Capítulo 1

569 Palabras
Marco Esa noche Álex estaba insoportable. Desde que habíamos llegado a la fiesta no había dejado de hablar de todas las chicas con las que se había acostado desde que volvimos a la Universidad hace exactamente dos semanas, después de pasar las fiestas de Navidad en casa con nuestras familias. Según nos ha contado han sido cuatro chicas, y justo en este momento está narrando cómo consiguió su última conquista, y parece bastante orgulloso de ello. Aunque es normal, ya que Álex no había tenido tantas chicas seguidas en su vida. —Teníais que haber visto cómo me suplicaba, tíos... La mejor apuesta de la semana: una virgen y trescientos pavos. Después de eso dejé de escuchar. Por alguna razón me cabreaba que Álex no parase de colgarse medallas. Sí, a mí me gustaba jugar y también alardeaba de mis rollos con mis amigos, sobre todo porque la mayoría eran apuestas absurdas que hacíamos por pura distracción y placer, pero lo de Álex era insoportable. Ese chico siempre me ha sacado de mis casillas, simplemente intento soportarlo porque su compañero de habitación en la residencia, Calev, es mi mejor amigo y a él por alguna extraña razón le cae bien. Los gritos de mis amigos hacen que vuelva a la realidad para ver que todos tienen sus vasos rojos de plástico levantados, seguramente vitoreando alguna otra cosa que haya dicho Álex. Yo, en cambio, me quedo como estoy; mi vaso medio vacío apoyado en el suelo delante de mí. —¿Y tú qué, Marco? ¿No te unes al brindis? Le miro mal, ganándome una sonrisa de superioridad de su parte. No iba a decir lo que estaba pensando, pero visto que va a empezar a tocarme las pelotas, decido intervenir. —Me uniría si tu historia tuviese alguna credibilidad, pero dudo mucho que te hayas tirado a Ari sabiendo lo remilgada que es. Por ahí decían que estaba esperando al chico adecuado, y no creo que tú lo seas y menos que te haya dejado meterte entre sus piernas tan pronto. Calev me da un codazo, pero paso de él. Me llevo lo que queda de cerveza a los labios mientras que observo a Álex, el cual ahora tiene el ceño fruncido y me mira con prepotencia desde su sitio. —Lo que tienes es envidia porque tú no has podido hacerlo. Ni con ella ni con ninguna otra desde hace meses. Suelto una carcajada amarga. Sí que es verdad que he perdido las dos últimas apuestas que hice, pero eso no significa nada. Sigo siendo el mejor. —¿Insinúas algo? —Admite que has perdido facultades. —Ni en tus mejores sueños. Álex me sonríe mientras que se echa hacia atrás, apoyando su espalda en el sofá, y sé entonces que nada bueno puede salir de su boca. —¿Apostamos, pues? —Te escucho. —La mejor amiga de tu hermana. Acuéstate con ella y te daré doscientos euros y además dejaré de molestarte. Demuéstrame que sigues siendo el Marco Santana que conocí hace un año. Joder, estoy casi seguro de que Rebeca Stevens me odia. Incluso si me concentro puedo sentir sus malas vibraciones desde aquí, esas que parece echarme siempre que me ve con esa mirada acusadora que tiene. Mis labios se mueven antes de que pueda detenerlos: —Acepto el reto. Quería quitarle la sonrisa de la cara a ese c*****o.
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