, con paredes de espejo que me devolvían la imagen de una mujer que apenas reconocía: despeinada, sudada y con la mirada endurecida por el miedo convertido en rabia. —La mayoría de las mujeres de tu clase creen que su única arma son las uñas —dijo Isabel, envolviéndose las manos con vendas negras—. Pero si un hombre de cien kilos te pone contra la pared, tus uñas solo servirán para que él disfrute más el dolor. Necesitas usar su peso, su confianza y sus puntos débiles- explicó como toda una profesional y yo me moría por saber de donde esta señora h

