Era mucho más que simple rabia. Era odio. Odio a sí mismo y a todos a su alrededor. Desprecio y asco por las circunstancias que lo habían conducido a aquella casa; a aquel pueblo, a ella, incluso. Sammuel estaba nublado por un rencor que se escapaba del entendimiento de cualquiera que no estuviera en su posición. ¿Alguna vez sería algo más que solo un peón en juegos ajenos? Sam salió de la casa que Alexandra había reclamado como suya dando largas zancadas junto a Elizabeth. No se había percatado en qué momento la había tomado de la mano, pero ella no había puesto resistencia a su roce y ahora ambos estaban de pie frente a la escalera de la entrada de la mansión. —Sammuel —escuchó hablar a Elizabeth, y fue como si volviera a sus sentidos, aunque la rabia no se había disipado—. Sam, ¿est

